Siete razones por las que no es buena idea reducir el tamaño de los grandes bancos


En un momento en el que los bancos se ven asediado por las dudas sobre el potencial impacto del desplome del precio del petróleo y el menor crecimiento de los emergentes en su sostenibilidad –que ha llevado a algunos a preguntarse si nos encontramos ante una nueva crisis bancaria–, el debate sobre la conveniencia de dividir el negocio y, por tanto, reducir el tamaño de los bancos de importancia sistémica sigue muy vivo en Estados Unidos. Frente a los que argumentan que esta medida contribuiría a prevenir una nueva crisis financiera mundial, Christian Stracke, responsable mundial de análisis de crédito en PIMCO ofrece siete razones por las que en la casa californiana no creen que sea una buena idea.

1. La regulación está funcionando. “Desde la crisis de 2008-2009, la regulación y la supervisión bancarias han registrado importantes mejoras, como el reforzamiento de los requisitos de capital y de liquidez que impone Basilea III, la Ley Dodd-Frank, los robustas pruebas de resistencia y una mayor transparencia en la información relativa a riesgos bancarios”, explica Stracke, que subraya además que muchas de las entidades más grandes han reducido sus balances y simplificado sus estructuras operativas para prepararse mejor ante una eventual crisis.

2. La reducción obligatoria de tamaño podría provocar una nueva crisis de crédito. En opinión del experto, cualquier intento por reducir el tamaño de los grandes bancos resultaría disruptivo para esas entidades y para muchos de sus competidores, lo que podría traducirse en menores volúmenes de préstamos. “Los retos operativos y los costes asociados a esta propuesta resultan, como mínimo, abrumadores, lo que probablemente provocaría una mayor aversión al riesgo a la hora de conceder créditos, a menos durante el periodo de transición”.

3. Que un banco sea más pequeño no implica necesariamente que presente menos riesgos. Aunque Stracke reconoce que los bancos más pequeños están menos expuestos a los shocks de financiación que los grandes, “siguen expuestos a todos los riesgos correlacionados típicos del sistema bancario: burbujas inmobiliarias y de materias primas, apalancamiento excesivo, etc.”, señala. Y plantea una pregunta para los organismos de supervisión bancaria: “¿Será el régimen de supervisión lo suficientemente robusto para gestionar esos riesgos en un entorno en el que haya que supervisar a muchos más bancos?”.

4. La recapitalización interna (bail-in) ya es una realidad. Uno de los principales argumentos que se esgrimen para justificar la necesidad de acabar con los bancos de importancia sistémica es que los tenedores de deuda no tolerarán tener que hacerse cargo de la recapitalización interna de estas entidades en caso de crisis. “Sin embargo, este argumento ignora cómo ha cambiado la percepción del mercado con respecto al crédito bancario desde 2008-2009”, señala Stracke. “La mayoría de los bonistas reconoce que el bail-in es una realidad, en parte porque el rescate con fondos públicos (bail-out) resultaría tóxico desde el punto de vista político y en parte porque los inversores ya han sufrido diversos procesos de recapitalización interna entre entidades europeas”.

5. Los inversores no se fiarían de las nuevas entidades. Según datos de Bloomberg, la mayor parte de los casi 950.000 millones de dólares de deuda emitida por los ocho principales bancos estadounidenses ha sido emitida por la matriz. “Si dividimos el negocio de los bancos, ¿qué parte del banco se responsabilizaría de la deuda existente?”, se pregunta el analista de PIMCO. “Las nuevas entidades encargadas de las operaciones de banca de inversión del banco antiguo necesitarían cantidades ingentes de financiación, por lo que podrían quedarse con la mayor parte de los bonos emitidos. Pero, al mismo tiempo, es probable que se trate de las entidades más debilitadas tras el proceso de reestructuración, lo que podría dejar sus calificaciones crediticias al límite del grado de inversión”.

6. Podríamos acabar con menos capital en el sistema. Stracke recuerda que a las entidades de importancia sistémica mundial (G-SIB) identificados por el Consejo de Estabilidad Financiera del G-20 se les exige una ratio de capital mínimo del 10,5%, un requisito que se queda en el 7,0% en el caso de los grandes bancos estadounidenses. “Además, las G-SIB tienen que contar con un colchón de capital adicional con capacidad para absorber pérdidas equivalente al 9,5% de sus activos ponderados por el riesgo, un requisito que no se impone a las entidades no sistémicas”.

7. El riesgo de contraparte podría aumentar. “Dado que gran parte del mercado de derivados se negocia de forma bilateral (over-the-counter), a la hora de operar con la división de derivados de un gran banco, la mayoría de los participantes del mercado prefieren contar con la garantía de la matriz, con el fin de minimizar el riesgo de contraparte”, explica el experto, que sin embargo advierte de que si la filial se separa de la matriz, el riesgo de contraparte repuntaría bruscamente.

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