Una nueva (vieja) forma de valorar a las compañías


Nada preocupa más a los inversores que la mortalidad de las compañías en las que invierten. Y no corren buenos tiempos para la longevidad empresarial. Vaya por delante que las estadísticas en este ámbito tienen un nivel de precisión más cercano al del Instituto Nacional de Estadística de Zimbabue que al del gran acelerador de hadrones. Pero la evidencia disponible indica que la longevidad empresarial es un recurso escaso y en retirada.

Según publicaba hace algún tiempo ‘The Economist’, la esperanza de vida de las compañías que entran a formar parte del S&P 500 se ha reducido en algo más de un 80% desde 1937. Autores japoneses afirman que cada diez años desaparecen el 50% de las 1.000 mayores compañías del mundo. Arie de Geus, por su parte, situaba en alrededor de 30 años la esperanza de vida de las 500 mayores compañías del mundo. Este es un dato que probablemente quita el sueño a los inversores inteligentes, especialmente cuando la causa del deceso es la muerte súbita. Y, si no se lo quita, debería. 

Hay quien se ha preocupado de analizar las causas de mortalidad en las grandes compañías. Entre ellos Airmic, Asociación Británica de Aseguradores y Gestores de Riesgos, que publicaba hace un par de años un informe de título descriptivo: ‘Roads to Ruin’. El análisis, una autopsia de grandes debacles empresariales acontecidas en los últimos años, concluía que las dolencias que generalmente acaban con las compañías en la cuneta tienen que ver con defectos en el hardware, con malformaciones en eso que los inversores denominan calidad del management. Y, en particular, con un insuficiente tono ético, que se manifiesta en modelos de gobierno corporativo endebles y poco orientados a la supervisión y control.

Hace algunos años, la bolsa de Londres publicaba una guía práctica para profesionales del ámbito de las relaciones con inversores. Resaltaba la necesidad de que las compañías, en su comunicación con los mercados, pusieran el acento en la calidad del management. Según las encuestas de opinión desarrolladas por Mori, entre otros, la percepción acerca de este elemento -que engloba desde la cultura a la reputación de honestidad o la capacidad de cumplir las promesas- constituye el principal factor que los inversores y analistas toman en consideración a la hora de valorar el mérito de una compañía. Esto no es nada nuevo.

Buffett lleva décadas insistiendo que su secreto es encontrar compañías a buen precio, cuyo negocio sea comprensible y con gestores dignos de admiración. Nos dice lo mismo cuando nos recuerda que más vale un negocio maravilloso a un precio decente que un negocio decente a un precio maravilloso. Prestar la debida atención a los elementos que conforman la calidad del management es el único seguro que los inversores tienen a su disposición para evitar sustos. La importancia del asunto no ha cambiado, aunque haya quien lo olvide cuando llega la exuberancia irracional. Lo que ha cambiado es su significado.

Calidad del management

Aproximadamente, la mitad de los cien mayores gestores de activos del mundo han establecido políticas formales en las que establecen las prácticas en cuestiones sociales, ambientales, éticas o de gobierno corporativo (también conocidas como ESG por sus siglas en inglés) que desean ver en las compañías que mantienen en sus carteras de inversión.

En su deseo de evitar sorpresas desagradables, estos inversores -poco sospechosos, por otra parte, de practicar ideologías asamblearias- entienden que margen de seguridad significa revisar que las compañías en las que invierten están siendo diligentes en la supervisión y gestión de asuntos que pueden tener un impacto relevante en la salud a largo plazo del negocio. Desde las prácticas de gobierno corporativo a la prevención de la corrupción, pasando por la atracción y retención del talento o la excelencia ambiental de las operaciones. Recuerden, por ejemplo, el significativo porcentaje de proyectos de energía o de infraestructuras que nunca llegan a ver la luz por la resistencia de las comunidades en las que se sitúan. Revisen, si tienen dudas, las políticas de inversión de los principales inversores directos en proyectos de infraestructura. Más de tres cuartas partes de ellos han formalizado políticas de inversión que establecen estrictos requerimientos ESG para los proyectos que terminan en sus carteras.

La historia del último siglo nos ha enseñado que el secreto del éxito duradero en el mundo de la inversión en renta variable -si uno es largo- no es otro que seleccionar buenas compañías, con modelos de negocio y de gestión rigurosos y pobladas por gestores honestos y competentes. Esto es, calidad del management.  Lo que ocurre es que, a lo largo de las últimas décadas también, ha cambiado lo que se entiende por calidad del management. La capacidad de relacionarse de manera no oportunista con las comunidades, la gestión del impacto ambiental, la protección de los derechos humanos o la prevención de la corrupción y el soborno ya forman parte de la definición. Así lo entienden algunos de los mayores gestores de activos e inversores institucionales del mundo.

Un profesional de la inversión, en el año 2014, no puede permanecer ajeno al enorme calado que lo anterior podría tener sobre los modelos de valoración de compañías y sobre los procesos de inversión. Tampoco deberían hacerlo los profesionales de las compañías ocupados de trasladar al mercado las bondades de las mismas. Y, si no me creen, hagan un repaso a los últimos sustos corporativos que, en España, se han llevado los inversores.

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