Túnez con la T de Tailandia


Imágenes de personas causando disturbios en las calles no dan una imagen fiel del país en el exterior. Especialmente en el caso de países que son destino turístico. Hace menos de un año, Tailandia invadió todos los titulares cuando 150.000 manifestantes consiguieron paralizar Bangkok. Esta noticia fue portada durante tres meses. Al principio Tailandia tuvo que pagar un alto precio por esto, que se tradujo en habitaciones de hotel sin ocupar, 90 civiles muertos, y una profunda corrección del mercado de valores. Aun así, Tailandia terminó el año superando el récord de turistas y con una recuperación del mercado. Este año es el turno de Túnez. A primera vista, Tailandia y Túnez no tienen mucho en común. Sin embargo, si analizamos más profundamente podremos ver grandes similitudes.

Para comenzar, los dos países tienen un nivel de PIB per cápita prácticamente idéntico de aproximadamente 9.000 dólares. El segundo dato de interés es que los dos han doblado en los últimos 10 años el PIB per cápita, datos que podemos considerar de gran éxito económico. En tercer lugar son economías abiertas y obtienen gran puntuación en lo que a entorno empresarial se refiere. De 133 países, el Foro Económico Mundial coloca a Túnez en el puesto 32 del ranking y a Tailandia en el 38.

Sin embargo, algo ha ido mal. Mientras que la catálisis ha sido diferente, las cuestiones de fondo tienen mucho en común. La principal similitud se remonta al modelo económico donde una minoría lo hace muy bien, la gran mayoría de la población goza del aumento de la riqueza provocado en gran parte por esa minoría, mientras que los miembros más pobres se quedan atrás.

En ambos países ha sido precisamente el grupo que se sentía ignorado y marginado el que de forma violenta tomó las calles. La causa principal por la que surgieron las protestas fue en cierto modo parecida en los dos países. En Tailandia fue la restricción al anterior primer ministro, el cual contaba con el apoyo de los más pobres, para participar en política. En Túnez ha sido la falta de tolerancia hacia cualquier participación política, incluso por la que actualmente gobierna.

Tailandia necesitó tres meses para poner fin a los disturbios y así recuperar la estabilidad. Hoy no parece que el mundo esté concediendo a Túnez el tiempo necesario para solucionar sus problemas. La primera reacción fallida por el gobierno Tunecino y la muerte de 50 civiles no ha ayudado en absoluto a calmar la situación ni a lograr situar esos problemas dentro de una atmósfera propicia que haga más cómodo el trabajo para lograr esa futura solución.

Aun así, parece que los líderes políticos tunecinos están aprendiendo. La destitución del ministro del Interior y la demostración de que están abiertos a conocer y solucionar los problemas tiene que ser visto como un avance positivo. La sorprendente noticia sobre el hecho que el presidente ha dimitido tiene que ser igualmente considerado como un gran paso hacia delante.

Diferentes analistas han argumentado la posibilidad de que la crisis tunecina contagiara al resto de países del Norte de África. Pero en nuestra opinión, todas estas ideas y análisis no son más que simplificaciones de la realidad. Es cierto que los países de la región comparten fronteras, pero también es cierto que son tan distintos entre ellos como lo son Chile, Argentina, Brasil o Paraguay.

Los desafíos a los que se enfrenta cada uno de los países del Norte de África son reales, pero cada uno deberá encontrar la mejor forma para hacerles frente. La historia nos dice que los países emergentes, que conservan mejor los intereses de la población de forma pragmática (no necesariamente democrática), son también lugares donde los políticos conseguirán superar los problemas que surjan.

Egipto, Túnez y Marruecos están bien equipados para superar con éxito las crecientes exigencias de su población. La principal razón que da pie al optimismo es la clase media y los líderes empresariales de estos países. Ellos serán los que guíen a los políticos en la dirección correcta.

A pesar de que en este momento, la mayoría de la gente y los emprendedores no están necesariamente contentos con la situación que están atravesando, no pueden ignorar que han sido testigos de una notable mejora en los últimos diez años. Hoy ya tienen mucho que perder y aunque no estén en total desacuerdo con la causa, es muy poco probable que permitan a un grupo reducido de personas llevar a su país a sumirse en una gran crisis. La buena noticia para los inversores es que en términos de población, la parte interesada en que el país siga progresando es proporcionalmente superior a aquella parte de la población que no tiene nada que perder.

Lo más leído