Últimas tendencias entre los inversores


TRIBUNA de Juan Jesús Gómez Cubillo, socio de Consilio Asesores Patrimoniales Independientes.

Los millenials que, en no muchos años, tomarán las riendas de los patrimonios familiares apuestan por la tecnología, las energías limpias y las inversiones de impacto social. Mientras tanto, en los países con invierno demográfico, las carteras son cada vez más conservadoras conforme aumenta la edad de los inversores

Para muchos analistas, cuando los denominados baby boomers (aquellos nacidos en los años 60 y 70) traspasen su patrimonio a sus herederos, se producirá una de las mayores transferencias de riqueza de la historia. Los millenials (aquellos nacidos en los años 80 y 90) serán los grandes beneficiados de esta situación. Un estudio publicado en 2017 por Royal Bank of Canada, estimaba que, tan solo en EE.UU. y Reino Unido, esta transferencia de recursos supondrá cuatro billones de dólares.

Cuando invierten, los millenials se caracterizan por inversiones sostenibles y, en muchos casos, por realizar su propio análisis, dado su dominio de la tecnología. En un estudio publicado recientemente por Credit Suisse, cuando los millenials se acercan al mundo de las inversiones proyectan sus valores y lo hacen mostrando su preferencia por energías limpias, inversiones de impacto social o inversiones sostenibles. Ello no implica que, obviamente, renuncien a la rentabilidad financiera pero consideran el capital como una vía para mejorar el mundo a través de inversiones social y económicamente responsables, sostenibles y respetuosas con el medio ambiente. Esto supone un cambio importante respecto a cómo piensan sus padres.

El interés por la tecnología es otra de las características de los millenials cuando se acercan al mundo de las inversiones: robótica, inteligencia artificial, ciberseguridad, big data, blockchain, son algunas de las temáticas preferidas para invertir. A diferencia de lo que le ocurre a otras generaciones anteriores, los millenials han nacido en un entorno digital, se han educado utilizando dispositivos tecnológicos, su ocio y forma de relacionarse está muy ligado a las distintas aplicaciones (redes sociales por ejemplo) e incluso su forma de acceder a la formación o la búsqueda de un empleo pasan por el uso de las herramientas tecnológicas. Por lo tanto, para ellos no sólo no es extraño invertir en este tipo de proyectos sino que, en ocasiones, tienen un sesgo excesivo hacia lo digital y hacia lo tecnológico por cuanto es la ventana a través de la cual ven el mundo. Otros sectores como la industria, las infraestructuras o la salud no son foco de su atención si carecen del atractivo de contar con un determinado ángulo tecnológico. Esto supone dos problemas que los asesores financieros deben afrontar: en primer lugar hay sectores (muchos sectores) de la denominada vieja economía que, no por ello, deben ser despreciados ni por su peso dentro de las economías desarrolladas ni por su potencial rentabilidad. El segundo es que las inversiones de perfil tecnológico tienen mayor riesgo: los productos o servicios sufren periodos de maduración mucho más cortos y la obsolescencia es una permanente amenaza. Además, donde se producen los extraordinarios retornos es en aquellas inversiones que surgen de una buena idea o una buena aplicación pero que en el momento en que se invierte en ella no ha sido aún testada en el mercado o si lo ha sido y ya genera ingresos por no decir si gana dinero, las valoraciones son tan elevadas que el riesgo sigue siendo muy notable. Combinar un buen número de inversiones que se sabe que no van a prosperar con la esperanza de que una o dos permita multiplicar la inversión por tantas veces que compense las pérdidas de las otras es un ejercicio tan arriesgado como complejo, en el que no sólo hace falta la capacidad de los gestores para seleccionar buenas ideas sino tener acceso real a donde se generan esas buenas ideas; además, hay que contar con conseguir que esas buenas ideas no mueran por la falta de financiación en alguna de las rondas que han de ser cubiertas hasta que son una realidad empresarial sólida y con capacidad para autónomamente financiarse.

Michael Maslinski, socio del family office Stonehage Fleming, afirmaba recientemente que uno de los grandes retos de los asesores financieros es afrontar el traspaso intergeneracional de riqueza que se producirá en los próximos años. En este sentido, es clave que las nuevas generaciones perciban que sus preferencias y su visión se tienen en cuenta a la hora de la seleccionar inversiones. Es clave que su involucración en la gestión del patrimonio familiar aporte esas nuevas tendencias que forman parte de su escala de valores, diferente, a veces radicalmente, a la de sus padres. Según James Gifford, director de un programa de Harvard University dirigido a millenials cuyas familias tienen patrimonios muy elevados, es frecuente que las siguientes generaciones no tengan demasiado interés por los negocios familiares o por la gestión del patrimonio. Sin embargo, sí que han sido sensibles a la inversión de impacto, en energías limpias o al fomento de la innovación a través del apoyo a emprendedores vía seed capital o como business angels. Curiosamente –señala Gifford- han sido estos factores lo que realmente han enganchado a jóvenes que no tenían demasiado interés por los temas empresariales o patrimoniales de su familia. Como siempre, es más importante hablar de los objetivos que de los medios. Los millenials, como sus padres, buscan el para qué y no tienen especial interés en los medios. Un buen asesor financiero será aquel que sea capaz de trascender a los objetivos (rentabilidad, mantener nivel de vida en el caso de los padres o fomentar la protección del medio ambiente, el desarrollo de comunidades en países pobres o la propia filantropía, en el caso de sus hijos). Los vehículos, selección de gestores, due diligences y toda la mecánica habitual de un family offfice que trata de ofrecer a las familias a las que sirve las mejores soluciones financieras menguan en importancia frente a lo verdaderamente relevante: ¿para qué lo hacemos?.

Más allá de los millenials

Los cambios demográficos también están en el centro de algunas de las principales tendencias inversoras. Los economistas de Barclays en su estudio Equity/Gilt de 2017 apuntaban al envejecimiento de la población como uno de los factores que han de ser tenidos en cuenta a la hora de explicar la caída en la productividad que se ha puesto de manifiesto desde 2007 en las economías desarrolladas.

En el campo de las inversiones, parece claro el viraje hacia inversiones más conservadoras por parte de los ahorradores/inversores como consecuencia de su envejecimiento. Un análisis elaborado por profesores de las universidades de Maastricht y Bonn, publicado en meses pasados por The Economic Journal basándose en datos históricos de Holanda y Alemania, dos países en que se está produciendo un rápido envejecimiento de la población – o invierno demográfico- muestra cómo, excluyendo otros factores como el nivel de renta, patrimonio y cultura financiera, aquellas personas de mayor edad respondían a la encuesta mostrando una mayor aversión al riesgo (y por lo tanto, menos propensos a asumir riesgos) que otros más jóvenes. Utilizando técnicas econométricas, el estudio muestra cómo existe una relación inversa entre la edad y la propensión a asumir riesgos en las inversiones. En concreto, por cada diez años de incremento en la media de edad de los varones, indica el estudio, se reduce en un 2,5 por ciento la exposición a renta variable, todo ello en términos de probabilidad. Curiosamente y, en contra de lo que podría esperarse en relación con el apetito por el riesgo, recientes estudios muestran también cómo aquellos con mayor nivel de riqueza son, en términos probabilísticos, menos propensos a asumir riesgos que aquellos con un patrimonio más modesto.

Esto, y a pesar de ser contrario a lo que la intuición nos dice, es congruente con la teoría económica: en concreto la de las utilidades marginales en microeconomía, según la cual la una misma inversión de 100.000 euros en activos de riesgo, supone mucho menos porcentaje sobre la riqueza de un inversor de elevado patrimonio, que si ese importe lo invierte alguien que tiene un plan de pensiones de 200.000 euros, aunque en ambos casos, la cantidad invertida sea la misma y el número de acciones compradas también. El riesgo asumido en unidades monetarias es el mismo pero la recompensa en términos de utilidad marginal es mucho mayor en el segundo.

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