La tónica financiera y sus delicadas burbujas


La historia nos enseña que estamos económicamente diseñados para tratar de maximizar nuestros objetivos utilizando el mínimo de recursos. El problema de seguir esta “tónica financiera” es que está condenada a terminar combinándose bruscamente con los peores licores del ser humano: la avaricia y la irracional falta de prudencia.

Como clave fundamental para poder digerir este cóctel, que nuestra propia naturaleza termina de mezclar, es la habilidad para servirlo sin que sus burbujas acaben por explotar. Aunque sí que es verdad que un entorno que no regula adecuadamente el descontrol de su consumo anula la labor del camarero.

A lo largo de los años nos hemos encontrado ante muchas burbujas de las que no hemos sabido gestionar su naturaleza explosiva. La primera de las que tenemos constancia es la de los tulipanes holandeses en el siglo XVII, conocida también como Tulipomanía. La variedad holandesa, traída desde Turquía en 1559, adquirió unas formas y colores tan espectaculares que dispararon su precio hasta trastornar los ahorros de muchas familias y empresas. La burbuja más sonada fue la del Crack de 1929, que provocó la mayor caída de la Bolsa de Estados Unidos, pero la más especulativa fue la burbuja inmobiliaria de Japón. En esta última, el valor de los inmuebles del imperio del sol naciente creció tanto que, además de empujar al Nikkei, llegó a representar el 20% de la riqueza a nivel mundial hasta que a finales de los 80 se desencadenara el colapso financiero.

A pesar de poder tratar muchas otras, me gustaría analizar la particularidad de la actual burbuja de deuda en la que estamos inmersos. Debemos de ser conscientes de que aún no ha explotado gracias a las maniobras de "liquidez digestiva" servida por los principales Bancos Centrales del mundo, pero que tiene el riesgo de poder estar multiplicando su tamaño.

El “camarero” más activo está siendo Haruhiko Kuroda, gobernador del Banco de Japón (BOJ), que con su revolucionaria coctelera está inyectando mensualmente hasta un 1% del PIB para conseguir doblar su base monetaria en los próximos dos años. Este experimento, que percibimos con buenos ojos y que bien podría convertirse en la línea a seguir, nos invita a ser cautos por las dimensiones que abarca ya que, como bien hemos visto con las recientes correcciones del Nikkei y con la subida de los tipos de interés y de cambio japoneses, podría convertirse en la peor de las borracheras financieras. Luego está Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal (FED) de Estados Unidos, que tras varios shots de Quantitative Easing empezó a preparar al mercado con sugerencias sobre una moderación de estímulos monetarios si el país empezaba a mostrar catalizadores positivos en términos de empleo y crecimiento, y que ha confirmado el 19 de junio que empezará a implantar a finales de 2013. Dicha medida me parece inoportuna en el corto plazo, por su posible repercusión y porque unos buenos datos de empleo no constituyen un pilar de confianza en estos momentos, pero también creo que es acertado que haya empezado a poner a prueba a los mercados para que lo tengan asimilado en el medio plazo, dejando así de depender de una política económica que está alejándose peligrosamente de la economía real y de un crecimiento estable y sostenido.

Ante todo es imprescindible que los máximos responsables de los actuales estímulos monetarios sean muy delicados, evitando cambios bruscos y gestionando el impacto de sus palabras así como el timing de sus actuaciones, para poder mejorar la digestión y evolución del actual panorama económico.

Como bien dice el agente 007, un buen digestivo se toma mezclado pero no agitado.

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