Cual Gorrino


Grabado tengo en la memoria los viajes que siendo un chaval realizaba junto a mi familia por España. En el asiento trasero de un Seat 1430 veía pasar, lo que antaño parecía rápido, pueblos y postes de la luz. Especialmente me marcaron esos camionazos atiborrados de cerdos u ovejas que se espachurraban contra las rejas en busca del escaso oxigeno. Afortunadamente, los esfuerzos de algunas organizaciones y en general una mayor concienciación social, han mejorado sustancialmente las condiciones de viaje de estos y otros animales.

Estos recuerdos vinieron a mi cabeza, no de casualidad, la semana pasada durante un vuelo de Iberia de Munich a Madrid (no se trataba por tanto de un vuelo de bajo coste). Durante el trayecto pude comprobar como el ahorro de costes y la presión en la cuenta de resultados, había conseguido la máxima optimización en la utilización del espacio interior de la nave. Estuve imaginando las consignas de la dirección a los sesudos ingenieros, que en su buen hacer, diseñaron el habitáculo para que en cualquier rendija o esquinazo cupiese una pierna, un brazo o incluso un cuerpecillo. Hay que admitir, que todo está muy bien pensado y nada ha quedado desaprovechado. Las cualidades técnicas de ambos, directivos en ingenieros, son admirables.

Desgraciadamente, no soy accionista de ninguna compañía aérea pero si usuario. Como tal, me veo obligado a encajar el brazo en la rendija, la pierna en el huequillo y a sonreír al pobre pichón que a mi derecha, se recuesta involuntariamente sobre mí. Parece obvio para todos, menos para Iberia, que el españolito medio ya no es renegrido, no lleva boina y no mide 1,50 metros. Igual de obvio resulta la imposibilidad de que alguien que supere el 1,80 (algo más que frecuente hoy en día) se instale en esos diabólicos asientos. Como me consta que ni los directivos de Iberia, y mucho menos sus ingenieros, son idiotas, esta circunstancia es de todos conocida, pero la aceptan con la misma displicencia con la que el ganadero empuja a sus gorrinos hacia el fondo del camión.

Después de juntar las filas de asientos hasta el límite y de diseñar tan innovadoras butacas, es físicamente imposible introducir más cuerpos dentro de un avión. Por tanto, ya solo quedan dos opciones: que sigan recortando gastos y acabemos volando de pie (lo cual al menos permitiría estirar las piernas) o que al igual que con los cerdos, surja una organización que luche por nuestros derechos y restituya la dignidad al pasajero.

No hace mucho años volar era un placer. Desde la llegada al aeropuerto hasta el último peldaño de la escalerilla de salida, todo era sonrisas de bellas señoritas divinamente uniformadas. Los asientos eran cómodos, el espacio entre asientos suficiente, el equipaje de mano cabía en los “compartimentos superiores”, etc. Hoy el periplo empieza con el control de seguridad. El agravio y la humillación a la que nos someten ha llegado a tal nivel, que en algunos aeropuertos llegan a amenazar por escrito a los pasajeros para que eviten encararse con los agentes. Y es que en definitiva, cuando la vejación es inevitable, no se resista, relájese y goce.

Es cierto que algunas cosas han mejorado, como la posibilidad de facturar on line, lo que le evita a uno lidiar con la señorita o caballero mal encarado que se parapeta tras el mostrador de facturación y que con irritante parsimonia, parece obstinado a dejarle a uno en tierra. Pero en general, volar se ha convertido en una experiencia tan desagradable, que no me extraña el auge del tren y hasta del funicular, con tal de no sufrir los malos tratos y las incomodidades que conlleva. No veo el día en el que los simples mortales (aquellos carentes de una tarjeta platino) seamos también tratados con respeto y se nos reconozca, como a los gorrinos, nuestra dignidad.

 

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