Vanity Fair


Ahora se ha extendido entre los niños educar con estrellitas y premios en función de su comportamiento, se han convertido en tamagotchis que hay que dar de comer, hacer que duerman y por supuesto premiar, como parte fundamental de su ciclo vital. Pero no son solo los niños, en general, los seres humanos somos vanidosos, es un hecho.

A todos nos gusta recibir reconocimientos, desde pequeñitos nos inculcan la cultura del reconocimiento colectivo como una de las motivaciones que dirigen nuestro comportamiento. Desde los boy scouts y sus chapitas, hasta la foto del empleado del mes en el Burger King. Pero esto no es malo, si consideramos que un poco de vanidad incentiva, puede incentivar positivamente nuestro trabajo.

Cuando llega la época de los premios de la industria (ceremonia recientemente celebrada) siempre hay quien pone en cuestión la utilidad de los mismos… yo mismo llegué a dudar de su utilidad; me equivocaba, los premios son necesarios y transmiten unos valores que son siempre positivos: sirven para que una industria se quiera a sí misma y para crear un esquema de objetivos compartidos. Se incentiva la vanidad y se marcan un reto que por pequeño que sea se suma a las motivaciones de todo gestor de fondos. Hay quien piensa que los premios sirven para vender más fondos y puede ser verdad, pero desde mi punto de vista tienen una función mucho más relevante e importante: una industria que se quiere a sí misma siempre llega más lejos que una industria que es incapaz de reconocerse a sí misma.

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