El gran reto de la economía circular


TRIBUNA de Isabelle Cabie, responsable global de Sostenibilidad e Inversión Responsable de Candriam.

El surgir de la economía circular no marca solamente una nueva etapa en la instauración de las políticas de desarrollo sostenible, sino que supone un cambio íntegro de paradigma. Hasta ahora, las políticas de desarrollo sostenible se encaminaban a limitar la repercusión medioambiental y social del proceso productivo, sin poner en tela de juicio ese esquema productivo, lineal por definición, donde la materia prima se extrae, se transforma, se consume y por último se destruye.

Sin embargo, en los últimos años, este esquema se halla en profundo entredicho. No en vano, para que fuera sostenible, sería preciso que las materias primas fueran ilimitadas... pero ya es obvio que se agotan. Incluso aquellas que se consideran ilimitadas (como el agua, por ejemplo) escasean y se hallan amenazadas. 

Esta constatación colectiva suscita reacciones diversas. Los pensamientos del decrecimiento, la frugalidad o la sobriedad tienen un terreno abonado para florecer en la angustia colectiva del agotamiento de los recursos. Estas soluciones cuestionan los propios fundamentos de nuestro modelo económico y social. 

Por su parte, la economía circular pretende ser más pragmática. Parte de la simple constatación de que, al final de la cadena, el proceso productivo lineal elimina materias escasas y valiosas: en la Unión Europea, el 57 % de los residuos se desechan o incineran. Por ende, para resolver la cuestión del agotamiento de los recursos, hay que reinyectar en el proceso productivo aquellas materias primas que éste actualmente destruye de forma ingente. Y para lograrlo hay que fabricar cuanto sea posible a partir de residuos, alargar la vida útil de los productos y facilitar el desguace de los bienes con vistas a su reciclaje. 

Esta concepción se plasma de forma muy concreta en la cadena productiva y propugna principalmente reforzar los departamentos de mantenimiento y reparación para reducir la sustitución de bienes cuya vida útil pueda alargarse. Además, aboga por fomentar el mercado de segunda mano para que se les dé una segunda vida a aquellos bienes sustituidos pero que aún funcionen y pretende promover entre los fabricantes la práctica del reacondicionamiento para que vuelvan a poner en el mercado productos obsoletos. Por último, la economía circular insiste en la posibilidad de reciclar los componentes de los productos. 

Sistematizando estos mecanismos de recuperación, alargamiento o refabricación, se disminuyen mecánicamente las necesidades iniciales de extracción de recursos y, por ende, el considerable consumo energético que ello supone. Ante todo, ello da pie a la creación de circuitos de reciclaje de ámbito local e incluso al desarrollo de nuevos servicios públicos, creadores de empleo en economía circular. Estos puestos de trabajo pueden referirse tanto a labores altamente especializadas (ingenieros, electrónicos, informáticos) como a trabajos de menor cualificación. Hay proyecciones que estiman en 2 millones el potencial de creación de empleo en Europa de aquí a 2035.

Sin embargo, no hay que subestimar los cambios que ello entrañará para las empresas, que han de revisar una parte de su proceso productivo para, por ejemplo, prever ya desde el montaje las técnicas de reacondicionamiento o los componentes que se recuperarán (ecodiseño), o construir un entorno favorable para la economía circular: cuando los residuos de unos pueden convertirse en la materia prima de otros, hay que prever circuitos logísticos y económicos que faciliten el intercambio de recursos. 

Por tanto, la incitación normativa es clave para avanzar hacia una economía circular. La Unión Europea estableció un objetivo de 500 millones de toneladas de CO2 menos de aquí al año 2035 gracias a la economía circular, el reciclaje del 65% de los residuos municipales y del 75% de los residuos de envases. La reciente prohibición de las bolsas de plástico va en este sentido. Aun así, están muy presentes las restricciones tanto para el productor como para el consumidor. 

Por ello, el apoyo de los inversores es capital para acelerar el proceso y es labor suya hacer que se vayan adoptando criterios de inversión basados en la instauración de una economía circular. Los criterios adoptados guardan relación con la política empresarial: ¿tiene previsto la empresa mejorar su departamento de mantenimiento? ¿Está especializada en el mercado de segunda mano (como eBay)? ¿Vende productos reacondicionados (como Dell, HP, Philips)? ¿Vende productos reciclados (Umicor)? 

Estos criterios atañen igualmente a una revisión de los procesos internos. Por ejemplo, ¿hace uso la empresa de materiales reciclados? ¿Optimiza el uso de energía? ¿Se dedica una parte de los presupuestos de I+D al ecodiseño (como en el proyecto ARA que lleva a cabo Google)? ¿Se emplean residuos para diseñar nuevos productos (en empresas agrícolas, por ejemplo)? 

La economía circular no es una ficción: se basa en iniciativas racionales y mecanismos organizados. Ante todo, la economía circular hará que vuelvan a cobrar sentido la cooperación y la convergencia entre grupos de interés que muy a menudo recelan unos de otros: inversores privados, empresas, poderes públicos y ciudadanía deben idear formas de diseñar y gestionar de forma perdurable su relación con la economía, la producción, el crecimiento y la redistribución. 

Es un reto crucial que le corresponde afrontar a nuestro tiempo. Sólo se logrará recurriendo a una inteligencia colectiva y con la colaboración de todos. 

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