“Los inversores están más preocupados por el impacto del sector energético porque tiene un peso mayor sobre los mercados que sobre la economía”


Enero terminó con un sentimiento más alicaído con respecto al rumbo de la economía mundial, y así lo ven desde Schroders sus economistas Keith Wade (en la imagen), Azad Zangana y Craig Botham. Para ellos, el principal signo de que esto ha sucedido es la rebaja en las expectativas de crecimiento mundial del FMI para 2015 desde el 3,8% del pasado mes de octubre al actual 3,5%. “Mientras que se reconoció que unos precios más bajos de la energía apoyarían la actividad económica, se espera que los beneficios sean contrarrestados con un deterioro de la eurozona y de los mercados emergentes”, advierte el trío de economistas.

Dicho esto, también afirman que el movimiento del FMI está en línea con el consenso: los economistas han rebajado sus proyecciones de inflación, pero apenas han cambiado sus previsiones de crecimiento. “Parece que los mercados financieros también están de acuerdo, con los tipos de los bonos de mayor vencimiento cayendo hasta nuevos mínimos y con las acciones luchando por hacer progresos”, añaden. 

Aunque todavía queda un mes para que los expertos de Schroders revisen sus propios números, en la última revisión mensual de mercado publicada por la gestora adelantan que pueden salirse por la tangente respecto al consenso de mercado: “Probablemente tomemos una visión más optimista, con una fuerte posibilidad de que elevemos nuestras proyecciones de crecimiento”. ¿A qué se debe esta decisión? Primordialmente, porque consideran que la caída de los precios del crudo van a dar impulso al crecimiento, conducidos por una dinámica positiva de la oferta más que como la respuesta al colapso de la demanda global. 

Como contrapunto, Wade, Zangana y Botham explican que la mayor crítica a esta tesis es que ellos mismos no están teniendo “totalmente en cuenta el impacto adverso sobre la industria energética en sí misma, que es vista por algunos como el principal motor de la recuperación de EE.UU”. Se refieren en particular a que, si bien es cierto que el boom del shale gas ha  contribuido positivamente al crecimiento estadounidense, “se sobreestima sobradamente la importancia del sector sobre la economía en general”. De esta forma, consideran que de continuar a la baja los precios del petróleo se traducirá en un recorte del capex de las empresas estadounidenses del sector, pero esto será “más significativo desde una perspectiva económica que para el empleo en particular en el corto plazo, y podría quizás tener peso sobre la debilidad reciente de las peticiones de bienes duraderos”. Por otra parte, creen que la debilidad del sector energético podría ser contrarrestada por la mejoría de otros sectores gracias al abaratamiento del precio de la energía. 

Los economistas de la firma británica explican que “una de las razones por la que los inversores están más preocupados por el impacto del sector energético es porque tiene un peso mayor sobre los mercados que sobre la economía”. Aportan el siguiente dato: la energía supone un 8,2% del S&P 500 y un 14,1% del FTSE 100, mientras que aportan sólo un 3% y un 2% a las economías estadounidense y británica, respectivamente. Además, observan que “el comportamiento relativamente inferior al mercado del sector de la energía en EE.UU ha sido significativo, pero no ha estado desconectado del movimiento del precio del petróleo”. 

La conclusión final de Wade, Zangana y Botham es que poco ha cambiado. Por un lado, siguen opinando que existen “contrapesos al impulso del crecimiento que han traído unos precios más bajos del petróleo, y puede que se noten en el corto plazo a través de un capex inferior y menos empleo en el sector energético”. Entre esos factores en contra incluyen el repunte de la volatilidad en las divisas y emisiones de deuda ligadas al petróleo, junto con posibles pérdidas en el sector bancario, aunque aclaran que la vinculación de la banca con el sector energético no es elevada. Por el otro lado, muestran su convencimiento de que “los beneficios del gasto de los consumidores y las empresas van a sopesar este efecto, con el resultado de que el crecimiento global será más fuerte y la inflación, más baja”. A modo de resumen, los expertos se despiden con esta reflexión: “Los economistas han sido rápidos evaluando el efecto de unos precios más bajos sobre la inflación, pero han fracasado al reconocer los beneficios para el crecimiento”. 

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