La responsabilidad de las inversiones en la era post COVID-19


TRIBUNA de Teresa Gonzalez Barreda, gestora de ESG y RSC de Arcano.

El inesperado tsunami pandémico ha puesto de manifiesto las fragilidades de nuestra sociedad. Fragilidad del sistema sanitario, al no disponer de recursos suficientes para enfrentar con solvencia la pandemia y frenar a tiempo el número de personas contagiadas y fallecidas. Fragilidad en las instituciones públicas, incapaces de alcanzar acuerdos para rescatar a la sociedad. Y, por supuesto, fragilidad de nuestras economías, en la que sus protagonistas se ven abocados a la pérdida del trabajo y/o al cierre de sus comercios.

La pandemia ha puesto de relieve la interconexión de nuestro mundo y la rapidez con que estos vínculos pueden derrumbarse, si no se conciben para que sean sostenibles.

Llevamos hablando varias décadas sobre la sostenibilidad del sistema entendida como económica, pero también como social y medioambiental. El movimiento de la sostenibilidad cogió tracción a raíz de la crisis financiera de 2008, en la que, presionados por una ciudadanía cada vez más exigente, se alentaba al sector privado y particularmente al mundo financiero, a mirar de forma más profunda su contribución a la sociedad. En este mismo sentido, se firmaban en 2015 por 193 países los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

La visión de construir, entre todos, un mundo más sostenible, ha ido calando poco a poco en la sociedad: los millenials aspiran a trabajar por un mundo mejor, los gobiernos lanzan regulaciones que obligan a las empresas a reportar información más allá de la financiera, y también las empresas integran en su discurso, algunas también en su estrategia, la sostenibilidad.

Adicionalmente, y fruto de esta conciencia social y medioambiental cada vez más madura, no podemos olvidar que otra de las palancas fundamentales para esta tracción ha sido el capital. Durante estos años, cada vez más inversores han empezado a preguntar por cuestiones relacionadas con las megatendencias globales, el cambio climático, la creciente desigualdad, el envejecimiento poblacional…

El capital quiere saber, quiere conocer los riesgos y cómo y dónde se producen, y todo esto, sin lugar a duda, impulsa la búsqueda de respuestas y soluciones. Recordemos que las carteras de los grandes inversores, que acaudalan el dinero de miles de ahorradores, son representativas de los mercados globales, por lo que sus decisiones de inversión y las relaciones que mantienen con las empresas impactan en la salud de la economía mundial. Por ello, no es casualidad que la Unión Europea haya querido trasladar a estos grandes inversores gran parte de la responsabilidad de financiar la descarbonización de la economía. Europa busca a través de la creación del Plan de Acción de Finanzas Sostenibles reconciliar el progreso con la salud del planeta.

Los Principios de Inversión Responsable, iniciativa impulsada por parte de Naciones Unidas en 2006, nos recuerdan en estos días, cómo debería actuar de forma inminente, y ante esta pandemia, un inversor responsable. Las medidas propuestas por estos Principios señalan que se debería invertir en empresas que están actuando con responsabilidad a la hora de establecer precios, en aquellas que ponen su cadena de suministro a disposición de los aspectos sanitarios y/o económicos más inmediatos, así como en aquellas que estén protegiendo las necesidades de los empleados y proveedores por encima del retorno inmediato del accionista. 

Debemos seguir en la senda de la responsabilidad como inversores. Debemos por supuesto atender lo inmediato. Las consecuencias sociales que deja la pandemia deberían ser ahora, las prioritarias. Pero no debemos olvidar que otras crisis están por venir, como por ejemplo la climática, de la que nos llevan advirtiendo varios años los científicos. Como inversores, deberíamos edificar con cimientos sólidos sobre lo que en estos días se nos ha mostrado como esencial, como por ejemplo la ciencia y la educación para generar conocimiento sobre lo hasta ahora desconocido, la tecnología para dar solución a problemas concretos, la sanidad y los cuidados para fortalecer la capacidad de respuesta y proporcionar la mejor atención clínica o la agricultura, la alimentación y la logística para garantizar el abastecimiento de productos básicos a toda la población.

Esta pandemia nos debería servir como anticipo de otras que puedan venir. El COVID-19 nos obliga a repensar el propósito e impacto de nuestras inversiones si queremos un mundo más robusto y seguro, más sano, protegido y resiliente; en definitiva, un mundo más sostenible. Solo así construiremos sistemáticamente empresas que en el futuro puedan hacer de lo inevitable algo más evitable. Los epidemiólogos hablaban de una posible crisis como ésta, pero pensamos que no nos tocaría a nosotros y no nos preparamos para ella, algo por lo que estamos pagando muy caro en vidas, costes sociales y daños económicos.  Prepararse para gestionar mejor una próxima pandemia o para evitar o al menos reducir el impacto y gravedad de otras crisis parece hoy algo no solo razonable sino necesario.  Como inversores, pasemos a la acción como si fuera una urgencia, porque lo es.

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