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Gestoras activas hablando de la gestión pasiva de manera educada, constructiva y no visceral


En muchas sociedades occidentales se observa un deterioro en la cultura del debate. En vez de intercambiar argumentos de manera educada y respetuosa y aceptar posiciones contrarias a las nuestras, las discusiones se están volviendo cada vez más emocionalmente cargadas. A veces incluso el objetivo es la destrucción total del adversario desde el punto de vista argumentativo. Este tipo de enfrentamientos dialécticos se producen sobre distintos temas, también en asuntos relacionados con la industria de gestión de activos. En este sentido, el más intenso se está produciendo entre la gestión activa y la pasiva, donde el intercambio de golpes es constante. El debate está siendo bastante enconado y, en ocasiones, hasta visceral. Por ese motivo, sorprende ver a algunas entidades, cuyo modelo de negocio se basa exclusivamente sobre la comercialización de fondos de gestión activa, hacer un análisis sereno, educado, inteligente y sensato sobre lo que supone y representan las estrategias indexadas.

La principal razón en el largo e intenso debate entre la gestión activa y pasiva es la crítica a la primera de que no ha cumplido con su promesa de rentabilidad. La reputación y la razón de ser de la gestión activa está basada en la creación de valor para los clientes. Antes, este valor se definía como la consecución de un rendimiento superior frente a cualquier índice de referencia dado. “Conseguir ese objetivo está lejos de ser un asunto trivial. Requiere que las gestoras contraten a los mejores profesionales y que los mantengan en la compañía. Es necesario contar con recursos de análisis que proporcionen la información necesaria para que los expertos de la inversión puedan mantenerse a la vanguardia. Implica la creación de una cultura y de una plataforma para el intercambio de información entre equipos, además del establecimiento de procesos de inversión y gestión de riesgos sólidos. Todo esto tiene un coste elevado”, reconoce Andreas Utermann, consejero delegado y director de inversiones global de Allianz Global Investors.

En este contexto, y como resultado de la creciente eficiencia de los mercados de capitales, en los últimos años la gestión activa –al menos en las principales categorías de renta variable– no ha logrado batir el rendimiento de los índices después de gastos. En algunos países, esto ha llevado a los reguladores a analizar la relación calidad-precio de la industria. ¿Significa esto que la gestión activa está obsoleta? Según Utermann, no, pero sí implica la necesidad de un ajuste.

“Por esta razón, los gestores de inversión activa con visión de futuro se están adaptando. Esta adaptación comienza con una mejora en la propuesta de valor. En el pasado, la industria innecesariamente redujo la definición de valor añadido al exceso de rentabilidad obtenido frente a índices comparables. Se prestó poca atención al hecho de que la relación con el cliente –especialmente en el mundo institucional– es mucho más compleja: empezando con la preparación conjunta de la distribución de activos a través de la selección de fondos, hasta la gestión de activos y pasivos o la gestión de riesgos. Lo que se suele omitir es que, incluso cuando se implementa una estrategia de inversión construida íntegramente sobre instrumentos pasivos, la mayoría de los clientes necesitan un asesoramiento activo. Por lo tanto, la propuesta de valor no sólo comprende poder ofrecer un rendimiento superior al índice”, asegura.

En este caso, la inversión pasiva está obligando a realizar cambios en la gestión activa que –según David Lafferty, estratega en jefe de mercados de Natixis IM- debían haberse implementado hace tiempo. “En primer lugar, la indexación está obligando a los gestores activos a reevaluar la competitividad de sus comisiones. A futuro, los gestores activos tendrán que alinear mejor sus comisiones con su habilidad para generar mayores retornos. Este ajuste a la baja, por definición, mejorará el rendimiento neto (ceteris paribus). Los cambios regulatorios también juegan un papel importante. Directivas como la RDR en el Reino Unido y la propuesta de nuevas reglas fiduciarias en EE.UU. obligan a los compradores de fondos a adquirir clases de acciones de menor coste con muchos de los gastos extremos eliminados”, explica.

Además de un mejor rendimiento, una mirada más cercana a los costes podría generar beneficios adicionales. “Los ingresos por menores comisiones derivarán en una era de mayor disciplina y eficiencia para los gestores activos. Durante años, elevados márgenes de ganancias en todo el sector han permitido que el enfoque de los gestores activos se haya dispersado. Muchos invirtieron de más en áreas del negocio no relacionadas con la generación de alfa, pero a medida que los márgenes se redujeron, los días de los derroches y regalos entre el sector están probablemente contados”, señala el experto.

Por otro lado está el hecho de que un enfoque más acusado en la generación de mayor retorno llevará a los gestores a crear carteras más diferenciadas. “Ya en la década de los 80, las instituciones empezaron a reconocer que las carteras podrían volverse más eficientes al separar el beta barato del costoso alfa. Actualmente, incluso los inversores individuales entienden los peligros de aferrarse al índice y pagar de más por la beta, y gradualmente están obligando a los closet trackers a dejar el negocio”.

A su juicio, la señal de alarma del próximo mercado a la baja obligará a los inversores a discernir más sobre la calidad de los activos que poseen, impulsando a muchos de ellos hacia estrategias que pueden manejar mejor los riesgos. “En vez que quejarse, los gestores activos deben dar la bienvenida a los cambios surgidos en el sector de la gestión de activos. En el largo plazo, las presiones competitivas de la indexación pasiva podría salvar a la gestión activa”, concluye Lafferty.

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