Tres efectos no intencionados de los tipos negativos y una conclusión de BlackRock


La decisión del Banco de Japón de introducir la política de tipos negativos y las fuertes ventas posteriores del sector bancario a nivel mundial han vuelto a poner en el ojo del huracán a este tipo de medida. Especialmente porque el BCE se reúne la semana que viene, y muchos prevén más medidas en este sentido para intentar reanimar la tasa de inflación, que volvió a cerrar febrero en negativo. Rick Rieder, director de inversiones de renta fija global de BlackRock, considera que este tipo de políticas monetarias no sólo no son útiles para reactivar el coste de la vida – al obligar a los bancos a incrementar sus préstamos a empresas y familias- sino que además son contraproducentes y subestiman varias tendencias globales de las que habla a continuación. 

La primera de dichas tendencias es el envejecimiento de la población. “Es probable que reduzca el recorrido del potencial alcista del crecimiento económico por muchos años, especialmente en los países desarrollados”, observa Rieder. Y a propósito: Japón es el país con población más envejecida del mundo. “En muchos países y regiones, incluyendo a Japón, Europa y, cada vez más, a China, un mayor número de personas están recibiendo de sus respectivas economías en vez de contribuir a ellas”, apunta el experto. 

Rieder señala como segundo factor “el hecho de que las métricas económicas tradicionales no están manteniendo el ritmo frente a la influencia de la rápida innovación tecnológica, lo que significa que es probable que la economía global lo esté haciendo mucho mejor en realidad de lo que nos están diciendo los números económicos”. El experto pone como un ejemplo de estas métricas que no están reflejando bien la realidad económica es el impacto de la tecnología sobre las tendencias inflacionarias, especialmente las que se conocen como “mala inflación” (alimentación, energía y alquileres). 

La tercera consecuencia, esta no intencionada, incide sobre la tendencia hacia el ahorro: “En un entorno de tipos negativos, en vez de ser castigados por ahorrar, puede que los ahorradores intenten mantener su riqueza en activos tangibles como lingotes de oro. Esa dinámica de acumulación y protección pueden crear una escalada de mercados opacos y comportamientos ilícitos”, alerta Rieder.  

Crítica a la política de tipos negativos

El experto aclara que, en el momento en que los bancos centrales adoptaron por primera vez la poco ortodoxa solución de los tipos negativos, fue justificado por la necesidad de reducir rápidamente el exceso de apalancamiento. “En consecuencia, un subsidio a corto plazo desde los ahorradores a los prestamistas a través del canal de los tipos de interés tenía mucho sentido en aquel momento”. Sin embargo, Rieder cree que las circunstancias actuales ya no son las apropiadas para insistir por este camino, porque se ha llegado al efecto contrario: tomar dinero de las entidades ahorradoras no es necesariamente un estímulo a la concesión de crédito. “De hecho, puede que empresas y consumidores tengan una propensión marginalmente más baja a gastar en tiempos de incertidumbre”, aventura.

Igualmente, Rieder descarta que los tipos en territorio negativo tengan efectividad actualmente sobre el tipo de cambio, al debilitar la divisa. De hecho, considera que en los tiempos que corren “es probable que sea menos efectivo, porque todos los países están tratando de abaratar su divisa”. 

La segunda crítica a este tipo de políticas de Rieder es por sus efectos sobre el tramo corto de la curva, “en un momento en el que pocos negocios usan la financiación a corto plazo para sus necesidades de crédito”. Es decir, que los ahorradores vuelven a ser los perjudicados, junto con las instituciones financieras, por la compresión de sus márgenes. 

Soluciones alternativas

Rieder propone una solución alternativa para evitar los efectos perniciosos de los tipos negativos: aplicar nuevas políticas fiscales, “incluyendo aquellas que ayuden a los trabajadores a ganar las habilidades necesitadas en un mundo de tecnologías que cambian rápidamente”. Paralelamente, apoya la efectividad de los programas de estímulo cuantitativo o QE, por su capacidad para reducir la volatilidad, mejorar la confianza e incentivar el gasto y la inversión. 

“Pero, por encima de tipo, al haber pasado siete años desde la crisis financiera, creo que los mercados, los sistemas financieros y las economías necesitan una oportunidad para recalibrarse hacia una postura sin estímulos”, añade Rieder en último lugar. Éste se despide con una advertencia: “Si los bancos centrales continúan introduciendo políticas que no hayan sido probadas previamente en respuesta de la debilidad económica cíclica y de presiones regionales específicas, se arriesgan a hacer más daño que bien”. 

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