Breve diccionario de finanzas conductuales: mitos, patrones de comportamiento y conclusiones útiles para los inversores

Breve diccionario de finanzas conductuales: mitos, patrones de comportamiento y conclusiones útiles para los inversores

Cecilia Prieto

Ahora que ha pasado prácticamente un mes desde la sacudida de las bolsas vista en febrero, una cosa está clara: la inmensa mayoría de los inversores sigue comprando la historia de sólido momento económico y recuperación global sincronizada. No obstante, este súbito desplome también ha planteado un interrogante sobre qué fuerzas están guiando exactamente a los mercados, la economía racional o la confianza de los inversores. Desde Old Mutual Global Investors (OMGI), el responsable de renta variable global Ian Heslop y el estratega Justin Wells buscan respuestas en algunos de los mayores hallazgos de las finanzas conductuales.

Para los dos expertos, un buen ejemplo de la aportación de las finanzas conductuales está en la explicación a las causas de la gran crisis financiera de 2007-08: “La hipótesis subyacente de que el mundo económico era lineal, mecánico y predecible demostró ser deficiente a la hora de analizar el entorno de mercado antes de la GFC. En particular, la teoría económica dominante anterior fue acusada de haber desviado la atención respecto al sector bancario, y más particularmente de su estructura y su comportamiento”. En cambio, el análisis posterior a la crisis arrojó luz sobre el trabajo de Hyman Minsky, cuya hipótesis sobre la inestabilidad financiera tenía en cuenta el papel de la disposición de las entidades financieras a prestar en condiciones laxas, apostando por un incesante aumento de los precios de los activos, y a retirar los préstamos una vez que los precios de los activos empezaban a bajar, permitiendo así que una crisis de liquidez se expandiera para convertirse en una crisis económica.

A continuación, el dúo de expertos procede a describir algunos de los hallazgos más destacados de las finanzas conductuales.

Bucles de retroalimentación

Las finanzas conductuales señalan que las decisiones de los inversores sí pueden estar influidas por las percepciones de la cultura popular de inversión. Esto es particularmente relevante para explicar fases alcistas del mercado. Heslop y Wells ponen como ejemplo la subida de más del 90% que experimentó el S&P 500 entre septiembre de 1953 y diciembre de 1955. Entre las explicaciones a esta subida aportadas por los medios de comunicación de la época figuraron la coincidencia del mercado alcista con el advenimiento de la televisión, basándose en el precedente sentado por el advenimiento de la radio en la década de 1920 y su coincidencia con otro boom bursátil, o la influencia del baby boom sobre el consumo futuro de los hogares. “Muchos de los mismos temas que utilizaron los medios de comunicación y los comentaristas de los mercados para explicar los booms bursátiles de los años 20, 50 y 60 se reciclaron incluso en los años 90”, resumen desde OMGI.

En resumen: si bien hay infinidad de explicaciones convincentes de los factores o desencadenantes de los rallies bursátiles, los efectos de estas causas a menudo pueden amplificarse o distorsionarse a cuenta de los bucles de retroalimentación. “Dependiendo de los contextos concretos, el comportamiento pasado de los precios puede tener un potente abanico de efectos emocionales en los inversores. La justificación racional de tales conductas es que nuestros cerebros han evolucionado para afrontar respuestas a corto plazo, mientras que siguen condicionados para esperar cambios incrementales y lineales. Esto se pone de relieve en nuestro deseo, como seres humanos, de buscar resultados de equilibrio”, detallan los expertos, que concluyen que “estas características dejan a los inversores mal preparados cuando el mundo resulta ser dinámico, inestable e impredecible”.

Atajos y carencias

Otro de los hallazgos de las finanzas conductuales es la demostración de que los inversores no siempre tienen el tiempo o los recursos necesarios para deliberar cuidadosamente sobre los costes o ventajas de sus decisiones de inversión. “Para compensarlo, los cerebros de los inversores han buscado formas de procesar y valorar la información que ven y oyen. Desafortunadamente, el cerebro no posee una capacidad sin límites”, explican los expertos. Aquí entra en juego el concepto de atajo o heurística: “En esencia, el cerebro pinta un cuadro a partir de información incompleta, rellenando los huecos, lo cual puede resultar inevitablemente en distorsiones o interpretaciones erróneas”, describen Heslop y Wells.

Los expertos comentan que este proceso no es positivo para  muchos economistas del comportamiento, porque anula las capacidades de deliberación de las personas y deriva en ilusiones cognitivas o percepciones desacertadas. “Sin embargo, con la heurística apropiada, se pueden tomar decisiones eficaces”, afirman. Este apartado dispone de varias ramificaciones explicativas:

·       Teoría prospectiva: muchas personas utilizan la heurística cuando buscan evaluar acontecimientos inciertos, como las pérdidas y las ganancias. Como muchos inversores tienen aversión a las pérdidas, esto implicaría que estos mismos individuos fácilmente podrían estar buscando riesgo con respecto a las pérdidas al rechazar una pérdida determinada, pero más reducida, en favor de la aceptación de la alta probabilidad de sufrir una pérdida mayor, con la esperanza de que se presentará la pequeña oportunidad de evitar cualquier pérdida.

·       Sesgo de confirmación: los inversores tienden a atribuir más importancia a materiales o datos que apuntalan o validan sus puntos de vista y conceden menos relevancia a la información que contradice o socava sus opiniones. “Esto suscita preguntas incisivas sobre cómo, cuándo y por qué los inversores están dispuestos a considerar información que entra en conflicto o menoscaba sus creencias o conocimientos previos”.

·       Generalizaciones: los inversores extraen conclusiones amplias de una muestra restringida o incompleta de todo el conjunto de información. “Los inversores infieren de los hechos o los extrapolan, y asumen que son representativos de la población mayor. Los inversores pueden, por lo tanto, extraer conclusiones erróneas de los datos que se les presentan”.

·       Gregarismo: los inversores comienzan a imitar el comportamiento de otros, sobre todo cuando se enfrentan a resultados de inversión muy inciertos. “Las personas a menudo adoptan comportamientos gregarios cuando carecen de la información adecuada para tomar una decisión óptima por sí solas. Hay tanta incertidumbre que seguir a la multitud es una postura de racionalidad limitada para muchas personas”.

Enmarcar las decisiones de inversión

Los expertos de OMGI se refieren a la teoría desarrollada por los académicos Daniel Kahneman y Amos Tversky, según la cual las personas se ven influidas en una decisión por la forma en que se presenta. “El cerebro humano procesa información y rellena ciertos vacíos según experiencias y percepciones pasadas, antes de aplicarla a sus circunstancias actuales. Los marcos pueden distorsionar las elecciones que hacen los inversores y así provocar fallos o ineficiencias en los mercados”, explican los expertos.

Un buen ejemplo de este marco se produce cuando el emisor es una institución que inspira confianza: “La democracia, la libertad de prensa y una judicatura independiente son ejemplos de instituciones que pueden jugar un papel formativo a la hora de informar las decisiones de inversión de los inversores, particularmente en mercados en los cuales la información es imperfecta y asimétrica, lo que lleva a algunas personas a estar mejor informadas que otras. Tales instituciones pueden servir para ofrecer a los inversores acceso fácil a información creíble, fiable y oportuna, reduciendo la probabilidad de que se engañe o confunda a los inversores, o meramente allanando ineficiencias estructurales a nivel del mercado”, explican los expertos.

En ausencia de dichos pilares institucionales, los participantes en el mercado pueden verse obligados a invertir en entornos menos eficientes. Por ejemplo, “gobiernos menos escrupulosos pueden proteger a las empresas ineficientes de las fuerzas del mercado mediante la imposición de subsidios y aranceles”, explican Heslop y Wells.