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Dos ejemplos para explicar por qué era necesaria una taxonomía del ISR


En la industria de la gestión de activos hoy en día se ha convertido en algo prácticamente imposible acudir a una conferencia en la que la ISR (Inversión Socialmente Responsable) no tenga ningún hueco en el discurso. Al fin y al cabo en un contexto en el que lo que más de venden son los productor ligados a las conocidas como megatendencias, la ISR es sin duda la mayor de todas ellas.

Algunas de las cifras que así lo avalan pueden consultarse en el último Estudio Global sobre Inversiones Sostenibles que ha elaborado la Asociación internacional de SIFS, que cifra en un 34% el crecimiento bianual que han experimentado los activos gestionados bajo estrategias de inversión sostenible hasta alcanzar los 30,7 billones de dólares. Y además, este crecimiento irá a más teniendo ten cuenta los grandes esfuerzos que están haciendo las gestoras de activos en esta materia y el aumento de la demanda hacia este tipo de estrategias por parte de los inversores.

"Cuando hablamos con nuestros grandes clientes institucionales, vemos cada vez más un cambio de actitud hacia la inversión sostenible. Esta última investigación confirma nuestra convicción: ya no se trata de algo positivo o favorable, sino que ahora es un “imperativo", afirma Michael Baldinger, director de Inversión Sostenible y con Impacto de UBS AM. Y ese aumento de la demanda que se observa entre inversores institucionales se empieza a notar también en los inversores más retail : hoy supone el 25% de los inversores ISR frente al 18% que suponían hace apenas dos años.

Sin embargo, este boom de la ISR no ha ido acompañado de una hoja de ruta oficial sobre lo que se considera inversión responsable y lo que no ya que no ha sido hasta hace apenas un mes cuando la Comisión Europea ha publico un informe sobre la Taxonomía de la UE dedicada al clima que puede consultarse a través de este enlace. El objetivo del mismo es ayudar a inversores y empresas a identificar aquellas actividades económicas son medioambientalmente sostenibles y a cuantificar su impacto positivo y para ello establece una serie de criterios más homogéneos como paso previo para establecer un marco coherente y un lenguaje común para calificar a los productos financieros sostenibles. “Invertir de manera sostenible resulta mucho más difícil que comprar un conjunto de puntuaciones ASG y aplicarlas a una cartera. La inversión sostenible es mucho más”, afirma Masja Zandbergen, responsable de integración de Robeco en un informe titulado ¿Cómo evitar el greenwashing? Y precisamente evitar ese greenwashing o ecopostureo es lo que busca la Comisión Europea con su reciente informe sobre taxonomía.

Pero, ¿por qué es necesaria especificar qué es ISR y qué no? Pues una de las razones es por la divergencia que existe en los proveedores de datos que clasificar un fondo o una inversión como ISR. Según explicaba Santiago Igual desde la eafi Portocolom  en este artículo de Funds Academia  “la industria se podría dividir en cuatro tipos de actores. Primero vendrían los proveedores de datos en bruto (Bloomberg o Reuters), luego estarían las grandes agencias de calificación ASG (MSCI, Sustainalitycs, ISS, RepRisk o Truecost), que ofrecen acceso a las calificaciones de en torno a 5.000-10.000 compañías, sus equipos varían entre 120 y 250 personas y también son proveedores de datos. En tercer lugar estarían los pequeños agregadores de datos, que son compañías tecnológicas que licencian los datos de los proveedores de datos y añaden algún tipo de análisis cuantitativo (Your SRI o Clarity serían dos ejemplos). Por último, estarían los equipos internos de las empresas de servicios de inversión, y es que la mayoría de gestoras hoy tiene integrado el análisis ASG”.

Cada uno de esos proveedores tiene sus propias formas de calificar una inversión como sostenible o no y de ahí que se generen grandes divergencias entre lo que es socialmente responsable para una de lo que lo es para otra. De hecho, desde la gestora Schroders han hecho un estudio analizando la convergencia y divergencia que existen en las que son a su juicio las tres grandes agencias de calificación (MSCI, Sustainalytics y Thomson Reuters) han concluido que hay pocas sinergias entre ellas en cuanto a las valoraciones que emiten. “No obstante, podríamos pensar que por lo menos existe cierto grado de coincidencia entre las empresas líderes que reciben las puntuaciones más altas (es decir, AAA). Sin embargo, cuando analizamos la probabilidad de que los principales proveedores de datos otorguen a las empresas la puntuación ASG más elevada es de tan solo el 10%-20%, con niveles todavía menores en las bandas de puntuación más bajas”, afirma la gestora (sirva este gráfico como prueba).

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Además, Schroders también ha querido estudiar las correlaciones que existen entre los diferentes proveedores de datos y el resultado sigue siendo más divergente que convergente.

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Desde la gestora han identificado algunas de las causas por las que puede producirse esa baja correlación entre unas y otras agencias. La primera de ellas es de dónde reciben los datos las propias agencias.  “La mayoría de las metodologías de calificación se centran en los niveles de información pública disponible más básicos. Además, los datos considerados, a pesar de numerosos, suelen tener que ver con políticas internas, no con hechos tangibles”. De ahí que cada vez sean más las gestoras de activos que no solo componen sus carteras en función de las mediciones de las agencias oficiales sino que también están desarrollando sus propios equipos de analistas socialmente responsables o con programas de formación para que todos sus gestores puedan incluir ese tipo de análisis en el análisis puramente financiero que ya llevan a cabo.

En cuanto a la otra fuente de esa falta de conciencia radica en el sesgo de capitalización que presentan dichos análisis. Al fin y al cabo, según explica la gestora “Las empresas más grandes disponen de más recursos para dedicarlos a medir y divulgar datos ASG y generalmente cuentan con procesos internos consolidados. Por otro lado, tienen una mayor relevancia pública y, por lo tanto, es probable que se enfrenten a una mayor presión y vigilancia por parte de los reguladores e inversores”. De ahí, que sean las empresas con una mayor capitalización las que reciben de media las mejores puntuaciones.

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