España y Turquía: dos países, dos direcciones


Una vez perdida la confianza de los inversores es muy difícil de recuperar. Sin embargo, España ha conseguido hacerlo. El país ha llevado a cabo progresos sustanciales en la resolución de cuestiones estructurales y está atrayendo de nuevo capital extranjero después de cinco años de “cuarentena”. En el extremo opuesto de la balanza y, por casualidad, en el otro lado del Mediterráneo: Turquía está en proceso de perder su atractivo para los inversores.

Tras años de dolorosos ajustes y de una prolongada y profunda recesión, España está entrando en una fase de recuperación como demuestra un modesto crecimiento de su PIB en el tercer trimestre de 2013 y una ligera caída en la tasa de desempleo, aunque desde niveles muy altos. Lo más impresionante, el cambio  en el déficit por cuenta corriente que alcanzó el 12% del PIB en 2008 y ha pasado a convertirse en superávit en 2013. Esta mejoría se debe a unas menores importaciones tras la puesta en práctica de estrictas medidas de austeridad y, sobre todo, al aumento de las exportaciones. Las reformas en el mercado laboral y la reducción en los salarios reales han impulsado la competitividad del país, en especial frente a Francia e Italia donde los costes laborales unitarios siguen aumentando. Los progresos de España en este ámbito, comparados con las respectivas medidas de sus principales socios comerciales desde 2010, también son importantes.

Asimismo, el coste de un constructor español es la mitad del de un francés. No es ninguna sorpresa que las constructoras españolas estén ahora ganando ofertas de obras públicas al otro lado de los Pirineos. El sector inmobiliario residencial se está acercando a precios de equilibrio a largo plazo tras una corrección de varios años, las ventas minoristas y de automóviles están repuntando y los bancos españoles son algo menos dependientes de los programas de liquidez del BCE. Los inversores en bonos han aplaudido estos progresos reduciendo la rentabilidad del bono español a 10 años al 3,7%, estrechando el diferencial con el bund alemán a 200 puntos básicos desde los máximos de 600 puntos en junio de 2012. Mientras que el país ha resuelto sus problemas de cuenta corriente, todavía tiene que trabajar sobre sus finanzas públicas: el déficit presupuestario sigue estando muy alto a -6,5% del PIB en 2013 y con un objetivo de -5,8% para 2014.

Como resultado, el ratio de deuda sobre el PIB sigue aumentando. La estabilización necesitaría  la combinación de un crecimiento tendencial nominal más alto junto con un importante superávit en el déficit primario, situación que es poco probable que se produzca en el futuro cercano. En términos generales, España ha conseguido recuperar la confianza de los inversores. Este es un logro importante que contribuye a la estabilización de la zona euro y esperamos que los activos españoles sigan esta tendencia al alza en el tiempo.

Por su parte, en el otro lado del Mediterráneo, Turquía se enfrenta a unas perspectivas cada vez más sombrías. Las luchas internas entre las diferentes ramas del gobierno, sus frenéticos esfuerzos para sofocar las protestas sociales y la falta de progresos económicos están minando la confianza de los inversores y los ciudadanos. A la luz del amplio déficit por cuenta corriente, Turquía depende para financiarse tanto de la inversión extranjera directa a largo plazo como de los flujos de carteras a más corto plazo. No obstante, la inversión extranjera directa es ahora muy baja y la población está cambiando las liras por otras divisas de reserva más seguras.

La situación se ha visto empeorada por un banco central que hasta hace muy poco era reacio a subir tipos de interés, una condición previa necesaria para atraer inversores en busca de una rentabilidad real apropiada de su capital. La espiral a la baja en la que había entrado la lira fue frenada in extremis por la decisión del 28 de enero del banco central de subir los tipos de forma masiva, lo que supuso un cambio rotundo frente a su anterior política. Aunque era necesario, este cambio proyecta una sombra sobre el marco político del banco central y genera una considerable incertidumbre para la economía. El hecho de que en muchas ocasiones el primer ministro haya culpado a un imaginario “lobby de tipos de interés”, ciertamente no ha ayudado a la toma de decisiones en el banco central. Como resultado, en conjunto Turquía está perdiendo su credibilidad ganada con tanto esfuerzo.

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