La politización de la política monetaria: ¿deberíamos preocuparnos?


Existe la preocupación entre muchos analistas de que los bancos centrales de los países desarrollados se han vuelto cada vez más politizados, haciendo difícil marcar los límites entre la política monetaria y fiscal. Se trata de dar una respuesta a un nuevo entorno económico que viene caracterizado por una política fiscal limitada (por el enorme déficit publico) y las herramientas de política monetarias convencionales que no funcionan.

La independencia de los bancos centrales generalmente se interpreta en el sentido de que son libres para llevar a cabo la política monetaria sin ningún tipo de interferencia por parte de los políticos. En realidad, los bancos centrales son operativamente (pero no jurídicamente) independientes.

Un motivo fundamental para la independencia de los bancos centrales es que la política monetaria es la más adecuada para lograr el objetivo de estabilidad de precios. En contraste, la política fiscal tiene que ver con los efectos distributivos: la asignación de los recursos públicos entre los diferentes grupos. En la medida en que los gobiernos son elegidos para ejercer tales mandatos, la política fiscal es trabajo de los políticos.

Una de las principales premisas de los bancos centrales es que a largo plazo no existe un trade-off entre inflación y desempleo. En otras palabras, aceptar una tasa de inflación más alta no implica una menor tasa de desempleo. La experiencia de la década de 1970 hizo añicos las ilusiones de los políticos de que la inflación era la solución más fácil a sus problemas económicos. Permitió a los gobiernos endeudarse y disfrutar de tener el coste de su deuda devaluada, pero la crisis económica que causó la inflación finalmente condujo a cambios importantes en el régimen político. Sin ir más lejos, las elecciones de Ronald Reagan y Margaret Thatcher estuvieron muy influenciadas por el trauma de inflación de la década de 1970.

El periodo 1980-2000 fue una época de expansión económica y de mercados alcistas en acciones y bonos en el que muchos gobiernos dieron independencia operativa a sus bancos centrales. La crisis económica y financiera que comenzó en 2007, y la posterior debilidad en la recuperación económica, rompieron la visión complaciente de que los bancos centrales puedan crear las condiciones para la creación de un escenario sostenible de prosperidad económica.

Los propios bancos centrales fueron sorprendidos por la gravedad de la crisis y rápidamente se percataron de que, con las herramientas monetarias convencionales (es decir, menores tasas de interés), tenían una capacidad limitada para reactivar la actividad económica en un mundo caracterizado por altos niveles de desapalancamiento del sector privado.

Los intereses se mantuvieron alineados en la búsqueda desesperada de impulso en la actividad económica para así poder reducir el desempleo. Sin embargo, las acciones llevadas a cabo por los bancos centrales desdibujaron las líneas entre la política monetaria y fiscal.

Las medidas cuantitativas impulsadas por los bancos centrales tienen efectos asimétricos. Han beneficiado a los bancos impulsando sus beneficios mediante el tensionamiento de la curva de rendimientos. Pero la política de represión financiera, tipos de interés cercanos a cero, ha perjudicado a los ahorradores beneficiando a los inversores (aumentando el precio de los activos financieros).

Existe una preocupación generalizada de que altas tasas de inflación serán inevitablemente el punto final de la actual combinación de políticas fiscal y monetaria. En un mundo de crecimiento económico débil y persistentes altos niveles de desempleo, los bancos centrales se verán obligados a seguir comprando bonos de gobiernos e intentaran reducir la carga de la deuda mediante la creación de la inflación.

A mediados de la década de 1990, la estabilidad de precios se interpretó generalmente en el sentido de una tasa de inflación de cero. Después de la amenaza de deflación de la década de 2000, el objetivo de inflación se situó en el 2%. Por el momento, los políticos y los bancos centrales están alineados en su deseo de impulsar la actividad económica y preservar la estabilidad financiera. Queda por ver si los líderes de los bancos centrales tendrán la voluntad o el coraje para resistir cualquier presión política y mantener una política de estímulo durante más tiempo del que las condiciones económicas justifiquen.

¿Cuáles son los errores que se están produciendo al impulsar unas políticas monetarias agresivas? En primer lugar, un cierto aumento de la inflación parece inevitable ya que los bancos centrales probablemente serán lentos para normalizar la política. En segundo lugar, debido a que cada banco central se centra en las presiones internas, la falta de coordinación a nivel mundial ha hecho surgir la amenaza de una guerra de divisas. La historia sugiere que tal evento se traduce en un aumento de los movimientos proteccionistas entre los distintos países del mundo. Por último, este tipo de políticas monetarias expansivas favorecen las condiciones para la creación y desarrollo de burbujas en la formación de los precios de los activos que no siempre son visibles hasta que explotan.

La politización de la política monetaria es una consecuencia inevitable de la política fiscal limitada y el fracaso de las herramientas monetarias convencionales para proporcionar un fuerte crecimiento económico.

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