¿Siguen siendo fiables los modelos de inflación?


Las cifras de inflación durante las últimas semanas siguieron confirmando un alza relativamente lenta de los precios al consumo. El Índice Armonizado de Precios al Consumo Europeo anual (IAPC) quedó ligeramente por encima de lo esperado (en el 0,8% frente al 0,7%), pero sigue por debajo del umbral del 1% por cuarto trimestre consecutivo. En Reino Unido, el mercado se ha visto sorprendido por la continuada caída de la inflación hasta el 1,9%, por debajo del objetivo del Banco de Inglaterra. En Estados Unidos, el Índice de Precios al Consumo (IPC) se encuentra cómodamente instalado por debajo del nivel del 2%, en el 1,6% interanual, y ha estado oscilando entre el 1-2% a lo largo de los últimos diez meses. 

¿Cómo deberían interpretarse estos datos y cómo puede la inflación afectar a nuestras decisiones de inversión? La opinión generalmente aceptada sobre el tema de la inflación es que, a largo plazo, existe un fuerte vínculo entre la tasa de crecimiento de la masa monetaria y la inflación. En los últimos años, mucha gente ha estado intentando entender por qué los generosos programas de estímulo monetario, introducidos en todo el mundo desde 2008, no han hecho subir la inflación general/subyacente. En lugar de eso, hasta ahora la inflación se ha mantenido como ese temor que nunca se hace realidad. Ante ello, los observadores deben preguntarse si realmente están empleando el modelo adecuado.

Desde nuestro punto de vista, la mayor parte de los modelos de inflación no están funcionando y esto sucede así desde hace algún tiempo. Por ejemplo, afirmaciones como que “las subidas del precio del petróleo crearán inflación” o que “imprimir dinero creará inflación” no se han hecho realidad, pero la gente sigue anclada en la idea de que la inflación aparecerá en algún momento tras la estimulación del crecimiento. Quizás los observadores necesitan repensar sus ideas sobre las causas y los efectos de la inflación. 

Es posible que el crecimiento no sea equivalente a la inflación

La mayor parte de la gente parece pensar que la baja inflación es simplemente el efecto de una economía global estancada en el mercado laboral y, por lo tanto, en la demanda. En otras palabras, si los consumidores no tienen dinero para comprar, los precios se mantienen bajos. Se deduce entonces, que si se estimula la demanda, tendremos crecimiento y después inflación. Desde un punto de vista teórico, están presentes todos los ingredientes para que se produzca un fuerte repunte de la inflación: estímulos monetarios, bajos tipos de interés, aumento de la base monetaria y alzas en los precios del petróleo y de los alimentos. Sin embargo, a pesar de la mejora en el crecimiento que ya estamos apreciando en muchos países, los niveles de inflación permanecen obstinadamente bajos. 

Una de las razones por las que el mecanismo podría haberse “roto” es que la crisis que sufrimos en 2008 tuvo un impacto en nuestra sociedad mayor de lo que inicialmente se podría haber pensado. Los bancos han empleado la liquidez extra que se les ha proporcionado para reestructurar sus balances, en lugar de para prestar dinero. De igual modo, las compañías han utilizado la deuda emitida a muy baja rentabilidad para pagar dividendos y recomprar acciones, en lugar de aumentar las inversiones o hacer adquisiciones. Incluso los particulares han empleado el efectivo extra (en el caso de que lo tuvieran) para reducir su “apalancamiento” en lugar de para consumir más. 

La consecuencia de esta “falta de disposición a gastar” ha sido que la velocidad del dinero (es decir, la velocidad a la que el dinero pasa de unas manos a otras) ha disminuido, y por lo tanto la repercusión del aumento de la base monetaria se ha reducido de modo significativo y no ha provocado un aumento de la inflación.

Además, sigue existiendo un considerable “exceso de capacidad” en las economías de mercados desarrollados. El exceso de capacidad hace referencia a una situación en la que la producción real es inferior a lo que podría ser. Esto a menudo significa que la demanda en el mercado está por debajo de lo que podría ofrecerse. En este entorno, la inflación de precios probablemente será más baja de lo que podríamos esperar durante periodos en los que una economía está operando a pleno rendimiento o casi. Si los productores aumentan la oferta, o en otras palabras, si elevan su producción, pueden también producirse presiones a la baja sobre los precios. Por lo tanto, un aumento de la oferta, sería la causa de un crecimiento más fuerte, y también de una inflación más baja.

La globalización y las nuevas tecnologías 

Hay dos aspectos importantes que, desde nuestro punto de vista, tienen una repercusión destacada sobre la oferta y la inflación que son la “globalización” de la economía y los importantes avances tecnológicos que hemos experimentado en las últimas décadas. Estos dos factores combinados tienen un importante efecto sobre los precios. 

En primer lugar, una economía más globalizada significa que las compañías y las personas son capaces de suministrar productos a todo el mundo a precios lo más bajos posible. La apertura de fronteras reduce los problemas de escasez de productos y mantiene los precios bajos. Pensemos, por ejemplo, en el hecho de comprar fresas en diciembre: para nuestros abuelos habría sido un lujo increíble, pero hoy, es algo corriente. 

El otro cambio importante está ligado a la mejora de la tecnología y el papel que tiene en nuestra vida diaria. Los motores de búsqueda de internet facilitan extraordinariamente que la gente compare precios y compre el producto más barato que encuentran, lo que hace más difícil para algunas compañías aumentar los precios. La compra online, por ejemplo, se está popularizando cada vez más y la gente tiene acceso a una mayor cantidad de información. Por ejemplo, para reservar un hotel para las vacaciones: la capacidad de comparar lugares, precios y puntuaciones de calidad es tan importante que es casi imposible que ningún hotel de la misma localidad cobre precios más altos sin que se note.

Una de las consecuencias de esta mejora de la transparencia de precios y de la fácil disponibilidad de productos es que los precios son “más resistentes al cambio” y es más difícil elevarlos.

Nueva dinámica de inflación

Los cambios que la sociedad ha experimentado a lo largo de las últimas décadas – y más recientemente, tras la crisis de crédito – son tan profundos que están remodelando la forma en que funcionan las dinámicas de la economía. 

La baja inflación, combinada con la recuperación relativamente moderada que hemos visto hasta ahora, deja espacio para que los bancos centrales sigan ayudando a la economía a expandirse. Por lo tanto, entender los factores que podrían repercutir sobre la inflación es una parte importante en la toma de decisiones de inversión. 

La política monetaria relajada que han implementado los bancos centrales en los últimos años es una solución por el lado de la demanda – inyecta liquidez con la intención de aumentar la demanda total para estimular el crecimiento, pero hasta ahora, sólo ha tenido un éxito limitado.   El crecimiento no ha sido tan importante para impulsar la inflación como podría esperarse según lo observado en anteriores crisis financieras. 

También se pueden tomar medidas por el lado de la oferta, en lugar de por el lado de la demanda, y al final se estimulará el crecimiento. Si acaso, nuestro punto de vista es que la economía global es cada vez más competitiva debido a la tecnología y al alcance de la ideología del “libre mercado”. Cada vez más países están introduciendo reformas y eliminando regulaciones. Todo esto limita la inflación de precios. Por lo tanto, creemos que el crecimiento puede hacer que la inflación baje aún más. Por todo ello, es muy probable que, durante algún tiempo, no tengamos que tener miedo de la inflación– lo que podría sorprender a mucha gente. 

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