Inversores y profesionales: Dos visiones del mismo asunto para una sola fuente de malentendidos


Uno de esos gestores fieles a sus principios, de envidiable historial, tanto en lo personal como en lo profesional, y de esos que te transmiten confianza cada vez que te sientas con ellos, me ponía el siguiente ejemplo: "Un amigo mío puede viajar de Madrid a Valencia en un deportivo a 200 y yo en un monovolumen a 100. Cuando llegue mi amigo, a mí todavía me quedarán un par de horas para llegar pero cuando yo llegue, la probabilidad que él habrá tenido de sufrir un accidente habrá sido 100 veces superior a la mía". Un analista cuantitativo pensaría que el gestor le está haciendo un símil con el ratio de Sharpe pero, para los que creemos en el análisis cualitativo, consideramos que se trata de una filosofía de vida que se refleja en sus carteras: gestionar primero el riesgo y después ocuparse de la rentabilidad. Una máxima que, en tiempos difíciles, se antoja fundamental para no perder todo lo acumulado durante los tiempos en los que las cosas van bien.

Es curioso que en una etapa como ésta, en el que el nuevo mantra es “la gestión del riesgo”, se dedique poca o ninguna atención a un hecho intuitivo que rara vez se explicita: el concepto del riesgo que utilizan los profesionales y el que tienen los partícipes de los fondos son bastantes diferentes. Para el primero, el riesgo de un activo se identifica principalmente con su volatilidad. El segundo, en cambio, lo identifica con la probabilidad de perder dinero, lo que hace que muchas de las decisiones de inversión estén en la mayoría de los casos condicionadas por una fuerte aversión al riesgo o, lo que es lo mismo, por el intento de evitar pérdidas absolutas. Esto es algo que contrastó en 1996 el Investment Company Institute con una encuesta en la que se concluía que el 51% de los inversores en fondos creían que el riesgo es precisamente la probabilidad de perder dinero. Algo que, seguramente se exacerba en un país como España, donde la parte sustancial de la inversión se muestra extremadamente conservadora.

Ya durante los últimos tiempos, quienes gestionan y comercializan fondos venían insistiendo en la idea de “gestionar el riesgo y preservar el capital”, aunque el diferente enfoque de profesionales y partícipes sobre el riesgo hace que puedan volverse a producir en el futuro desencuentros y decepciones. Por ello, en la última semana han seguido apareciendo fondos de esos que garantizan todo o parte del capital, poniéndose de manifiesto el conservadurismo de la oferta y de la demanda de fondos que de nuevo se vuelve a concentrar en los productos garantizados. Para los inversores conservadores que no pueden estar pendientes de rotar su cartera o que no tienen un asesor independiente que verdaderamente vaya de la mano con él y capaz de resolverle el “malentendido” comentado más arriba, lamentablemente su alternativa como fondista sea uno de estos productos garantizados, que sólo son rentables para la entidad que los comercializa.

Por tanto, para una buena comunicación con los inversores, y dando por sentado que a la generalidad de éstos les preocupa más el perder dinero a que las rentabilidades de su fondo se queden por debajo del benchmark, se antoja esencial para cualquier asesor verdaderamente independiente, el ser capaz de detectar aquellos fondos que tengan en cuenta la ansiedad que le genera al partícipe ver su fondo en pérdidas durante uno o más meses.

Una metodología sencilla que nos puede ayudar a ver cómo preserva el capital un fondo es sumar rentabilidades mensuales negativas que han obtenido distintos fondos comparables a lo largo de tres, cinco y diez años. Después habría que ordenar éstos de mejor a peor, siendo los que mejor preservan el capital los que tienen una suma de pérdidas mensuales menor.