La sonrisa de la mundialización

  • 24/02/2011

Los ingredientes de la situación económica y financiera mundial no pueden ser más enrevesados. El equilibrio del planeta se parece al de una partida de mikado, donde retirar un solo palillo puede dar al traste con toda la estructura. Los mercados financieros, que perciben claramente el embrollo global, se encuentran en estado febril y sobrerreaccionan cada vez que un mínimo incidente hace temer que se desencadene la tempestad al otro lado del mundo. No obstante, después de tres años de crisis aguda, los ojos se acostumbran a esa confusión, y es probable que ya estén entreviendo el final del túnel.

El primer dato importante es que la economía real no va mal del todo. Desde luego, el desempleo en Europa y Estados Unidos sigue siendo alto; sin embargo, no ha superado el nivel de la crisis de 1993, que fue de mucha menor envergadura, y el empleo se ajustará, con su habitual desfase, al paso del crecimiento mundial, que ha retomado la senda alcista a un ritmo alentador. Desde luego, la economía mundial, convaleciente, aún no ha suspendido el tratamiento. Los bancos centrales recurren a las armas no convencionales, de forma espontánea y masiva en el caso de la Fed, a regañadientes en el del BCE.m Pero las empresas que cuentan con cobertura internacional e integran los principales índices bursátiles se están comportando bien en general. Gozan de un monopolio absoluto en un planeta sobreendeudado, el del balance perfectamente sano, y anuncian beneficios positivos duraderos. Ahora bien, son el corazón del reactor que inicia el círculo virtuoso de un crecimiento no asistido.

En el plano macroeconómico, la mundialización ha hecho maravillas. Los mercados emergentes, encabezados por China, han tomado provisionalmente el testigo del crecimiento mundial. Pero, aunque los países BRIC representan el 50% de ese crecimiento, la única y verdadera locomotora de la economía mundial sigue siendo, y por mucho tiempo, Estados Unidos. China no es sino el vagón de aprovisionamiento de esa locomotora estadounidense y, de forma más discreta, de Europa, y no puede dejar que sus mejores clientes se derrumben. En un momento en el que tiene que frenar su demanda interna, porque la inflación es una plaga tan grave como la del desempleo para el Imperio Chino, no conviene que el motor estadounidense deje de funcionar. Y, aunque con muletas, el crecimiento y el consumo han vuelto a Estados Unidos y 2011 debería augurar buenos acontecimientos. En cuanto a Europa, que está pagando décadas de laxitud de su Estado de bienestar, no va a librarse de la cura de austeridad, pero se beneficiará de la recuperación de Alemania, a su vez vagón de aprovisionamiento de Estados Unidos y China. Por tanto, el crecimiento mundial, aun con respiración asistida, vuelve al curso natural de la curación.

Sin embargo, este bonito sendero de crecimiento serpentea en el corazón del Himalaya de la deuda pública, sumido en el abismal precipicio del dólar y el euro. La crisis sistémica global afecta de forma prolongada a todos los pilares del sistema, y varios riesgos importantes nos esperan. El primero, el sistema monetario internacional, que está agrietándose. El euro, actualmente en apuros, seguirá estándolo sin duda en 2011. Pero... ¿y el dólar? Estados Unidos no ha digerido bien el euro, única divisa capaz de rivalizar con el dólar y de impedirle acuñar moneda impunemente y sin límite. El dólar, la única moneda que vale en el mundo de hoy, es un coloso con pies de arcilla. Por primera vez, Estados Unidos se debate en sus déficits gemelos, que se han vuelto incontrolables, mientras que la zona euro no sufre déficit externo. Y aún peor que los PIGS europeos está la quebrada California, que sería la octava economía mundial si fuera un Estado independiente. El dólar avanzará en 2011, pero, ¿cuánto tiempo va a durar la ilusión? Lo que el Clochemerle de todos los países ha visto por su ventana desde el inicio de esta crisis global es el contagio mundial: una crisis originada concretamente en Estados Unidos ha arrasado todo el planeta. Hoy es una crisis europea, la de la deuda soberana de los Estados periféricos de la zona euro, la que a su vez podría desestabilizarlo.

No obstante, hay un hecho nuevo: la crisis global está engendrando una solidaridad global. Ningún Estado, ninguna zona económica, ninguna gran institución pueden dejar que se derrumbe la estructura del mikado. Alemania no puede ignorar el euro y Estados Unidos la anima a moderar su voluntad de austeridad. China financia los déficits estadounidenses, pero también empieza a velar por los puntos débiles de la zona euro. La devaluación del yuan escandaliza al mundo, aunque al mismo tiempo entiende que una fuerte revalorización sería mortal para China, amenazada por vecinos más competitivos. Dicho brevemente: ante una crisis mundial, es inevitable que aparezca la solidaridad interesada.

Explicárselo a los vecinos de Clochemerle no es tan sencillo. Es reconfortante ver que los gobiernos debilitados por la crisis, puestos en apuros por las tentaciones nacional-populistas de unas poblaciones cansadas, no hayan cometido en ningún momento el desatino de replegarse. Inevitablemente, los grandes riesgos que amenazan al planeta hoy más que nunca irán siendo atendidos progresivamente por la comunidad internacional, ya que ello va en interés de todos. Lo que constituye la diferencia con la crisis de los años 30… y el primer motivo de esperanza.

El mundo no está restableciéndose: está cambiando. En medio siglo, la población mundial habrá aumentado un 50%, pasando de seis mil a nueve mil millones de personas. Y la limitación de los recursos del planeta salta a la vista de forma implacable. Tanto el desarreglo del clima como las tierras raras vienen a recordarnos el futuro. Tras el arrebato de crecimiento artificial del cambio de siglo, cuando los recursos parecían inagotables y el horizonte demasiado cercano, todo se ha trastocado. Ha empezado el tiempo del mundo finito, y ya preocupa cuánto durará. No cabe duda, más allá de las finanzas, de que los problemas y las soluciones son planetarios. El egoísmo no retrocede, sino que se hace mundial a la fuerza. Es probable que las opiniones empiecen a responder a la sonrisa, hasta ahora sospechosa, de la mundialización.

Michel Cicurel, CEO de La Compagnie Financiere Edmond de Rothschild Banque

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