El melón al que no vota nadie


Está de moda. Todo el mundo pide ejercer su derecho a decidir, un derecho a ser constantemente consultado, como si la incapacidad de quienes nos gobiernan la pudiéramos suplir siempre con porcentajes de aprobación del pueblo. Políticamente estamos metidos en un jardín lleno de melones “marrones”, todos abiertos. En todas las facetas de nuestra vida llegamos a la paranoia demoscópica. Pensar que estamos con la mayoría nos hace sentir más convencidos de la decisión que tomamos. 

Frente a este sinsentido, contrasta la falta de implicación de quienes reclamamos ser oídos cuando nos enfrentamos a ejercer nuestros derechos en esta industria. Ni tanto, ni tan calvo. Los mecanismos administrativos que existen no son los más eficientes, pero el hecho es que aquí no vota nadie y que las juntas se convierten en un trámite administrativo más. Nuestro ejercicio democrático se basa en el reembolso como si no pudiéramos cambiar las cosas de ninguna otra manera. Nadie ejerce su capacidad de reprobación o tutela de la gestión de nuestro dinero. Mal que le pese a muchos, “podemos” ejercer este derecho y no lo hacemos.

Los grandes perjudicados seguiremos siendo todos los que componemos esta industria: las gestoras incidirán en sus errores y nosotros seguiremos sin ser parte de la solución. Este es un problema aun mayor si lo extrapolamos a las pensiones, donde el reembolso deja de ser una opción y nuestra inactividad la pagarán otras generaciones.

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