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Behavioral finance y las elecciones del 26-J


El 6 de junio, aparecía en The New Yorker un interesante artículo escrito por James Surowiecki y titulado Losers! en el que interpretaba, en clave de behavioral finance, los sentimientos de los votantes estadounidenses ante las próximas elecciones Clinton-Trump.

Los seres humanos no nos diferenciamos mucho unos de otros y similares paralelismos se pueden trazar ante nuestras próximas elecciones del domingo.

El behavioral finance (o finanzas conductuales) es una rama de las finanzas que trata de incorporar los sesgos cognitivos y emocionales de los inversores a la teoría financiera para así poder entender mejor el comportamiento de los activos financieros y de los mercados. De igual forma, estos sesgos que afectan a los individuos a la hora de invertir también les afectan a la hora de votar.

La característica conductual quizá más destacada en estas elecciones es la llamada aversión a las pérdidas (loss aversion). De acuerdo con los desarrollos en finanzas de Daniel Kahneman y Amos Tversky, padres del behavioral finance (Nobel 2002), los individuos valoran más una pérdida que una ganancia, es mucho mayor el dolor por una pérdida que la felicidad proporcionada por una ganancia equivalente, por lo que la gente está dispuesta a muchos sacrificios para evitar la pérdida.

De esto parece haberse dado cuenta Rajoy con el mensaje para retener a sus votantes: “Si no quieres que gobierne Podemos, vota al PP”. Es llamativo que la apelación al miedo y a un futuro peor, siendo un argumento nada constructivo (y halagador para el contrincante político), sea un arma tan potente para las mentes de los votantes. Incluso Albert Rivera, que tiene mucho menos que beneficiarse de esta apelación al miedo al populismo, también lo usa en su campaña. Pero él no cuenta a su favor con otro sesgo que puede utilizar Mariano Rajoy y que es la aversión al riesgo (risk aversion).

La aversión al riesgo consiste en que los individuos prefieren una mayor certeza a lo contrario -ceteris paribus como decimos los economistas, es decir, si todo lo demás permanece igual-. A este comportamiento se alude mucho en las campañas electorales, cuando se hace referencia al voto útil. Es de sobra sabido que muchos votantes tradicionales del PP no están contentos con la deriva o la gestión del partido, pero tienen miedo a cambiar su voto. De acuerdo con el sistema D’Hondt, que favorece a los grandes partidos, cambiar el voto es arriesgar mucho. Algunos han tenido la osadía de decir que es tirar el voto (lo cual evidentemente no es cierto), y esta aversión al riesgo frena el cambio de voto. “De cara a frenar los populismos, tu voto vale más con el PP que con Ciudadanos” es una inteligente frase que incide en lo más básico del comportamiento de los individuos apelando a las dos conductas anteriores.

La aversión al riesgo también ata a los votantes del PSOE, que están acostumbrados ya a una forma de funcionar y prefieren un “voto seguro”. Además, juega a favor de los dos grandes partidos políticos de los últimos 30 años el llamado sesgo de status quo, que hace referencia a la preferencia de la gente por no hacer nada y mantener las cosas tal y como están antes de actuar asumiendo riesgos. Actuar asumiendo riesgos implica que es muy posible que nos arrepintamos, y la aversión al arrepentimeinto (regret aversion, otro comportamiento generalizado) está a la orden del día. Por ejemplo, en el mundo de la inversión, los inversores se perdonan mucho mejor perder dinero por una caída de mercado, sin haber tocado la cartera, que perder dinero como consecuencia de una decisión de mover la cartera, aunque las consecuencias finales sean las mismas. Llevado a la política eso implica que muchos votantes aplican aquello del “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”, y prefieren no mover su voto.

Por lo dicho hasta ahora, está claro que los sesgos conductuales benefician sobre todo a los partidos con trayectoria ya demostrada. Pero hay un comportamiento más, señalado también por Kahneman y Tversky en su Teoría Prospectiva, base del behavioral finance, y que hace referencia al risk seeking o preferencia por el riesgo.

Ocurre que la aversión a las pérdidas funciona cuando se compara una pérdida con una ganancia pero, y aquí aparece algo muy interesante, si nos encontramos ya en una situación de pérdida, entonces el comportamiento humano cambia y la gente está dispuesta a asumir enormes riesgos a cambio de la posibilidad de salir de la pérdida. Se paga como precio la posibilidad de que la pérdida se pueda duplicar, pero eso no parece importar, porque la atención del inversor esta sólo puesta en la posibilidad de evitar la pérdida presente. El inversor piensa que no hay nada que perder, aunque la realidad es que sí lo hay, y evita el fijarse en las evidencias sobre lo que puede perder (selecciona la información). Suponga un inversor que debe pagar 5.000 euros como consecuencia de una multa, pero le dan la posibilidad de lanzar una moneda (perfecta, sin trucar) al aire, y si sale cara no pagará nada, pero si sale cruz pagará 10.000 euros. Una gran cantidad de experimentos demuestra que el individuo prefiere la lotería a la pérdida segura. Sería equivalente al popular dicho español “de perdidos al río”. En el terreno político este sesgo conduce a mucha gente hacia Podemos.

Para los votantes de Pablo Iglesias, los últimos años de la política española, llenos de desempleo juvenil, corrupción y falta de horizontes, empujan poderosamente hacia un prometido cambio… si bien no se sabe a dónde conduce. Aunque hay pruebas suficientes nacionales e internacionales para entender que la política de Podemos tiene muchas probabilidades de llevarnos a una pérdida mayor a todos, la tentación de terminar con el establishment actual es demasiado atractiva. Se debe obviar mirar hacia el lado malo de los resultados de la lotería. Confiemos en la ruleta rusa.

En resumen, el PP se beneficia de cuatro sesgos conductuales, el PSOE de tres y Podemos de uno, pero muy potente. Conductualmente hablando, es dudoso que el partido de Albert Rivera se beneficie de alguno. Sólo le queda la esperanza de que sean muchos los inversores más racionales y menos emotivos. Pero está difícil.

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