Deflación: La buena, la fea, y la mala

  • 24/10/2014

Los temores deflacionistas en Europa siguen siendo una constante. Y no es de extrañar, ya que los precios continuaron a la baja durante el pasado mes de septiembre y el IPC de la zona euro se situó en el 0,3%, alimentando así el fantasma de la deflación. Sin embargo, el escenario no es todavía tan peligroso como parece.

Por definición, la deflación representa una tasa de inflación negativa. No obstante, hay varios tipos de tasas de inflación negativas y cada uno conlleva distintas implicaciones. Por una parte, una caída significativa de los precios más volátiles, como los del petróleo o los alimentos, podría hacer descender la tasa de inflación general por debajo de cero temporalmente. Esto se definiría como una situación de deflación, pero sería un fenómeno temporal sin mayores consecuencias.

Por otro lado, un fuerte aumento de la productividad, probablemente como resultado de la innovación tecnológica, también puede propiciar una caída de los precios. Pero esta sería una deflación buena, ya que iría acompañada de la mano de un fuerte crecimiento económico. Por el contrario, una significativa falta de demanda también podría situar las tasas de inflación por debajo de cero y esta sí sería la deflación peligrosa.

El riesgo relacionado con la deflación se asocia a menudo con el hecho de que los consumidores postergan sus compras, ya que esperan que los precios sean más bajos en el futuro. Pero, en la práctica, esto es sólo una cuestión marginal. El verdadero peligro es que la inflación negativa se refleja también en la caída de los salarios y esto sólo ocurre en un contexto de demanda insuficiente.

La caída de los salarios no es directamente una cuestión de pérdida de poder adquisitivo, ya que debería ir en línea con la caída de los precios (dejando el poder adquisitivo sin cambios). Sin embargo, la situación es muy distinta para las familias endeudadas, ya que mientras los precios y los salarios bajan, su deuda se mantiene sin cambios (y, por lo tanto, aumenta en términos reales). A su vez, esto implica que los pagos de la deuda absorben una parte creciente del presupuesto, obligando a las familias a recortar en otras compras y entonces se produce un nuevo descenso de la demanda, que empuja los salarios y los precios nuevamente hacia abajo.

Sin embargo, aún hay lugar para el optimismo, ya que la zona euro no se encuentra todavía al borde de la deflación benigna, gracias al fuerte crecimiento de la productividad (esta última ha estado disminuyendo desde hace décadas). La situación actual de ultra-baja inflación se debe a una combinación de la caída de los precios de la energía y una demanda insuficiente. Por ahora, no existe todavía un indicador de que una espiral que combine el peligroso binomio deuda-deflación se esté desarrollando.

No obstante, sí que hay que reconocer que la inflación se encuentra en niveles peligrosamente bajos. Y, como tal, es un alivio que el BCE se muestre por fin (aunque sea bastante tarde) preocupado verdaderamente por los riesgos de deflación. Sin embargo, la efectividad de las medidas recientemente anunciadas para eliminar este riesgo sigue siendo dudosa.

De todas formas, reitero que el hecho de que el BCE haya aceptado que la deflación es un peligro real (y no el riesgo moral relacionado con la inyección de estímulo monetario) es una señal positiva. Además, el BCE probablemente tendrá que añadir nuevas medidas de estímulo en los próximos trimestres para luchar contra los riesgos de deflación. Y en la medida que la voluntad de hacer “lo que sea necesario” parece que ahora está ahí realmente, el BCE debería ser capaz de evitar un escenario de deflación peligrosa para la zona euro.

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