Esta caída me suena…


Historia siempre fue mi asignatura favorita en el colegio. Y, aunque nunca fue mi favorito, siempre llamó mi atención ese periodo de la historia de España en el que fuimos un Imperio donde no se ponía el sol y, sobre todo, su caída. Siempre que toqué esta etapa, me preguntaba cómo se sentirían nuestros predecesores viendo cómo uno de los centros mundiales de poder pasaba a ser simplemente una nación más, un peón utilizado por el resto de potencias mundiales, por las malas decisiones de unos gobernantes decadentes.

Pocas alternativas hubo para aquellos que padecieron esta época. Por aquel entonces (e incluso hasta fechas relativamente recientes), la única alternativa existente para que el destino económico del ciudadano medio español fuese distinto al del conjunto de la nación era emigrar, tratar de hacer fortuna lejos del país de origen. Porque, para desgracia de muchos, por aquel entonces el capitalismo aún estaba en pañales, la Revolución Industrial ni siquiera se vislumbraba en nuestro país e incluso las pocas ricas casamenteras que había no estaban al “alcance” de cualquier ciudadano…

Casi 200 años más tarde, la historia parece repetirse y, a pesar de que no hemos vuelto a ser una gran potencia en lo militar, durante un breve periodo de tiempo nos hemos sentido cómodos entre los más poderosos del mundo, económicamente hablando. Y una vez más, y como hace 200 años, las nefastas decisiones de nuestros gobernantes nos hacen caer, y de qué manera, en el papel de meros peones de una partida, esta vez de tipo económico y a nivel mundial.

Los dolorosos sacrificios y los sueños truncados vuelven a sobrevolar nuestro país, pero, por suerte, existe una gran, casi crucial, diferencia que separa nuestro destino económico personal del de nuestros antepasados. Y es que el destino de nuestras “pequeñas grandes” riquezas, nuestros ahorros, hoy está en nuestras manos; obviando (aunque sea mucho obviar) el enorme problema que el paro genera en nuestra sociedad, al privar de ingresos recurrentes a una cuarta parte de la población, e independientemente de nuestro lugar de residencia, hoy por hoy podemos separar nuestro destino económico personal del de nuestro país, algo que, hace “tan solo” 25 años era casi inimaginable. No hace tanto tiempo, los ahorros de cualquier español medio conocían fundamentalmente los depósitos, algún bono o letra del Tesoro y escasas acciones, siempre del mercado español.

Hoy cualquier persona, gracias en gran medida a la popularización de los fondos de inversión y, casi de manera fundamental, al nacimiento de internet, puede tener a salvo sus ahorros invirtiendo en deuda de empresas norteamericanas, o en acciones de compañías chinas denominadas en yuanes, o incluso optar por el derrumbe de las bolsas europeas, gracias a los fondos de inversión y sin necesidad de sacar el dinero del país ni de tener cientos de millones de euros.

Cierto es que, para hacer un correcto uso de estas herramientas, es necesario conocer bien dónde se invierten nuestros ahorros y, si es posible, contar con un asesoramiento alineado con nuestros intereses, que sea capaz de ofrecernos las mejores alternativas en cada momento y que pueda ser capaz de hacernos entender en qué situación se encuentran nuestros ahorros en cada momento y en qué activos están invertidos. Pero, pese a todo, esta posibilidad atenúa, en cierta forma, los efectos de la crisis que padecemos y, por tanto, y aunque no esté tan generalizado como sería deseable, es necesario conocerla y hacerla llegar a los ahorradores, esa especie tan escasa hoy en nuestro país.

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