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"La desigualdad puede deprimir el crecimiento"


El economista francés Thomas Piketty ha vuelto a avivar el debate sobre la desigualdad en las sociedades con su polémico libro 'El capital en el siglo XXI'. En el prestigioso blog Project Syndicate, figuras de primera fila de la economía vienen, de un tiempo a esta parte, aportando su propio punto de vista sobre esta cuestión. Si el pasado mes de mayo era el premio Nobel Robert Shiller quien rebatía las tesis de Piketty, ahora es el profesor y también laureado con el Nobel de Economía Michael Spence –junto con George Akerlof y Joseph Stiglitz– quien aborda esta cuestión, explorando la relación entre crecimiento económico y desigualdad.

El economista indica que la teoría clásica sobre la desigualdad afirma que la redistribución de rentas a través del sistema recaudatorio debilita los incentivos y mina el crecimiento económico. “Pero la relación entre desigualdad y crecimiento es, de lejos, más compleja y multidimensional de lo que este simple estudio sugiere. Los múltiples canales de influencia y los mecanismos de respuesta hacen difícil llegar a conclusiones claras”, asevera.

Spence pone como ejemplo a Estados Unidos y China, las dos economías que están creciendo hoy a mayor velocidad: “Ambas tienen similares niveles, elevados y al alza, de desigualdad de ingresos. Aunque no se debería concluir que crecimiento y desigualdad están descorrelacionados o correlacionados positivamente, la afirmación no calificada de que la desigualdad es mala para el crecimiento en realidad no concuerda con los hechos”. El Nobel utiliza esta comparación para explicar la paradoja de que, si bien las diferencias entre clases sociales han ido reduciéndose a medida que los países en vías de desarrollo prosperan, la desigualdad aumenta al mismo tiempo en muchos países desarrollados y en vías de desarrollo.

Vínculos entre crecimiento e igualdad de oportunidades

La evidencia histórica recabada en un gran número de países lleva al experto a sugerir que “unos niveles altos y al alza de desigualdad, especialmente la desigualdad de oportunidades, pueden de hecho deprimir el crecimiento”. ¿Por qué? “Una de las razones es que la desigualdad socava el consenso político y social en torno a las estrategias y políticas orientadas al crecimiento”, continúa Spence. Así, la desigualdad puede originar conflicto, paralizar decisiones o provocar que se tomen decisiones políticas poco acertadas. Y hay pruebas de que “la exclusión sistemática de subgrupos sobre cualquier base arbitraria (por ejemplo, etnia, raza o religión) es particularmente dañina”, advierte el académico. 

Paralelamente, la desigualdad puede perjudicar a la movilidad intergeneracional, que es un indicador clave de igualdad de oportunidades, sostiene Spence. Esta movilidad depende a su vez de que servicios como la educación y la sanidad sean de acceso universal. El profesor pone como ejemplo el sistema educativo: si el sistema público empieza a fallar, la tendencia es sustituirlo por escuelas privadas, lo que perjudica a los individuos con menos recursos. Otro de los vínculos entre riqueza y crecimiento es de índole política: las capas de la sociedad con mayor patrimonio tienen mayor influencia y pueden ejercer más presión sobre las decisiones políticas de los gobiernos.

“Esto sugiere que toda la desigualdad no debería ser vista de la misma manera. La desigualdad basada en una búsqueda exitosa de rentas y acceso privilegiado a recursos y oportunidades de mercado es altamente tóxica para la cohesión social y la estabilidad y, por tanto, para las políticas orientadas al crecimiento”, advierte Michael Spence. Éste añade que “en un entorno generalmente meritocrático, los resultados basados en creatividad, innovación o talento extraordinario usualmente son vistos de una forma positiva y se cree que tienen menos efectos dañinos”. Volviendo al ejemplo de China: la campaña anticorrupción emprendida por el gobierno actual cobra relevancia en este contexto dado que “las tensiones sociales creadas por el acceso privilegiado de 'insiders' a los mercados y las transacciones amenaza la legitimidad del Partido Comunista de China y la efectividad de su gobierno”, explica el Nobel.

El crecimiento rápido ayuda

El economista también analiza los efectos sobre las clases sociales de una aceleración del PIB: “En un entorno de alto crecimiento, con ingresos al alza para casi todos, la gente aceptará el aumento de la desigualdad hasta cierto punto, particularmente si ocurre en un contexto básicamente meritocrático. Sin embargo, en un entorno de bajo crecimiento, el rápido aumento de la desigualdad supone que mucha gente está experimentando un crecimiento nulo de ingresos o que se está quedando atrás tanto en términos absolutos como relativos”.

¿Qué consecuencias puede tener el incremento de las diferencias entre clases para los políticos? En opinión del académico, les puede llevar “por un camino peligroso: el uso de deuda, a veces combinado con una burbuja de activos, para sostener el consumo”. Fue lo que ocurrió durante los 'felices años 20' y lo que se experimentó en países como España en los años anteriores a la quiebra de Lehman Brothers.

Para el Nobel de Economía, las conclusiones de este breve ensayo son claras y demoledoras. “En el corto plazo, la prioridad número uno es respaldar con ingresos a los pobres y los desempleados, que son las víctimas inmediatas de las crisis, y afrontar los desequilibrios subyacentes y los problemas estructurales, que lleva tiempo eliminar. En segundo lugar, y especialmente cuando aumenta la desigualdad de rentas, resulta crucial el acceso universal a servicios públicos de alta calidad, particularmente la educación”, concluye.

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