La vida de Marvin


Una vez, un joven analista tuvo la oportunidad de sentarse con Marvin Schwartz, un viejo zorro de la gestión, referencia por aquel entonces en la joya de la corona de (R.I.P.) Lehman Brothers: Neuberger Berman, una casa de gestión patrimonial de ricos del Upper East Side de Nueva York. El analista preguntó por qué un tío tan importante estaba perdiendo el tiempo con sesiones maratonianas de inversores retail y respondiendo a preguntas tan absurdas como la que le estaba haciendo. Marvin sonrió y sus ojos se iluminaron: “Me hace sentir vivo; me encanta hablar con los inversores de mis fondos”.

No era marketing, no tenía necesidad, estaba expresando un sentimiento. Marvin era el máximo accionista individual de Lehman Brothers. Al comprar su compañía le dieron “papelitos” de Lehman y él siempre creyó que invertir en su compañía era lo mejor. Hijo del dueño de una gasolinera de Long Island, sin haber pasado por la Ivy League, tenía 62 años, era multimillonario y estaba al pie del cañón, haciendo lo que le gusta, hablando con uno más de sus inversores.

La historia de Marvin es la vida de tantos (Miller, Bolton, Paramés, Eveillard…), la vida de alguien que siempre ha tenido su fondo como nexo de unión con la realidad y la forma de aportar algo a un mundo aparentemente banal. La de Marvin y su Neuberger Berman es una historia de superación en la que gente con talento se proyecta a través de su trabajo. Pero no es la única, hay muchas más ahí fuera y nosotros debemos de escribir las nuestras.

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