Bill Miller:


Sí. Es la peor crisis que hemos tenido desde que empezamos a gestionar activos, hace veintisiete años. A finales de febrero de 2009, la rentabilidad compuesta del índice S&P 500 de los últimos 10 años estaba en un ( -5,2 %), cifra que constituye un récord histórico desde nada menos que 1836. La crisis se inició en el mercado inmobiliario norteamericano y ha desembocado en un colapso mundial de las finanzas, del consumo industrial y de la demanda en los mercados emergentes. Creemos que no terminará hasta que se estabilice el sistema financiero y se restablezcan los flujos de crédito. ¿Podemos utilizar alguna lección aprendida en el pasado? En este último año, ¿qué medidas se han aplicado a partir de la experiencia con otras crisis? Una importante lección que hemos aprendido es diagnosticar qué tipo de crisis es la que afecta en estos momentos a la economía. Pensamos que existen dos tipos muy distintos de crisis financieras. La primera y más común es la crisis de liquidez; la segunda, más grave, es la motivada por los activos o garantías. Habitualmente una crisis de liquidez es una perturbación breve, pero importante, en los mercados a consecuencia de algún acontecimiento relevante, que puede ser externo —como por ejemplo los atentados del 11 de septiembre— o propiamente financiero, como la crisis de la deuda en los mercados emergentes. Ante una crisis de liquidez, la política monetaria más adecuada consiste en inyectar liquidez, con el doble objetivo de estabilizar el sistema y recuperar a los inversores. La mejor política de inversión es identificar los segmentos de mercado que hayan sufrido un mayor impacto; esto es, aquellos donde exista un mayor descuento entre cotización y valor, y aprovechar la oportunidad —que puede no durar mucho-. comprando cuando hay miedo en el mercado y promediando a la baja en las compañías más afectadas por ese miedo. Sin embargo en una crisis motivada por problemas de garantía, como por ejemplo la que atravesó EE.UU. en 1990 (la crisis de las entidades de Savings & Loans) o la que sufrimos ahora, se impone una reacción muy distinta. En cuanto a la política monetaria, lo adecuado sería atacar de raíz al problema y esforzarse por estabilizarla. La propiedad inmobiliaria es la garantía de lo que hay detrás de las hipotecas que, a su vez, se utilizan como garantías de activos negociados en el mercado. Hasta que puedan establecerse las políticas adecuadas para estabilizar el valor de todas estas garantías, la política de inversión debería ser mucho más prudente y defensiva. En lugar de prestar atención a los segmentos más afectados, como haríamos en el caso de una crisis de liquidez, hay que centrarse en empresas dotadas de una fuerte solidez financiera, que arrojen dividendos de buena calidad y perspectivas, y que lideren sus respectivos sectores; estos valores se negocian a mínimos para períodos de cinco a diez años, con unas cotizaciones excepcionalmente bajas. La clave es, pues, concentrar la inversión en aquellas empresas capaces de sobrevivir y de generar una rentabilidad significativa sobre la inversión, que tengan además unos flujos de caja fuertes y poca o ninguna deuda.

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