Tiempo de cambio


TRIBUNA deHelge Pedersen, economista jefe de Nordea.

El mundo está atravesando un periodo de cambios y desafíos. En el ámbito político, contamos con ejemplos como la decisión del Reino Unido de abandonar la UE y la campaña electoral en EE.UU., que ilustran la polarización del plano político en la mayoría de países occidentales. Económicamente, el paradigma de un escenario de bajo crecimiento se ha vuelto más visible, lo que se manifiesta, en concreto, con indicios de debilidad en la actividad de inversión y  en el comercio internacional. Esto plantea un enorme desafío para la política monetaria, que cada vez parece contar con menos munición.

La decisión del Reino Unido de abandonar la UE, es decir, el Brexit, así como los numerosos atentados terroristas y el fallido golpe militar en Turquía son algunos de los acontecimientos más destacados del verano, que reflejan la nueva e incierta coyuntura política reinante en Europa.

Aunque los mercados financieros se recuperaron rápidamente del susto del Brexit, lo más probable es que los británicos tengan que abrir los ojos ante una realidad económica poco favorable en los próximos años. Las repercusiones en el resto de la economía europea siguen siendo poco claras, pero no hay duda que veremos sus efectos colaterales.

Las elecciones presidenciales en EE.UU. serán el acontecimiento estrella de este otoño. Hillary Clinton se considera una opción mucho más segura que Donald Trump en términos de estabilidad económica y política. A pesar que prácticamente todo parece indicar que, en unos pocos meses, se convertirá en la primera mujer presidenta de EE.UU., si algo hemos aprendido del referéndum del Brexit es que no se puede dar nada por sentado. Durante la cuenta atrás para las elecciones, es probable que los mercados financieros se caractericen por un considerable nivel de incertidumbre.

Las elecciones llegan en un momento en que el mercado laboral estadounidense es sólido, si bien el crecimiento económico es débil. El débil crecimiento de la productividad pone de manifiesto una tendencia evidente en muchos países desarrollados en la actualidad. A ello se suma el bajo nivel de inversión a escala mundial. Esta debilidad podría ser motivo de preocupación sobre el potencial del crecimiento mundial a largo plazo. No obstante, también podría reflejar un cambio estructural, dada la creciente importancia que ha registrado el sector servicios en los últimos años, y tanto el crecimiento de la productividad como la actividad de inversión son menores en el sector terciario que en el secundario.

La creciente preocupación por la tendencia débil en la productividad viene dada por el hecho que ya se han recogido los frutos de la globalización de las últimas décadas.

Desde la crisis financiera, los gobiernos de muchos países se han centrado en fomentar la producción nacional mediante, por ejemplo, el proteccionismo o la intervención en los tipos de cambio. Al mismo tiempo, hemos asistido a una desaceleración estructural del crecimiento mundial —sobre todo en China—, algo que ha intensificado la tendencia bajista en el comercio mundial de los últimos años. Puesto que el comercio internacional es uno de los catalizadores más importantes del crecimiento de la productividad, la debilidad del comercio mundial constituye, desde diferentes puntos de vista, un lastre para el potencial de crecimiento de la economía mundial.

Durante los próximos años es poco probable que el crecimiento económico mundial suba muy por encima del 3% . Esta cifra, claramente inferior a la que se registraba antes de la crisis financiera, refuerza la impresión de una economía mundial marcada por el estancamiento a largo plazo y, por tanto, por una situación en la que los tipos de interés reales de equilibrio no tienen por qué estar necesariamente en terreno positivo. En este contexto, es difícil imaginar que pueda producirse un ajuste considerable de la política monetaria a escala mundial en el periodo de análisis (que ahora abarca el año 2018).

Queda por saber si los reducidos tipos de interés podrán sacar a la economía del aprieto. La inversión parece mantenerse intacta y, en cualquier caso, existe un riesgo considerable de que los tipos de interés bajos deriven en un aumento de la tasa de ahorro en vez de incrementar el consumo en las economías con una población envejecida.

Los tipos de interés bajos son importantes en una sociedad donde un gran número de jóvenes contrae deudas para financiar sus estudios o comprar una casa, pero no son necesariamente positivos para una población envejecida, con un elevado porcentaje de personas de la tercera edad que depende de sus ahorros de toda la vida cuando se jubila. Este último se está convirtiendo en un problema cada vez mayor en Occidente y, por tanto, también en un riesgo cada vez más notable para la eficacia de la política monetaria, lo que plantea la necesidad de contar con una agenda política más orientada hacia políticas presupuestarias y estructurales. Así, es posible que también en este sentido, el mundo se enfrente a un momento de cambio.

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