Pastillas para no soñar


Vivimos tiempos de crisis y, en nuestra profesión, la crisis es doble: la económica y financiera que afecta a los inversores como generadores de ahorro y como poseedores de activos y la que afecta a las entidades financieras y, en particular, a la profesión de asesor financiero.

Desde el punto de vista de la oferta, el ajuste es aun incipiente, pero claro está que si no pierde el accionista, ni el bonista, ni el depositante, el que acabará perdiendo (sobrando) es el asesor financiero.

En este contexto, el profesional está obligado a dar un paso al frente, hacer inventario de lo que tiene (su formación, sus relaciones, su ilusión a prueba de crisis, su capacidad para trabajar y sus ganas de soñar), cerrar el gap, cuanto antes, de lo que le falta, y convencerse de una vez por todas de que esta profesión merece la pena y que está por delante de su condición de empleado.

Desde el punto de vista de la demanda, el reto está en transmitir que el asesoramiento es necesario. El inversor quizás esté sólo preocupado por cómo afecta la crisis al precio actual de sus inversiones, sin advertir, todavía, que los efectos demoledores de estas turbulencias son más a largo plazo y exigirán, no sólo tener que convivir con el riesgo financiero y gestionarlo para obtener retornos suficientes, sino, sobretodo, un ajuste de gran calado, tanto en las expectativas y objetivos futuros, como en la estructura de gastos actual.

¿Qué mejor alineación de intereses que la que nos pone la crisis delante? Y es que el asesor y el inversor tienen que tomar la misma decisión. Para elegir de qué forma quieren relacionarse, dos criterios sobresalen sobre el resto:

1.- Que les permita hacerlo sin conflictos de interés (enfoque y especialización)

2.- Que les permita alinear intereses no sólo en el corto sino, sobretodo, en el largo plazo (la fidelización del asesor es previa a la fidelización del inversor)

En el camino, asesores e inversores, corren el riesgo de que, 8 años después, les vuelvan a dar pastillas para no soñar: para los unos, vigorizante de retorno a corto plazo que acaba en infarto a la vuelta de la esquina; para los otros, tranquilizante para conjurar la volatilidad, o sea, la rentabilidad.

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