Por qué España es más atractiva para la inversión que China


TRIBUNA de Ignacio de la Torre, socio de Arcano y profesor de IE Business School.

A finales de Octubre de 2012 Arcano publicó su informe “The Case for Spain”, informe del que este medio hizo amplia resonancia. Desde entonces se han acumulado informes y comentarios más benignos sobre nuestra economía, a la par que se ha reducido nuestra prima de riesgo, a medida que mucho sabio financiero ha descubierto que España no es tan arriesgada como inversión que Egipto. La paradoja del mundo financiero es que si dicho informe hubiera sido publicado en Junio posiblemente no sólo hubiera sido ignorado, también habría sido denostado dentro y fuera de nuestras fronteras.  Sin embargo los datos serían fundamentalmente los mismos. 

En esta tribuna no queremos replicar los extensos argumentos elaborados en el referido informe, sino centrar la atención sobre un fenómeno especialmente interesante: a pesar de lo mucho que ha sufrido España en 2012, financiera y reputacionalmente, la inversión directa extranjera casi ha triplicado niveles desde 2011, en tanto que por primera vez en muchos años la inversión directa extranjera en la segunda economía del mundo, China, ha experimentado una caída.

Lo que está en juego detrás de estas cifras no es más que los fundamentos avanzados de la riqueza de una nación. Muchos años de ajustes en Alemania y en China han permitido mostrar hoy el músculo económico y financiero de ambos países. Pero el ajuste ha sido la condición necesaria para el desarrollo de la riqueza económica. La riqueza, a su vez, se puede hacer seguir creciendo (como hasta ahora China ha parecido lograr aunque con un dudoso horizonte ya que es una economía sobreinvertida), mantenerla (Japón) o decrecerla (España). Con todo, el denominador común reside en la capacidad de una economía para competir globalmente, y la competitividad a su vez depende de productividad y salarios reales. 

Mientras China ha desarrollado su economía gracias a un modelo exportador muy competitivo, la escasez de mano de obra cualificada y la falta de un modelo intensivo en conocimiento han provocado que sistemáticamente los salarios han experimentado subidas de casi doble dígito, la productividad ha crecido bien por debajo, y por lo tanto el país progresivamente ha perdido competitividad.  Si en los años buenos se consigue reemplazar exportaciones elásticas (muy sensibles a los precios de los factores productivos, incluyendo la divisa) por inelásticas, se puede minorar el daño.  Pero todo parece indicar que no ha sido el caso. La consecuencia es que aunque el PIB crezca algo por debajo del 8%, la posición competitiva se sigue deteriorando, y como consecuencia la inversión directa extranjera decrece. 

España atraviesa su peor recesión desde 1959. Al no disponer de divisa propia, el euro está emulando al patrón oro, forzando a nuestra economía por primera vez en su historia a realizar dolorosos pero necesarios ajustes, ajustes que en el pasado sistemáticamente se han obviado con la ficción de devaluar nuestra divisa, práctica desgraciadamente centenaria (la dictadura de Primo de Rivera cayó porque a pesar de sus promesas tuvo que devaluar la peseta ante la grave crisis económica).  Como consecuencia, desde 2008 en España los salarios reales han caído y la productividad ha subido exponencialmente, resultando en una caída de costes laborales unitarios, probablemente el único miembro de la zona euro en conseguirlo.  El resultado es que la posición competitiva de España ha mejorado y la implicación directa es el boom exportador que hemos visto desde 2009, en el que nuestro país ha alcanzado records históricos de exportaciones de bienes y servicios, lo que ha permitido que España viva una recesión en vez de una depresión: los desajustes de los “años buenos” eran tan enormes que hubieran explicado una caída del PIB de 15 puntos, y tan sólo hemos perdido 6, gracias a una subida del peso de las exportaciones de 9 puntos.

La inversión directa extranjera viene a España porque hoy en día somos capaces de ofrecer un binomio de coste laboral y productividad que es probablemente uno de los más atractivos en Occidente. Si a este binomio le sumamos unas infraestructuras de primer orden (claves para hacer de España un hub exportador, como poco a poco está ocurriendo) y una renovada flexibilidad laboral no es de extrañar que por ejemplo a pesar de una caída de un 8% en las ventas de coches en Europa, las multinacionales del motor están expandiendo capacidad en España con el objetivo de exportar más.

Nuestro modelo para salir de la crisis será este: una industria renovada y un sector terciario competitivo capaces de exportar enormes cantidades de bienes y de servicios.  No es un sueño, España está exportando ya más de 250.000 millones de euros de bienes y servicios al año, y sigue creciendo.

La inversión directa extranjera seguirá creciendo, y a finales de 2013 la creación de empleo en el sector exterior será superior a la destrucción de empleo público.  A medida que la economía vaya creando empleo irá mejorando la confianza del consumidor, y el latente consumo dormido despertará a mediados de 2014. Para entonces habremos salido de la recesión.

La incógnita que queda es: ¿Cuándo España vuelva al crecimiento, volveremos todos a hacer las estupideces que nos han llevado hasta aquí?

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