¿Por qué?


El ser humano tiende a llevar todo al extremo. Somos así. Pasamos de definir lo bueno como excelente y lo excelente como malo, así, sin pensar que existen las medias verdades o que las cosas son siempre mucho más sencillas. Gadafi es nuestro archienemigo, pasando por mejor amigo y acabando en villano universal; Estamos en paro y pensamos que lo mejor es acampar en la Puerta del Sol hasta que nos den las uvas, como si nosotros no pudiéramos elegir; quien es un reputado empresario ahora, mañana será el paradigma de la corrupción; quien es un gurú hoy, dentro de tres meses pasará a ser un gestor mediocre. Y todo, como diría Mourinho: ¿por qué?.

Porque somos excesivos, porque llevamos todo al extremo, haciendo que las modas sean cada vez más efímeras y radicales, cuando todo es matizable y susceptible de crítica.  Actualmente estamos asistiendo a la radicalización más absoluta en el eterno debate entre la gestión activa y la pasiva, como si una pudiera sustituir a la otra, como si fueran incompatibles.

Es mucho más cómodo calificar a las cosas como buenas o malas, sin pasos intermedios, sin analizarlas. Los fondos pasivos  son buenísimos, los fondos activos son una castaña... y algunos se  quedan tan anchos, como si no hubiera otro tipo de análisis que pudiera ir un paso más allá: los instrumentos financieros dependen del uso que se les de y los objetivos que se quieren cumplir. Guillermo de Occam decía que la explicación más sencilla es la más probable y tenía razón, pero las preguntas que nos tenemos que hacer deben ser las adecuadas, no podemos simplificarlas porque sí.

Las cosas son sencillas pero no simples. Los fondos buenos lo son porque cumplen una función, porque benefician al inversor, no porque un índice mal construido haya tenido más suerte en su rentabilidad a un mes.

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