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La suma de todo. Economía conductual y decisiones financieras


TRIBUNA escrita por María Eugenia Cadenas Sáenz, coordinadora de Educación Financiera de la CNMV

Somos la suma total de nuestras decisiones. Con esta frase y voz en off el profesor Louis Levy en la escena final de la perturbadora película Delitos y faltas recuerda al espectador que la toma de decisiones es una constante a lo largo de la vida. Algunas decisiones son difíciles y tienen una gran trascendencia, aunque la mayoría de ellas se refieren a asuntos banales, pero son todas estas decisiones las que definen a las personas.

Si las decisiones conforman al sujeto y determinan en gran medida, entre otros aspectos, el grado de bienestar de su existencia, resulta importante no solo estudiar las consecuencias de esas decisiones, sino también profundizar en la manera y los motivos de que se tomen las decisiones que se toman. Esta pretensión se refleja en la creciente relevancia que están adquiriendo las disciplinas asociadas al estudio del comportamiento humano, entre ellas la economía conductual o psicología económica.

Con la aportación de los conocimientos procedentes de las neurociencias, la psicología, la antropología, la sociología e incluso la lingüística, la economía conductual, impulsada en los últimos cuarenta años por autores como Kahneman, Schiller o Thaler, ayuda a entender mejor el proceso de toma de decisiones económicas de los individuos y su repercusión en el funcionamiento de los mercados. Frente al superhumano completamente racional, calculador y egoísta, ajeno a cualquier anomalía cognitiva que defiende la teoría económica neoclásica, la economía conductual atribuye el protagonismo de sus teorías a un ser sencillamente humano que pospone las decisiones de cierta relevancia, improvisa a la hora de tomarlas, está fuertemente influido por lo que piensan y hacen los demás y muy condicionado por el miedo o la euforia, entre otros muchos factores.

La vida se compone de infinidad de elecciones de todo tipo. Para hacer frente a tan ingente labor de procesamiento de información y por motivos de eficiencia energética, el cerebro humano ha desarrollado a lo largo de su evolución una serie de mecanismos que permiten realizar rápidamente esta labor. Analizar racionalmente cada decisión sería agotador e inabarcable. Por eso alrededor de un 70% de las decisiones diarias se adopta siguiendo procesos intuitivos y automáticos en vez de procesos analíticos y deliberados. Este modo de pensar rápido e intuitivo está sometido a la influencia de sesgos que pueden llevar a decisiones eventualmente desacertadas. Los sesgos son estrategias de pensamiento, trucos, atajos mentales que facilitan y aceleran la toma de decisiones, presentan un marcado carácter evolutivo y tienen su origen en la condición heurística de la mente humana, el contexto cultural de cada individuo, la naturaleza social del ser humano y las emociones.

Existen numerosos sesgos descritos por los teóricos en la materia que afectan a muy diversos ámbitos, entre ellos al de las inversiones financieras. Los sesgos pueden categorizarse de numerosas maneras. Una clasificación sencilla pero especialmente útil es la que distingue entre sesgos cognitivos y sesgos emocionales. El resultado de ambos tipos de sesgos es el mismo, un juicio irracional, pero el origen y la manera de atajarlos son distintos. Los sesgos cognitivos se fundamentan en cómo piensan los sujetos y son el resultado de fallos o errores en el procesamiento de la información; pueden aminorarse mediante la provisión de información completa, clara y sencilla y el desarrollo del juicio crítico. Por su parte, los sesgos emocionales se sustentan en cómo sienten los sujetos y se basan en una capacidad de razonamiento fuertemente influenciada por las emociones y los impulsos; la manera de mitigarlos es la observación y control de las situaciones gatillo que activan este tipo de sesgos. Por otra parte, como se aprecia en el siguiente recuadro, la incidencia de los sesgos varía en función de la etapa del proceso de inversión en que se encuentre el sujeto.

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Entre los sesgos más recurrentes en el ámbito de la inversión, se encuentran el exceso de confianza, el sesgo de confirmación y la predisposición al optimismo. Según Daniel Kahneman, el exceso de confianza es el padre de todos los sesgos a la hora de tomar decisiones. Implica sobreestimar los conocimientos y juicios propios y considerarlos certeros, ignorando la diferencia entre lo que se sabe realmente y lo que se cree saber.

Del exceso de confianza puede derivarse el sesgo de confirmación. El inversor buscará o interpretará la información de modo selectivo con el objetivo de respaldar sus opiniones previas e ignorará argumentos críticos con estas, con el consiguiente riesgo de realizar una inversión desacertada.

La tendencia a un optimismo excesivo está estrechamente relacionada con el exceso de confianza. Al inversor le pesará más el optimismo que el realismo y sobreestimará la probabilidad de experimentar situaciones positivas en detrimento de las situaciones negativas.

Aunque la identificación de los sesgos concretos que afectan a un sujeto particular requiere la elaboración de un perfil psicográfico propio, todas las personas están sometidas a su influencia y es imposible erradicarlos. Sin embargo, sí es viable aminorar sus efectos y su recurrencia a través de una amplia variedad de técnicas destinadas a reducir las distorsiones que se generan en el proceso de pensamiento y en la toma de decisiones. Estas técnicas son variadas y pueden ponerse en práctica por el propio inversor, las entidades o los reguladores: desde la realización por el inversor de una sencilla lista de comprobación hasta la preparación cuidadosa de la información por parte de las entidades o la utilización de acicates por los reguladores.

No solo las decisiones definen al sujeto, como decía Levy, sino también la manera de tomarlas y el grado de conciencia que se tenga sobre el procedimiento seguido, los factores que influyen en este proceso y, en su caso, la manera de mitigarlos. En definitiva, la suma de todo.

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