¿Quién ha de asesorar?


Originalmente la banca realizaba la función de intermediación entre depositantes y prestatarios, canalizando el ahorro a inversión o consumo mediante los préstamos. Luego añadió la desintermediación, revendiendo títulos representativos de deuda pública o privada. Los servicios financieros y los medios de pago son la tercera gran función. Los beneficios de un banco proceden principalmente de:

a.     Margen financiero. Es la diferencia entre los intereses cobrados por los préstamos y los pagados por los depósitos y principal fuente de utilidad hasta la crisis financiera.

b.     Comisiones de desintermediación por suscripción, compra, venta o administración de títulos.

c.     Comisiones del resto de servicios financieros y medios de pago.

Con la crisis, el margen financiero es irrelevante y hasta negativo. Los bajos tipos de interés, la poca producción de crédito y los préstamos impagados hacen que hoy no sea negocio prestar. Los ingresos vienen de las comisiones, y una gran parte de estas viene de la venta de instrumentos financieros diferentes de los depósitos.

Pero la distribución de producto financiero soporta una regulación creciente que pretende proteger al inversor minorista a través de la advertencia clara de los riesgos incurridos. La venta exige que el potencial comprador no tenga oferta concreta y personalizada del producto y que supere un test de conveniencia. La segunda forma de distribución es a través del asesoramiento, en que el asesor conoce la cultura financiera, situación económica, patrimonial, objetivos financieros y perfil de riesgo del inversor a través del test de idoneidad. La propuesta de inversión personalizada ha de ajustarse al test. El cliente compra por recomendación.

La necesidad de distribuir productos financieros con comisión se convierte en obligación para que el banco genere beneficios. Y la obligación de cumplir la regulación se convierte en necesidad. Pero son dos fuerzas que como mínimo no actúan en la misma dirección, sino no lo hacen en sentido contrario.

¿Es posible encontrar un punto de equilibrio entre las dos necesidades-obligaciones? La solución propuesta actualmente es mantener el statu quo de los actores (Bancos y EAFI), que instalan costosos procesos para cumplir nominalmente la regulación y asignar a los organismos supervisores (CNMV) funciones adicionales. Pero, ¿Se puede asesorar libre y honestamente cuando tu empresa necesita vender determinados productos? No parece fácil que la empresa no intente asesorar al menor coste posible, o asesorar direccionalmente. No parece fácil que los empleados-asesores resistan la presión de la empresa. Tampoco parece fácil que el supervisor sea estricto en el control y suspenda la eventual mala praxis de asesoramiento por parte de algún gran banco o EAFI.

Otra vía podría ser la escisión de venta y asesoramiento por entidad. El banco vende y la EAFI asesora. El banco cumple su función principal: intermediar, prestar. También vende producto financiero a través de oficinas o plataformas virtuales. Finalmente, presta los servicios financieros tradicionales. Y el asesor cumple la suya: asesorar con calidad y honestidad. Si el asesor es la EAFI (persona o sociedad) es más fácil organizar la actividad, cumplir la regulación, tener un personal bien formado, comparar los resultados, homogeneizar la información de gestión de las inversiones, pero también de la propia EAFI: proveedores de activos, instrumentos, gestoras o información contable. Es más fácil la supervisión y la suspensión de los incumplidores.

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