Paradojas de la industria europea de ETF


El sector de los fondos cotizados está plagado de contrasentidos que ponen de manifiesto su singularidad. En primer lugar, la industria de ETF en Europa es un negocio que se caracteriza por una elevada concentración. Los proveedores que dominan el negocio se pueden contar con los dedos de las manos. Y esto es algo que no ha cambiado durante los últimos cuatro años. Según datos de Refinitiv, las 10 gestoras de fondos cotizados de ETF aglutinan actualmente el 92,78% de los activos que hay en Europa. Hace cuatro años, el porcentaje era del 93,07%. Es decir, prácticamente el mismo.

Durante ese tiempo, el volumen de activos en ETF se ha multiplicado por dos, al pasar de los 400.000 millones de euros a 830.000. Son 430.000 millones más que se han llevado, fundamentalmente, los proveedores de mayor tamaño, haciendo bueno el conocido refrán de dinero llama a dinero. Las 39 entidades restantes tienen que conformarse con el 7% del pastel, una porción demasiado pequeña que, en ocasiones, les empuja a desistir. Actualmente, de las 49 entidades que venden ETF en Europa, solo 20 superan los 1.000 millones en patrimonio.

El que peces grandes se hayan comido a los chicos explica, en parte, el hecho de que la concentración en la industria de ETF se haya mantenido prácticamente inalterable. Esto ha creado ciertas paradojas. Por ejemplo con BlackRock. Su dominio de la industria europea de ETF es incontestable. Es el proveedor más grande, con casi 400.000 millones de patrimonio a cierre de junio. En los últimos cuatro años, iShares ha crecido de manera exponencial. Primero ganó tamaño apoyándose en sus estrategias de renta variable y, ahora, lo está haciendo con sus ETF de renta fija, donde está consiguiendo una posición de liderazgo.

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Para crear un animal con una escala similar a la de la firma americana las nueve entidades que le siguen tendrían que sumar fuerzas. Y no la superarían. Paradójicamente, pese a su dominio indiscutible, la entidad ha ido perdiendo en los últimos cuatro años casi nueve puntos de cuota de mercado en Europa frente a la suma de sus nueve inmediatas competidoras, al pasar de disfrutar del 59,6% de la tarta a comerse prácticamente la mitad (50,7%) de un pastel que en este periodo se ha hecho mucho más grande.

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Paradojas de competencia

La fuerte competencia de precios que existe en el negocio europeo de fondos cotizados ha dado una clara ventaja a las gestoras de mayor tamaño y ahogado a las más pequeñas, muchas de las cuales no han podido sobrevivir. Pero, paradójicamente, la competencia ha aumentado a nivel de proveedor. En los últimos cuatro años, el número de gestoras con gama de ETF ha crecido un 36%, al pasar de las 36 a las 49 entidades.

Los nuevos participantes son fundamentalmente firmas con un negocio basado en la gestión activa, que se han ido adentrando en el mundo de la indexación a través de fondos cotizados, también activos, con los que están tratando de abrirse hueco. El tamaño y el músculo financiero de estas entidades es lo que les permite mantener estas estrategias abiertas a pesar de su escaso volumen.

Hay que recordar que la mayor parte del patrimonio que gestiona la industria está en productos que replican los principales índices de renta variable. Y ahí la guerra de precios es feroz.

“Su bajo precio constituye en sí mismo una barrera de entrada para los nuevos promotores. Dada la alta calidad de los productos que ya existen, las comisiones de gestión y el TER se han convertido en un criterio clave en el proceso de selección de fondos y han llevado los precios a un punto en el que solo las entidades con una escala decente podrían ganar dinero”, afirma Detlef Glow. Y eso a pesar de que, según un estudio de Morningstar sobre los ETF que replican el S&P 500, aquellos que cuentan con una ratio de gastos totales más elevada son, precisamente, los que han ofrecido una rentabilidad neta más jugosa a los partícipes. Otra paradoja más.

La paradoja de la supervivencia

Según el director de Análisis de Refinitiv para EMEA, los grandes promotores de estos ETF core podrían incluso subvencionarlos durante un tiempo determinado con el objetivo de obtener una ventaja competitiva sobre aquellas entidades más pequeñas, que no pudiesen permitirse el lujo de mantener esa política de precios, lo que obligaría a las firmas de menor tamaño a lanzar estrategias que no confronten directamente con la de los líderes del mercado. De no tener éxito, en última instancia derivaría casi con toda probabilidad en nuevos bailes corporativos.

Esto, en sí mismo, suscita dos nuevas paradojas. Para sobrevivir, el pez pequeño no tendría que competir con productos que traten de captar activos donde se concentra el patrimonio, sino que buscar nichos de mercado que no estén siendo cubiertos por los peces grandes. El segundo contrasentido es el que apunta Glow. “En cualquier otra industria, una concentración tan alta sería un motivo de preocupación para los reguladores y los clientes, ya que podría dar lugar a un monopolio u oligopolio, que podría hacer subir los precios y bajar la calidad. No es el caso de ésta”, sostiene. He ahí la última paradoja.

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