¿En qué se diferencian la gestión de fondos éticos y la gestión convencional?


Hablar de ‘fondos éticos’ o de ‘inversión socialmente responsable’ (ISR) suele suscitar reacciones diversas entre los inversores, que van desde el desconocimiento o la confusión de conceptos −algo que intentan paliar iniciativas como la nueva circular de Inverco o el Manual de la Inversión Socialmente Responsable de Spainsif− hasta el debate sobre si este tipo de inversiones son más o menos rentables que las convencionales. Sobre este último punto, existen numerosos estudios que demuestran que los fondos que invierten atendiendo a criterios extrafinancieros (ambientales, sociales y buen gobierno corporativo, o ASG) no lo hacen necesariamente mejor, pero tampoco peor, que los fondos convencionales en términos de rentabilidad.

Sin embargo, los expertos encuentran una serie de características en la gestión de los fondos ‘éticos’ −definidos como aquellos que invierten en empresas que cumplen al menos nueve de los once criterios ASG establecidos por el Foro Europeo de Inversión Socialmente Responsable (Eurosif)− que los hacen más resistentes a los shocks del mercado y que pueden traducirse en un mejor comportamiento a largo plazo.

Este es precisamente el punto de partida del estudio ‘The cost or benefit of Socially Responsible Investing’ (coste o beneficio de la inversión socialmente responsable), desarrollado por el catedrático de Finanzas de Deusto Business School, Fernando Gómez-Bezares, junto con los académicos Fernando Muñoz (Centro Universitario de la Defensa de Zaragoza) y María Vargas (Universidad de Zaragoza), y presentado en el marco de la ‘Semana de la ISR 2014’, organizada por Spainsif.

El estudio compara los fondos éticos y convencionales de renta variable global registrados en siete países europeos (Alemania, España, Francia, Italia, Portugal, Irlanda y Reino Unido) desde una perspectiva novedosa: en vez de centrarse en la rentabilidad, los investigadores analizan las habilidades de ‘stock picking’ (selección de títulos) y ‘market timing’ (sincronización con el mercado) para intentar determinar si existen diferencias significativas en la gestión de uno y otro tipo de fondos.

Para ello, partiendo del modelo de Treynor y Mazuy (1966), el estudio se centra en tres variables básicas: el alfa, que mide el valor adicional que aporta el gestor con respecto al mercado (la beta) y que se relaciona con la capacidad de selección de títulos; la gamma, que mide la capacidad del gestor para ‘adelantarse al mercado’, es decir, para invertir en títulos más agresivos durante los periodos alcistas y protegerse de las caídas en los periodos bajistas, y el coste de diversificación, que intenta determinar si los fondos éticos se ven penalizados por invertir en un universo más restringido que los fondos convencionales.

Conclusiones

Como explicó Gómez-Bezares durante su presentación, la primera conclusión que se extrae del estudio −y que viene a corroborar otras investigaciones anteriores− es que, en general, es difícil que un fondo de inversión, ya sea ético o convencional, consiga batir al mercado, algo que no solo tiene que ver con las habilidades del gestor sino también con los costes de gestión. Sin embargo, cuando se introduce en el modelo la información de los índices de referencia (MSCI Europe para los fondos convencionales y FTSE4Good Europe para los éticos), los gestores que aplican criterios ASG muestran una mejor capacidad de selección de títulos, algo que los autores del estudio atribuyen a que su universo de inversión es más reducido, lo que les permite conocer mejor los títulos.

El estudio revela además que los fondos éticos suelen estar más pegados a su índice de referencia y que los gestores de este tipo de fondos demuestran una mayor capacidad de sincronización con el mercado cuando su índice se comporta mejor que el índice convencional, pero que lo hacen peor que los gestores de fondos convencionales cuando su índice se comporta peor que el índice convencional. Sin embargo, ante shocks del mercado, los fondos éticos se comportan comparativamente mejor, lo que podría estar relacionado con su menor tamaño, que les permite reaccionar de forma más ágil.

En cuanto al coste de diversificación, el estudio no encuentra evidencia significativa de que los fondos éticos se vean penalizados por el hecho de que su universo de inversión sea más restringido que el de los fondos convencionales. En cambio, el coste de diversificación sí se hace evidente cuando la muestra se limita únicamente a los denominados ‘best in class’, que cumplen con los once criterios de Eurosif.

El estudio se centra en el periodo entre agosto de 2001 y diciembre de 2007, aunque los autores se proponen ir actualizando periódicamente los datos y analizar la evolución de los resultados.

Uno de los aspectos en los que se centró el debate posterior a la presentación del estudio se refiere al hecho de que la gestión de los riesgos extrafinancieros conlleva una serie de costes adicionales que con frecuencia absorbe la gestora, ya que no suelen repercutirse en las comisiones del fondo, y que, de hacerse explícitos, reducirían la rentabilidad de los fondos éticos. Como apuntaron varios de los participantes, estos costes adicionales frenan el crecimiento de la ISR en España, por lo que las gestoras que inviertan en este tipo de fondos tienen que ser capaces de demostrar que consiguen mejores resultados ajustados al riesgo a medio-largo plazo.

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