La relación entre Keynes, el superciclo de endeudamiento y los tipos negativos


El Banco de Dinamarca, el de Suecia, el Banco Nacional de Suiza, el BCE y el Banco de Japón componen la lista de autoridades monetarias que ya aplican políticas de tipos de interés negativos (NIRP, por sus siglas en inglés). Es un escenario que los inversores contemplan actualmente con actitudes que oscilan entre la estupefacción y la resignación. Brooks Ritchey, director general sénior de K2 Advisors (parte de Franklin Templeton Investments), se pregunta si se están poniendo de moda injustificadamente los tipos negativos : “A todos los efectos, los tipos de interés negativos constituyen un mandato que implícitamente hará más vulnerables a los bancos soberanos, ya que supone contravenir una orden aparentemente racional y lógica que se aplica en mercados con funcionamiento normal. En la práctica, se está pidiendo a los bancos que salgan fuera y suscriban el máximo número de préstamos posible, incluso si resultan potencialmente fallidos. Lo importante es seguir prestando efectivo y olvidarse de cualquier tipo de compensación de riesgos en este acto”.

Dado que los bancos centrales siguen empleando herramientas de política monetaria agresivas para aplacar las secuelas de la crisis financiera global de 2008-2009, Ritchey se pregunta si podría ocurrir que estén incubando inadvertidamente una catástrofe económica de mucho mayor alcance y severidad. “Suponemos que las autoridades monetarias y los académicos que trabajan en los bancos centrales son plenamente conscientes de los resultados negativos que podrían derivarse; sin embargo, están obligados a seguir presionando”, reflexiona.

La eterna rivalidad

Uno de los motivos por los que el representante de K2 cree que se está extendiendo el uso de los tipos negativos es porque “la mayoría de los gobernadores actuales de los bancos centrales proceden de la escuela de pensamiento económico keynesiano”. Su razonamiento es el siguiente: “En su condición de keynesianos, niegan vehementemente la posibilidad de la deflación en cualquiera de sus formas y creen que deben implantarse todas las medidas posibles para evitarla. De ahí que estén obligados a seguir adelante con los programas de política monetaria expansiva a pesar de la falta de pruebas que demuestren su eficacia”.

El experto se fija en que los argumentos a favor y en contra de la expansión monetaria pueden sintetizarse en dos escuelas de pensamiento, la keynesiana y la austriaca. “Los keynesianos aducen que las decisiones empresariales del sector privado a veces pueden producir resultados ineficientes y, por lo tanto, en ocasiones es necesaria la intervención del Estado para poner en marcha medidas de política monetaria activas. Estas medidas pueden estar coordinadas en torno a un banco central”, añade Ritchey. Éste explica a grandes rasgos sobre la teoría austriaca que “defiende una intervención estatal muy reducida en la economía, especialmente en el área de la fabricación de dinero”, por lo que “la manipulación de los ciclos económicos por parte de los bancos centrales mediante estímulos artificiales trae consigo más males que bienes a largo plazo, creando en última instancia burbujas y recesiones que son mucho peores de lo que se experimentaría en un ciclo económico natural”.

El experto no encuentra fácil establecer cuál es el planteamiento correcto: “La aplicación óptima de la teoría económica probablemente resida en un punto medio. El problema es que hace tiempo que hemos abandonado esta zona intermedia, y nos hemos embarcado sin miramientos en programas de tipos de interés nulos”. Sin embargo, no esconde su interés por la teoría económica austriaca: “Los economistas austriacos creen que el motor de una economía son los ahorros, ya que otras empresas los pueden utilizar para financiarse y expandir sus negocios, en contraposición al dinero captado con créditos de un banco central. Si hay más ahorradores, el dinero podrá obtenerse a un bajo coste (bajos tipos de interés), al ser la oferta superior a la demanda. Si el conjunto de ahorradores es inferior a la demanda, los tipos de interés lógicamente aumentarán, lo que persuadirá al mercado a ahorrar más y endeudarse menos. Teóricamente, el resultado será un equilibrio económico, donde la economía tal vez no crezca rápidamente a corto plazo, pero será más estable y sostenible a la larga”.

Según esta escuela, es posible que el crédito creado por el sistema bancario incentive el gasto a corto plazo, pero genera con el tiempo una mala asignación de recursos reales (inversiones anómalas) que “a menudo generan rendimientos que son insuficientes para hacer frente a la amortización de los créditos asociados a su adquisición”. La opinión del experto es que “si los préstamos adicionales se emplean principalmente para acometer inversiones productivas, generando así una fuente futura de ingresos extra que permita amortizar la deuda más tarde, las cosas deberían funcionar”.

Sin embargo, al observar la evolución de Europa y en EE.UU. en las últimas décadas, “parece que una fracción cada vez más pequeña de deuda se emplea con fines de inversión, mientras que un porcentaje cada vez mayor se emplea para aumentar el consumo, las importaciones y la adquisición de viviendas”. Ritchey indica que son gastos que generalmente no crea ingresos futuros, ergo el pago de intereses y la devolución del capital acaparan un porcentaje cada vez mayor de los ingresos personales en el transcurso del tiempo pese al descenso continuado de los tipos de interés desde 1980, un fenómeno que el experto considera preocupante. Todos estos argumentos llevan a otra pregunta clave: “¿Por fin ha tocado techo la tendencia de acumulación de deuda observada en los últimos 75 años?”. 

El experto no aprecia una recuperación económica significativa en Europa, Japón y EE.UU. desde 2008. Es más, constata que, de cumplirse la previsión de la Organización Mundial de Comercio de que la expansión del comercio en 2015 cayera hasta el 2,8%, entonces sería el cuarto año consecutivo en el que la tasa de crecimiento anual del comercio se sitúa por debajo del 3%. “Cuando los volúmenes de comercio mundial se contraen, la presión política nacional que se ejerce para cerrar filas en materia monetaria (depreciar la divisa) y llevarse un trozo más grande del pastel de comercio cada vez más contraído se vuelve aun más crucial”. La evidencia de esta presión, para Ritchey, cobra la forma de tipos de interés negativos.

“Para mi resulta evidente que los bancos centrales, mediante el uso de herramientas monetarias, aparte de evitar una quiebra sistémica del sistema financiero, han logrado muy poco hasta la fecha en lo tocante a estimular el crecimiento económico orgánico. Por consiguiente, me cuesta mucho creer que una campaña relevante de tipos de interés negativos podrá también contribuir a eludir la deflación”, sentencia el representante de K2.

 

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