No es verde todo bono verde que se emite: casos concretos de eco-blanqueo


Con la concienciación sobre la necesidad de controlar el cambio climático y la contaminación se ha incrementado la demanda de inversiones respetuosas con el medio ambiente. Uno de los mercados que más ha crecido es el de los bonos verdes. Hace una década el mercado corporativo de bonos verdes era prácticamente inexistente. A finales de abril de 2020 su tamaño alcanzaba ya los 347.000 millones de dólares. Se trata de deuda destinada a financiar proyectos específicamente relacionados con el medio ambiente. Ahora bien, como con toda nueva clase de activos que levanta el vuelo, los inversores deben tener cuidado con los riesgos y también con el greenwashing, ya que no todo lo que se emite como bono verde es en realidad verde.

Tal y como indica Stéphane Rüegg, especialista de crédito de Pictet AM, parte del atractivo de los bonos verdes se debe a su reglamentación, pues los gobiernos están interesados en fomentar proyectos ecológicos y suelen ofrecer desgravaciones fiscales por la tenencia de estos instrumentos. También son atractivos porque denotan visión de futuro, lo que suele asociarse a éxito empresarial a largo plazo.

“Para las emisoras estos bonos facilitan diversificar su base de inversores entre los que, por mayor grado de compromiso, mantienen la inversión más tiempo que la deuda convencional. Además, los vencimientos son a mayor plazo, por lo que la refinanciación puede ser menos frecuente. Tienen una duración media de casi ocho años, frente a los 7,2 de la deuda empresarial con grado de inversión global, quizá debido a que los proyectos medioambientales financian proyectos de mayor horizonte temporal”, explica el experto.

Además, la emisión de bonos verdes empresariales se ha ampliado recientemente a todo el espectro de calificación crediticia y, aunque la mayoría tiene rating grado de inversión, hay emisores de high yield. “Con las secuelas de la pandemia, aproximadamente el 44% de los bonos verdes calificados grado de inversión BBB, una proporción menor que en deuda empresarial general, pueden convertirse en ángeles caídos por degradación de su calificación crediticia”.

Ejemplos de eco-blanqueo

De momento, solo el 17% del valor del mercado de bonos verdes incluidos en el índice MSCI Green Bond cumple los requisitos del Estándar de Bonos Verdes de la UE. El caso es que los inversores en este tipo de activo se enfrentan al riesgo de confundir los bonos verdes relacionados con un auténtico deseo de la empresa emisora de promover un programa ecológico con las emisiones que son más bien eco-blanqueo, es decir, uso del capital obtenido para otros fines, como el de la refinanciación de la deuda existente. El problema es que los bonos verdes suelen figurar en el balance del emisor en la combinación de activos totales. Precisamente por ello a los bonos verdes se les suele asignar la calificación crediticia de su empresa emisora”.

Las agencias pueden rebajar la calificación crediticia de un bono verde por consideraciones medioambientales, sociales y de gobierno corporativo (ASG), lo que cada vez tienen más en cuenta.  “Por ejemplo, la multinacional eléctrica italiana Enel fue acusada de ecoblanqueo cuando emitió un bono vinculado al compromiso de incrementar el uso de energías renovables, un objetivo cuyo incumplimiento la obligaría a pagar mayor cupón por el bono. Los críticos observaron que en realidad era poco más que una opción para producir electricidad contaminante y un compromiso solo aparentemente ecológico”.

Otro ejemplo es Teekay Shuttle Tankers, propietaria de una de las mayores flotas de petroleros del mundo, que se propuso mediante la emisión de un bono verde captar un mínimo de 150 millones de dólares para cuatro nuevos buques de bajo consumo de combustible. “No alcanzó su objetivo, en parte debido a dudas de los inversores sobre lo ecológico que puede ser un petrolero, por poco combustible que consuma”.

Para complicar más las cosas, algunos emisores están subdividiendo esta clase de deuda en bonos azules relacionados con inversión en agua o de transición que promueven el cambio a una economía con menos emisiones de carbono. Además, tras la pandemia del coronavirus, se ha renovado el interés por bonos sociales, que prometen impacto en la sociedad.

“El caso es que a veces es conveniente mirar más allá de la etiqueta verde y fijarse más en la deuda convencional de una empresa verdaderamente respetuosa con el medio ambiente. De hecho, algunas compañías de sólida trayectoria medioambiental han evitado emitir bonos verdes, pues se trata de un mercado reducido, de naturaleza especializada, donde puede no compensar los costes de cumplimiento normativo adicionales. Por eso, hasta ahora solo tres empresas automovilísticas han emitido bonos verdes y Tesla, que lidera los vehículos eléctricos, no es una de ellas, a pesar de los avances en transporte ecológico, sobre todo en electrificación. Así que el mercado de bonos verdes sigue relativamente concentrado, con más del 70% emitido por empresas financieras y de servicios públicos”, concluye Rüegg.

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