La verdad sobre la guerra de divisas


Aunque el concepto de devaluación competitiva es algo que las autoridades monetarias llevan utilizando mucho tiempo, el término “guerra de divisas” es algo nuevo, introducido en septiembre de 2010 por el ministro de Finanzas brasileño, Guido Mantega. Pero, ¿qué es una guerra de divisas? Una guerra de divisas se podría definir como un conjunto de políticas monetarias y de tipos de cambio encaminadas a alterar intencionadamente el valor de una moneda, con el objetivo de ganar competitividad.

Este término ha adquirido una gran relevancia, siendo habitual que surja en ámbitos no estrictamente financieros o económicos. Esto es lógico, dado el contexto de crisis económica generalizada en el que estamos inmersos, donde la demanda interna de las principales economías aún es débil y, en algunos casos, está bastante lejos de los niveles anteriores al estallido de la crisis, como es el caso de los países periféricos de la eurozona. La crisis ha provocado que un gran número de países intenten mejorar su balanza comercial para contrarrestar el efecto negativo en la economía de una débil demanda interna. Así, algunos bancos centrales han adoptado políticas monetarias expansivas para tratar de estimular la demanda, disminuir el desempleo y reducir la carga de la deuda en términos reales, debido al efecto inflacionista de estas políticas.

Sin embargo, llegados a este punto surge una pregunta: ¿Existen realmente las guerras de divisas? La respuesta más sencilla sería decir que sí, a tenor de todas las intervenciones que se han producido en el mercado de divisas desde septiembre de 2010. La explicación a esto también es simple: si un banco central adopta una política monetaria expansiva, esto tendrá consecuencias sobre el valor de la divisa, depreciándola, y sobre su balanza comercial, abaratando las exportaciones y encareciendo las importaciones. Una intervención también puede tener efectos sobre los distintos activos financieros, incrementando su valor, como ha sido el caso del Quantitative Easing en Estados Unidos o el del Banco de Japón, que también podría iniciar un programa de compra de deuda pública.

De esta manera, un país que por medio de una política monetaria expansiva consiga una devaluación de su moneda, incrementa su competitividad de la forma que menos esfuerzo requiere. En contraposición a lo anterior, un incremento de la productividad eleva también la competitividad de un país y, aunque requiere un esfuerzo mayor, el resultado a largo plazo es más positivo, puesto que asegura una mayor eficiencia a la hora de asignar los recursos.

Pero, ¿qué ocurriría si varios países intentasen mejorar su balanza comercial recurriendo a una política monetaria expansiva al mismo tiempo? Se podría pensar que, en este caso, el mercado de divisas se convertiría en algo así como un “campo de batalla” en el que las autoridades monetarias compiten por llevar hacia abajo el valor de una divisa. ¿Hasta qué punto podría sostenerse dicho grado de manipulación en el mercado más eficiente y con más participantes que existe?

Por tanto, la respuesta a la pregunta que primeramente nos hacíamos puede que no siempre sea “sí”, sino más bien al contrario. Realmente, todo parece indicar que las guerras de divisas son un efecto colateral de las políticas monetarias expansivas que buscan estimular las economías, y es por ello que es muy importante ser competitivo en un mundo globalizado, pero no a costa de devaluaciones de la divisa, sino a través de la inversión, el incremento de la productividad, la innovación y el desarrollo.

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