"La pena cabalga otra vez”…Esta vez no es diferente


Primer capítulo de Misunderstimated: La crisis ha hecho correr innumerables ríos de tinta hasta el punto de hacernos perder la perspectiva real sobre la situación actual. Todos los esfuerzos se han centrado en analizar el presente, sin volver la vista atrás ni tampoco proyectar una visión de futuro. Esta es la idea fundamental que transmite el primer capítulo de Misunderstimated: a pesar de que muchos han sentido la presente crisis como un acontecimiento único, lejos está de serlo. En efecto, es posible encontrar innumerables similitudes entre la actual recesión y otras del pasado, sobre todo con la de 1873. En el origen de ambas –la actual y la que tuvo lugar hace cerca de 150 años- hay una misma realidad: el precio del dinero. La combinación de tipos de interés bajos y de un ambiente de optimismo generalizado dieron lugar a una sociedad que asumió mayores riesgos; un exceso de confianza que terminó conduciendo a unos altísimos niveles de endeudamiento, que acabaron convirtiéndose en cantidades imposibles de ser gestionadas, y burbujas de mercado.

¿Cómo es posible, entonces, que siendo tantas las similitudes hayamos vuelto a caer en lo mismo? El error puede estar en la incapacidad tanto de políticos y legisladores, como de economistas para tomar el verdadero pulso de la situación y considerar el largo plazo. En efecto, muchos de los iconos de la historia económica de Estados Unidos se han convertido en tales, simplemente porque adoptaron una visión a largo plazo en períodos de agitadas turbulencias. Tal y como acertadamente señalan Bryan Collings y Marina Akopian, no es fácil ir contracorriente en mercados alcistas, pero igual de importante resulta tener una clara visión del futuro y abandonar estrategias cortoplacistas, para poder conseguir una rentabilidad satisfactoria de nuestras inversiones.

Si 1873 no supuso un infierno para todo el mundo, lo mismo puede esgrimirse de la situación actual. Los escasos valientes que vieron la crisis como una oportunidad de inversión poco común y tenían liquidez pudieron beneficiarse en gran medida de los fracasos empresariales y de la inevitable concentración industrial que le siguió. Hoy ocurre exactamente lo mismo. Al final, la crisis de 1873 demostró que el centro de gravedad mundial se había desplazo desde Europa hacia Estados Unidos. Posiblemente la situación actual sugiere un nuevo movimiento: desde Europa y Estados Unidos hacia los países emergentes, y los inversores de talento de hoy en día no pueden desperdiciar esta nueva oportunidad que se les ofrece.

En la próxima entrega analizaremos el segundo capítulo “Bruselas, tenemos un problema” donde los autores aportan una visión de la Europa de los 27, sus principales éxitos y fracasos.

 

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