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El vértigo y la perspectiva


Una idea que tengo muy incrustada en mi cerebro es que el mundo va bien. De hecho, creo que nunca ha ido mejor. Lo digo casi como “disclaimer” para lo que expondré a continuación, pero la lectura de Steven Pinker, Hans Rosling, Max Roser, Johan Norberg o Matt Riddley ha formado mi manera de interpretar lo que pasa a mi alrededor.

Intentar comprender lo que pasa en el mundo depende de la información que recibimos y vamos somatizando y depurando poco a poco. Básicamente de lo que vemos y leemos. Por tanto, es importante controlar la calidad y variedad de las fuentes a las que nos exponemos, el contrastar (o que quien lo hace por ti merezca tu confianza) y el no fiarnos (demasiado) de la inmediatez de lo publicado en las redes sociales. También me parece sano incorporar puntos de vista discrepantes o contrarios al tuyo, siempre que haya una argumentación sólida detrás.

Eso sí, en la era de la posverdad, las fake news, del relato, de las narrativas y del story telling, reconozco que el mundo es tremendamente complejo y, por tanto, esa interpretación parece más difícil que nunca. Que el presidente del país más importante del mundo sea capaz de publicar o dar pábulo a las salvajadas más variopintas me parece, simplemente, grotesco. Pero incluso él, probablemente el ser humano más poderoso sobre la faz de la tierra, está sometido a la supervisión de los medios, del fact check y somos capaces de separar hechos de simple verborrea. Pero muchas otras veces, para lograr una visión sensata de lo que pasa, existe otra limitación sutil, autoimpuesta, que consiste en nuestro propio filtro, esto es, las gafas con las que vemos el mundo.

Pretendo ilustrar esto con el siguiente ejemplo. Observemos estos dos gráficos:

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El primero puede llegar a ofrecer una sensación de vértigo, de un crecimiento insano, preludio de una caída igual de significativa. El segundo gráfico, en cambio, parece reflejar una evolución más pausada, “tranquila”, con múltiples picos de sierra pero siempre con un ángulo de crecimiento razonable.

Pues bien, la información contenida en los dos gráficos anteriores es exactamente la misma. En ambos casos es la evolución (precio) del índice S&P500 desde 1928 hasta la actualidad. Lo que cambia es la escala: lineal en el primer caso y logarítmica en el segundo. Esta escala logarítmica probablemente sea más apropiada para interpretar lo sucedido en plazos de tiempo largos y en el análisis de rentabilidad (proporciones). Pero reitero, la información presentada es la MISMA. Lo que cambia es nuestro prisma, “las gafas”, a la hora de analizar el gráfico.

Durante los últimos meses no paro de leer titulares sobre los máximos consecutivos que va alcanzando la bolsa estadounidense. Pero lo hacen casi a modo de alerta de lo que vendrá a continuación. Como a muchos les parece obvio “cuando la bolsa americana se derrumbe o caiga, nosotros (Europa) iremos detrás”.

Pues bien. Eso puede suceder así. O no. O a lo mejor la bolsa estadounidense sigue subiendo. O la europea se repone y lo empieza a hacer con mucha más fuerza. O al revés. Lo que sé es que con una mirada amplia, de largo plazo, el mundo mejora, es decir, que lo hace la economía y con ella los beneficios empresariales, que son, bajo mi punto de vista, el mejor proxy para intentar anticipar lo que harán las bolsas. Y el mundo tiene la sana costumbre de no parar de crecer y de superar las dificultades en forma de crisis económicas, guerras y pandemias que ha tenido que sufrir a lo largo de los últimos siglos. Porque el mundo es, en definitiva, la suma de las voluntades individuales que tenemos los seres vivos por mejorar y prosperar. Y esta voluntad es, a mi modo de ver, inagotable.

Personalmente, creo que el mayor peligro al que se enfrenta nuestra salud financiera es el riesgo de longevidad. Viviremos (muchos) más años y lo haremos en mejores condiciones que nunca. Para afrontar esta situación prefiero ser socio de negocios y estar expuesto de manera constante y diversificada a unos beneficios empresariales crecientes y no ser acreedor prestando mi dinero a los gobiernos (invirtiendo en sus bonos). Asumiendo sus inevitables vaivenes, el vértigo de los máximos no me impide invertir en bolsa.

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