De Omaha a Pyongyang


Sería todo un golpe de efecto que Warren Buffett nombrase a Li Lu como su sucesor. El gestor chino, afincado en Estados Unidos, es uno de los delfines que se barajan para el recambio en Berkshire Hathaway. Charlie Munger, socio y compañero de fatigas de Buffett, avala a Li con su respeto y confianza. No debe ser algo tan alejado de lo posible cuando se encuentra entre la lista de “6 Candidatos” que los medios colocan en la finalísima; Un golpe audaz y un cambio de timón, ¿acorde con los tiempos? Pero probablemente no ocurrirá, ¿quién sabe? Y mientras en América se decide sobre el sustituto para el mejor gestor del mundo, arrecian los comentarios sobre la “poliburbuja” que florece en el país natal de Li Lu: exceso de producción, precios inmobiliarios, expansión del crédito bancario y otros tópicos; muchos tópicos, muchos tópicos de occidente. A veces vale la pena ponerse a pensar si no estamos a vueltas con la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el nuestro. Bueno, tampoco estaríamos ante una gran novedad.

En el mercado vivimos la era de la información de Castells; como el juego de niños del teléfono estropeado, o la clásica tira cómica que cuenta el paso del miedo a la avaricia en Wall Street: Es de esperar que esta semana odiemos a China y la próxima la amemos. Curiosamente China no ha sido una nación especialmente agresiva, expansiva o invasora. Entre otras cosas porque China es el centro del mundo: el “imperio del centro” o el “reino del centro”, con vecinos bárbaros (por extranjeros) en los cuatro puntos cardinales. Dicen que en 1593 un general japonés, el samurai Agustín Konishi, llegó casi a la frontera de Corea con China, más allá de Pyongyang.

Ese fue el primer intento documentado de conquista de China por parte de los belicosos japoneses. Agustín, llamado así porque su padre fue uno de los muchos daimios convertidos al cristianismo, tuvo que darse la vuelta tras agotar el arroz de Pyongyang. El ejército chino acudió en ayuda del reino vasallo, las líneas de suministros de los japoneses estaban demasiado estiradas y para colmo existía una fuerte rivalidad entre Konishi y su compañero de ejército Kato Kiyomasa, otro de los generales japoneses involucrados en la invasión. Curiosamente cuando los chinos reconquistaron Corea, no fueron más allá, no intentaron tomar ni siquiera Kyushu, la isla más occidental de Japón. ¿Para qué?, - pensarían ellos en el siglo XVI- si ya somos el centro del mundo.

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