El valor de la información


Si uno echa un vistazo a la lista de hombres más ricos del mundo, nunca falta en las primeras posiciones Michael Bloomberg, actual Alcalde de la ciudad de Nueva York, un hombre que se ha hecho millonario y cuya fortuna crece cada año vendiendo información y herramientas financieras en tiempo real, lo cual no es ninguna sorpresa si tenemos en cuenta que el sector financiero vive una época de informaciones líquidas: antes de haber terminado de comprender una información, antes de haberla analizado, ya ha cambiado. El caudal de información llega más rápido que la capacidad de los inversores para asimilarla.

No hace muchos años era normal encontrar en la mesas de tesorería y en las oficinas de banca privada de las principales entidades financieras a economistas que leían a media mañana la prensa económica e informes en papel y así mantenían al día un compendio económico y financiero de los temas en que trabajaban. Esto, que parecería del todo imposible hoy en día, todavía se da. Sólo con las más potentes herramientas que combinen la informática con internet y una buena comunicación con los principales actores es posible, a trancas y barrancas, averiguar día a día cuál es la información relevante. Conocer minuto a minuto los últimos datos económicos, financieros y políticos y saber acudir a las fuentes apropiadas se ha convertido en herramienta imprescindible para el buen inversor.

Estamos en una era en la que la inversión está más que nunca ligada a la información. El mercado no es algo estable y permanente, es algo que fluye, que cambia cada día y sobre lo que hay que estar al día. Y tal es el volumen de información que se maneja, decanta, selecciona y analiza cada día, que solamente profesionales acreditados y certificados para ello pueden dar el asesoramiento financiero al inversor final. Ahí nace la figura regulada de las empresas de asesoramiento financiero (EAFI).

Entre los inversores españoles, todavía hoy, no es infrecuente que grandes patrimonios e importantes fondos de instituciones privadas, en lugar de contar con los mejores medios técnicos y de información para la toma de decisiones, funcionen de un modo tradicional y en la más absoluta desinformación. La expresión “vestir el muñeco” como sinónimo de crear la apariencia formal de conocimiento y cumplimiento de la regulación a la vez que se organiza su franco incumplimiento, sigue estando a la orden del día. Es algo que tristemente pervive: se predica una profesionalidad pero se practica otra cosa.

El inversor debe conocer que esta nueva época de informaciones líquidas es peligrosa y que en ella no funcionan las prácticas y sistemas de información obsoletos que ignoran la situación real de los mercados. En una gestión rigurosa del capital la comunicación con el mercado ha de ser constante en todo momento, si queremos evitar lo que sucede con el juego del teléfono estropeado, en donde el primero comunica algo al segundo y así sucesivamente, hasta que al último le llega un mensaje completamente distorsionado. ¿Es muy diferente lo que leemos en la prensa no especializada al día siguiente de los que sucedió 24 horas antes en los mercados financieros? Totalmente.

Manejar información directa y constante puede llegar a ser agotador, pero es muy rentable. Así pues, para invertir bien, independientemente de la estrategia que apliquemos en cada momento, una de las piezas importantes es tener siempre la mejor información, o dejarse asesorar por quien la tenga.

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