Del ladrillo a la aventura


Tienes que comprar un juguete para tu hijo, sobrino, o compromisos varios, por lo que vas a una juguetería (añoro esas grandes jugueterías de antes, donde se hacían unos montajes temáticos con los que te sentías en la Segunda Guerra Mundial, en una carrera de coches, entre indios y vaqueros, conquistando el espacio o la selvas de África) y, pasando de un pasillo a otro, llegas al mundo de LEGO.

No sé vosotros, pero gracias a LEGO pasé horas concentrado en rentabilizar las piezas, buscar la combinación de colores, descubrir formas geométricas y pasar de la típica casa adosada de dos plantas con techo a dos aguas y jardín, a construir edificios y luego coches, grúas, camiones, helicópteros, aviones, y así hasta poder desarrollar proyectos urbanísticos sólo habitables en mi imaginación.

Más de una vez he estado tentado de comprar una de esas cajas de LEGO TECHS con las que puedes construir vehículos que funcionan a pilas (el no va más fue para mí un modelo de motor de combustión de un coche) o la nueva gama de LEGO ARQUITEC, donde se reproducen los iconos arquitectónicos de las últimas décadas.

Digo todo esto porque, a pesar de lo que creía, los videojuegos de aventuras de LEGO me han dejado sentado y disfrutando de la manera más simple.

Inspirándose en franquicias como BATMAN, INDIANA JONES, STAR WARS, HARRY POTTER o ROCK BAND, vemos a esos pequeñajos amarillos saltar, correr, arrastrarse y dejarse llevar por nosotros.

Muchos de estos juegos siguen el patrón de los juegos de plataforma, como el clásico de NINTENDO MARIO BROS, donde hay que correr, saltar, rodar, agacharse y avanzar todo el tiempo.

Aunque no es lo mismo llevar los mandos de un comando de asalto, un arqueólogo con ínfulas de matón o un deportista de élite, es fascinante cómo pasa el tiempo mientras tratamos de pasar nivel tras nivel utilizando ingenio, destreza y habilidades (los niveles de tensión y stress no se compararan con los juegos de acción bélica o aventura gráfica, pero sí te mantienen alerta y con la necesidad de llegar hasta el siguiente punto de guardado).

A pesar de la sensación de parecer que estos juegos están dirigidos a un público más joven, pienso que los que disfrutamos de ellos en realidad somos los niños de hace cuarenta años, que crecimos juntando las piezas plásticas (y a veces despegándolas con los dientes porque no había dedos ni uñas que separasen algunas de ellas) y que luego, un poco más mayores, encontramos que nuestros héroes vivían en las pantallas del cine en una galaxia muy muy lejana, o rescatando piezas arqueológicas de manos de los nazis (¿veis cómo los videojuegos de LEGO son el paradigma cultural de nuestro tiempo?)

A falta de piezas que encajen, me voy a dedicar a que esos personajes cuadrados y de movimientos acartonados logren superar los obstáculos que les rodean y puedan conseguir las metas que nos proponen las tramas de cada una de sus aventuras.

Autor de la foto superior: Denise Krebs, a través Flickr (Creative Commons).

 

 

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