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Ética empresarial y financiera


TRIBUNA de Laura Gismera Tierno y José Ángel Ceballos, profesores en ICADE.

La ética es una dimensión inherente a la realidad humana, pues toda persona participa bajo su propia concepción del término en esta idea. El ser humano como ser racional y libre en la toma de decisiones (presuponiendo dicha libertad) está a la vez influenciado por los factores y experiencias que han ido configurando su carácter. Es cierto que no siempre se examinan todas las decisiones que toma el individuo con el baremo de la ética, pero al ser algo tan individual e intrínseco al ser humano, condicionará sus actos, aun cuando no se percate de ello (Ceballos, 2016). La reflexión ética viene exigida por el conflicto de carácter moral.

Si bien el carácter moral ya conforma al sujeto previamente al surgimiento del dilema, es en la resolución de este, donde dicho carácter se forja, configurando la propia subjetividad moral. Así, la ética es necesariamente práctica, debe ser aplicada. "Es imprescindible aunar los principios éticos con la responsabilidad moral individual, ya que a través de estos dos ejes, se resuelven los conflictos morales" (Yuthas y Dillard, 1999).En la actualidad las empresas están compuestas por un capital humano muy diverso, con valores y costumbres que pueden ser muy distintos, de ahí la dificultad de elaborar un marco común donde encuadrar los principios que una compañía desea exponer a la sociedad. El fenómeno de la globalización ha hecho que se produzca una crisis de referencias éticas, debido, en muchos casos, a la falta de fundamentación moral, o a la perplejidad surgida del pluralismo moral, anteriormente mitigado por la fe religiosa, como señala Xavier Zubiri.

Apreciamos en el mundo de la empresa en múltiples oportunidades para una insensibilidad que, en unas ocasiones facilita y en otras impele, a que los individuos cometan actos inmorales. No pocas veces respaldados por la cultura de la organización, a través de la acciones u omisiones derivadas de sus usos y costumbres.

Tampoco está de más tener presente que aunque en las empresas existan, en ocasiones, problemas como el tráfico de influencias, los delitos fiscales, la contaminación medioambiental gratuita o la sunción de valores antisociales, estas situaciones, en general no deseadas por los responsables de las propias corporaciones, y que, en cualquier caso, proporcionan en el medio y largo plazo, más problemas que beneficios, pueden ser combatidas mediante herramientas específicas. Empezando por las auditorías internas -también en lo relativo a los criterios y valores éticos imperantes-, siguiendo por los comités éticos, y culminando por la implementación de códigos éticos. Ahora bien, es determinante asumir de manera inequívoca que las herramientas de gestión, en este ámbito, tendrán poca utilidad -salvo la de proyectar, quizá, una falsa y fugaz imagen de honestidad- si el esfuerzo no se sustenta en el compromiso personal y profesional de los integrantes de la organización, con la ética (Ceballos, 2014). Por ello la integridad ética de los miembros de la organización se torna una tarea preferente para asegurar el alcance ético de la empresa.

En no pocos casos la ética de los negocios consiste en cumplir la ley. No es ciertamente poco. Y en este sentido, la primera responsabilidad del gestor sería detectar los riesgos inherentes al incumplimiento normativo, y los procesos donde se concentra el mayor peligro de que esto ocurra. Es la visión de la ética como compliance.

Sin embargo, y sin detrimento del interés que esta línea de trabajo, sin duda, suscita, no puede perderse de vista que, si bien es cierto que en muchas ocasiones ética y legalidad implican los mismos comportamientos, en otras muchas ocasiones la ley no alcanza asuntos de gran relevancia, de los cuales se ocupa la ética (principios y valores como la honestidad, la rectitud, la dignidad, la lealtad, la confianza, la transparencia o la profesionalidad, entre otros).

Algunas actuaciones que han dañado y siguen dañando severamente los mercados de capitales son las limitaciones en la aplicación de fórmulas financieras, el inadecuado uso de los derivados y la ineficacia de las soluciones dadas a las crisis en los últimos treinta años (Urquijo - Gismera, 2014). La falta de ejemplaridad queda fielmente reflejada en algunos casos como en el del Banco Barings, Enron, AIG, Madoff o Jerome Kerviel entre otros. No sólo ha habido extralimitación en el uso de las formulaciones financieras, sino escándalos de fraude y falta de transparencia. Es cierto que se han establecido reformas y recomendaciones por parte de las autoridades, pero esto no constituye garantía suficiente, si, como ya hemos dicho, no va acompañado del compromiso personal de los profesionales.

Por eso, aunque en ocasiones hagamos referencia a individuos infractores y otras veces a la compañía en general, son las personas físicas las que libremente actúan según sus criterios. Así por ejemplo, Jerome Kerviel registró en Societe Generale operaciones que nunca sucedieron. Hizo perder al banco del que era trader cuatro millones y medio de euros. Evon Dooley, empleado de MF Global fue acusado de fraude por ciento cuarenta y un millón de dólares. La compañía fue obligada a pagar diez millones de dólares por faltas de control interno. Scott Rohstein, fue condenado a cincuenta años de cárcel por delitos de estafa, crimen organizado, lavado de dinero y fraude (estafó más de un billón de dólares con el sistema Ponzi. Para entender este sistema nada mejor que hacer referencia al caso Bernard Lawrence Madoff, presidente de una firma que fundó en 1960. En diciembre del año 2008 le detuvieron por haber estafado alrededor de 50.000 millones de dólares. Su firma de inversión, Madoff Securities, era un broker-dealer autorizado, registrado y supervisado por la SEC. Scott Szach, antiguo CFO de Griffin Trading Co. realizó un fraude que costó a la firma más de dos millones de dólares. Su estafa consistía en transferir fondos de la compañía a una cuenta personal con la que operaba él mismo, mientras que falsificaba los libros de la Griffin.

Es un hecho que nos desayunamos con escándalos financieros y fraudes muchas mañanas, más de las desadas. Según la Asociación de Examinadores Certificados del Fraude (ACFE) hay tres tipos de fraudes: corrupción, acontece cuando, contrariando las obligaciones de su puesto de trabajo, se hace uso ilícito de su posición e influencia para obtener un beneficio propio. En segundo lugar, apropiación de activos. Este es el caso de un robo o uso irregular de los activos de la empresa. En tercer lugar se encuentra la falsificación de Estados Financieros. Siento este último el caso de presentación de Cuentas Anuales que no reflejan la imagen fiel, la situación económico-financiera de la compañía. Este tipo de fraude está muy presente en empresas cotizadas en los mercados de valores españoles y representa hasta un veinte por ciento de los casos (íntimamente ligado a la obligación de presentar cuentas públicas).

Referencias

Ceballos Amandi, J.A., (2016), ”Reflexiones sobre ética profesional y responsabilidad personal”, en Conferencias, Ponencias, Comunicados y Conclusiones del VII Congreso Nacional de Ingenieros del ICAI. Asociación Nacional de Ingenieros del ICAI. Madrid, 2016, ISBN 97884-617-4221-9, pp. 211-218.

Ceballos Amandi, J.A., (2014), “Hacia el esbozo de una ética profesional”. En Miscelánea Comillas: Revista de Ciencias Humanas y Sociales; Vol. 72, Nº 140-141, 2014, pp. 159-167.

ICAC (2013), Norma Internacional de Auditoría 240: Responsabilidades del auditor en la auditoría de estados financieros con respecto al fraude.

Gallegos Díaz, L., (1999), "Realidad y ética en Xavier Zubiri", Universidad Complutense de Madrid, Madrid.
PriceWaterHouseCoopers (2014). Encuesta sobre fraude y delito económico 2014.

Urquijo, J. L. y Gismera, L. (2014), "Responsabilidad financiera en la crisis". Revista ICADE, vol. 93, 163-175.

Yuthas, K. y Dillard, J. F. (1999), "Ethical Development of Advanced Technology: A postmodern Stakeholder Perspective", Journal of Business Ethics, nº 19.

www.enciclopediafinaciera.com/investing/stock/aig. Fecha de consulta: enero 2018.

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