Tatuajes: más allá de la moda


No se puede hablar de tatuajes sin repasar la historia de las civilizaciones. Sin atravesar con la mirada al hombre en sí mismo o pensar en arte y en magia. Y sobre todo, sin resucitar creencias milenarias y ritos ancestrales.   

 

Pero el tatuaje como expresión artística, no se caracteriza sólo por su antigüedad sino también por su persistencia. Ha sobrevivido a todas y cada una de las crisis de conciencia del ser humano. Ha atravesado fronteras convirtiéndose en una constante universal. En los  años 90, se encontró el cadáver de una momia neolítica en el interior de un glaciar de los Alpes austro-italianos. Aunque parece haber discrepancias sobre la antigüedad del cuerpo, son muchos los que están de acuerdo a la hora de asegurar que se trata del cadáver más pretérito de todos los hallados con piel; piel esmeradamente salpicada por 57 tatuajes. Algo que, inevitablemente, nos lleva a pensar que el tatuaje es tan antiguo como el hombre.   

 

Un itinerario cronológico por la historia del tattoo, pasaría necesariamente por el triangulo de la Polinesia, lugar en el que el grabado empezaba a edad muy temprana para ir creciendo en intensidad y marcando los ciclos vitales, hasta copar por completo la piel.   Pero si bien es cierto que los grabados sobre la piel humana han sido una constante histórico-universal, sus usos y abusos difieren en función de pueblos y momentos. Los maoríes, por ejemplo, acudían a ellos con especial fuerza antes de la guerra, siendo una curiosa y potente herramienta para provocarle miedo al adversario. La temporalidad no suele ser la compañera ideal de viaje del tatuaje purista. Las grasas vegetales y los pigmentos pasajeros son anecdóticos en el conjunto de su historia. La henna queda reducida a ciertos pueblos y celebraciones. El tatuaje viene, en definitiva, para quedarse.  

Muchas culturas lo dotaban de poderes protectores y curativos, pero ha sido su función ornamental la que se ha conservado con más fuerza, trascendiendo la epidermis del guerrero para calar en las sociedades más desarrolladas.  

 

A día de hoy, todo vale en el mundo de los tatuajes: desde los motivos fifties tan en boga hasta mascotas o personajes célebres. Especial atención merecen los que implican juegos ópticos e imaginativos (por ejemplo: el que empieza en el empeine de un pié y sólo cobra sentido cuando el otro pié se sitúa en paralelo y lo completa)     Existen rasgos que no han perdido importancia a pesar de pertenecer a ámbitos que van más allá de lo meramente estético y decorativo. Especialmente freak puede parecernos el tatuaje con fines simbióticos. El que simboliza un enlace inquebrantable con una realidad concreta . Y es que los tatuajes tienen vocación inmortal. De ahí que ayuden al ser humano a llevarse puestos ciertos héroes colectivos, hijos o parejas. El gesto puede parecernos más o menos singular, pero habita entre nosotros.   Los que piensan que los tattos son un asunto estrafalario, deberían reflexionar acerca de cómo es posible entonces que lleguen a todos los hemisferios, grupos de edad y culturas   Su omnipresencia va más allá de los charcos y las tribus urbanas.   Alguna que otra casa parisina de lujo, negó no hace mucho que se tratara de cosa de excéntricos y, aprovechando su ubicuidad, subió el fenómeno a las pasarelas y lo comercializó. 

 

En 2010, el Director Artístico de Chanel, Peter Philips lanzó una colección de tatuajes con el logo de la gran Coco como protagonista.

 

¿Logomanía? ¿fashionvictimismo? ¿arte? O el eterno hambre de inmortalidad del ser humano sin más…

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