De la renta fija al riesgo de crédito


Recuerdo que no hace mucho –unos 10 años-, en las reuniones que manteníamos con  clientes cualificados para comentar la evolución de sus inversiones, siempre empezábamos con un aperitivo de comentario macroeconómico. Luego entrábamos en la parte complicada: la explicación sobre la parte de renta variable de su cartera. Esta parte solía ser minuciosa y el cliente hacía especial hincapié en conocer todos los detalles de las inversiones.

El tiempo que se dedicaba a la renta variable era casi un 80% del total, aunque el peso en la cartera en estos activos rondaba, en aquel entonces, el 20%. Al final de aquellos encuentros, al llegar a la parte de renta fija de la cartera, el cliente solía decirnos siempre algo del estilo: “La renta fija no me preocupa tanto”.

Ésa era una reacción común entre los inversores, lo que convertía a la parte invertida en deuda en un activo que realmente aportaba poco valor y que, en cierto modo, no presentaba la misma dificultad de gestión que una cartera de bolsa.

Sin embargo, las cosas han cambiado mucho y es difícil presentar la evolución de una cartera sin entrar en el detalle de cuáles son las inversiones de renta fija y los riesgos que comportan. De hecho, el análisis de estos valores es ahora un exhaustivo trabajo de estudio del riesgo, cuando en el pasado, era un mero análisis sobre expectativas macroeconómicas.

Para más inri, los rating han demostrado no ser de gran utilidad a la hora de conocer la solvencia del emisor, ya que siempre van por detrás de los movimientos del mercado y, por ende, de los momentos de euforia o pánico. Esto genera una desconfianza adicional que genera la necesidad de realizar nuestras propias valoraciones del riesgo.

A causa de esta nueva tendencia, en la que prima el análisis en profundidad de la emisión y se valoran los fundamentales del emisor, nos encontramos con que, al seleccionar los activos que compondrán nuestra cartera de renta fija ideal, aparecen compañías en países emergentes, activos que difícilmente hubiéramos contemplado en el pasado, y que vistos desde esta nueva perspectiva, ahora descubrimos que muchas veces son más sólidos y con menos riesgo que algunos de los bonos emitidos en los llamados mercados desarrollados. 

Como se suele decir, no hay mal que por bien no venga. La inestabilidad de los mercados de estos últimos años ha conseguido que la gestión de la renta fija se valore en la justa medida y que, al mismo tiempo, surjan nuevas oportunidades en mercados que, hasta ahora, nos eran desconocidos.

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