Lección de oro


Posiblemente fue una de las lecciones que más pronto aprendí cuando empecé en esto de los fondos. Una lección dada por un tipo nada sospechoso, mayor de lo que dice ser, delgado de puro nervio y calculadamente extrovertido. La lección realmente no me la dio directamente sino que la compartió sin querer mientras aleccionaba a uno de sus perros de presa, a uno de sus comerciales. Estábamos en un foro pequeño unos cuantos analistas sacando chispas a uno de los fondos supuestamente estrella, un fondo estrellado que se olvidó de aquello de generar rentabilidad en un entorno de volatilidad controlada (no vale reírse, esa es otra lección: tal cosa no existe).

La lección de oro es muy sencilla: uno no puede generar ni prometer rentabilidades, uno lo intenta y puede no salir, el mercado es cruel, pero lo que uno sí tiene en su mano es dar un buen servicio, dar información suficiente al cliente para que este tome decisiones. Las dos variables son un binomio perfecto, rentabilidad y servicio, pero la segunda siempre está ahí, al alcance de quienes dedicamos la vida a esto. Es algo simple que podemos aplicarnos en todo lo que hagamos, algo que tenemos que tener siempre presente, algo que podemos predecir. La rentabilidad es como el Guadiana, puede aparecer o no, podemos tener la razón que el mercado nos niega. Es un hecho probado que el buen servicio minimiza la sensibilidad a las pérdidas, fideliza y suple a la falta de rentabilidad. La pregunta es ¿por qué a veces hay gente tan torpe?

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