Los discursos políticos y su influencia en los mercados


 

Tom Stevenson es director de inversiones en Fidelity Investment Managers. Las opiniones expresadas pertenecen al autor.

Twitter: @tomstevenson63

 

Como norma general, lo mejor que los políticos pueden hacer por los mercados financieros y la economía es dejarlos tranquilos. Su ambición principal es salir elegidos y permanecer en el cargo, por lo que sería ingenuo esperar que sus decisiones tengan una motivación que no sea política. Sin embargo, con frecuencia vemos que los discursos populistas están teniendo cada vez más influencia en los mercados de inversión de todo el mundo. Y esto podría tener consecuencias no deseadas.  A veces, lo correcto a todas luces es actuar. En los primeros compases de la crisis financiera, por ejemplo, la decisión de inundar los mercados de liquidez fue claramente la correcta; los políticos no sabían qué pasaría si actuaban con tanta decisión, pero lo que tenía meridianamente claro es qué ocurriría si no lo hacían.  Sin embargo, esa “situación de emergencia” no sirve para justificar la liberación de reservas petrolíferas liderada por EE.UU. y que provocó una fuerte caída del crudo hace nos días. Aparentemente, la razón por la que se produjo el mayor uso de las reservas estratégicas de petróleo desde 1991 fue la necesidad de reemplazar la producción libia perdida. Esto es, como mínimo, poco sincero. Si la ausencia del petróleo libio realmente fuera a desembocar en un importante déficit de oferta, el precio del petróleo no habría evolucionado de forma plana o a la baja en los últimos meses. Además, si esto tuviera que ver realmente con el petróleo libio, EE.UU. no habría asumido el liderazgo de esta iniciativa, ya que satisface casi todas sus necesidades en el Golfo de México y Arabia Saudí. 

 

Existen dos razones reales para añadir 60 millones de barriles a la oferta mundial durante el próximo mes. En primer lugar, la liberación de reservas es una advertencia a los miembros más intransigentes de la OPEP, liderados por Irán: “Si no aumentáis la oferta, nosotros lo haremos”. En segundo lugar, es una primera salva en la campaña de Barack Obama a la reelección. El momento elegido, ahora que se acercan las vacaciones en EE.UU. (la llamada "driving season") y con una gasolina 90 céntimos por galón más cara que el pasado año, no es una coincidencia.  Sin embargo, la magnitud de la caída inicial del precio del petróleo demostró el riesgo de sugerir a los mercados que alguien podría saber algo que ellos desconocen. Tras una semana en la que las perspectivas de crecimiento se han estado revisando a la baja de nuevo en la mayoría de grandes economías, el movimiento dejó entrever cierta desesperación en la batalla por reavivar el crecimiento.  El segundo acto de descaro político reciente fue el apoyo expresado por Nick Clegg a una idea peregrina, a saber, repartir acciones de los bancos británicos nacionalizados a cada ciudadano. La lógica populista es obvia. Los contribuyentes británicos son los grandes propietarios de los bancos, así que ¿por qué no formalizar la situación dándoles acciones? Desgraciadamente, el buen juicio termina aquí.  En primer lugar, sería impracticable, ya que obligaría al gobierno a controlar los haberes de todo el mundo para que, en el caso de que las acciones vuelvan a cotizar alguna vez por encima del precio al que el gobierno se las quedó, se le pueda reembolsar al estado antes de que cada contribuyente se quede con la diferencia.  Las cantidades en cuestión probablemente serían muy pequeñas, por lo que la ventaja política sería insignificante, y el entusiasmo de los bancos a la hora de comunicarse con millones de accionistas nuevos y en su mayoría desencantados sería reducido. Entretanto, el coste de administración del sistema lo haría poco atractivo precisamentepara las personas que reciben las acciones en su condición de contribuyentes.

 

Es como desvestir a un santo para vestir a otro.  Además, resulta inverosímil pensar que un sistema así tendría más éxito que las privatizaciones de Margaret Thatcher a la hora de forjar una democracia de accionistas.  En otros lugares, el poder del pueblo está teniendo una influencia más directa en los mercados de inversión y tenemos ejemplos obvios como la primavera árabe y, más recientemente, las protestas en las calles de Atenas. Un impago por parte de Grecia sería seguramente inevitable sin la explosión de ira, porque la falta crónica de competitividad del país significa que no tiene esperanzas de salir del abismo creciendo, pero la negativa del pueblo a sufrir en silencio significa que ni siquiera se hará el intento.  Sin embargo, posiblemente el movimiento popular más imparable de todos es el deseo del pueblo chino de mantener las tasas de crecimiento que han sacado de la pobreza a millones de personas en los últimos 30 años. El miedo del gobierno a la inestabilidad social si ese ritmo de crecimiento se ralentiza significa que los incrementos anuales de los salarios de 8 puntos porcentuales seguirán siendo la norma durante los próximos años. El poder el pueblo significa que el efecto desinflacionista de China es historia.

 

Foto: art_es_anna