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La exigencia de transparencia pone el foco en los sueldos de los gestores de fondos


¿Qué haría usted con un sueldo anual de 23,6 millones de euros? Es lo que ganó el año pasado Richard Woolnough, gestor del M&G Optimal Income. Se puede argumentar, por supuesto, que su salario está justificado por los buenos resultados cosechados a lo largo de muchos años, pero lo cierto es que cada vez son más los inversores –sobre todo en el Reino Unido– que muestran abiertamente su desacuerdo con el pago de sueldos altos y primas millonarias a los gestores si los resultados no acompañan.

“Si el sueldo de un gestor depende del volumen de activos gestionados, se verá incentivado a mantener el tamaño del fondo incluso si eso implica ofrecer una menor rentabilidad a sus clientes”, apuntaba hace unas semanas el periodista John Kenchington (Investment Adviser), recogiendo una idea que lleva tiempo flotando en el aire: que el objetivo de algunos fondos –especialmente los más grandes– no es tanto generar la mejor rentabilidad ajustada al riesgo posible sino, sobre todo, no hacerlo peor que el mercado y que sus comparables, con el objetivo primordial de minimizar los reembolsos.

En este contexto de creciente desconfianza, la Investment Association –asociación profesional que reúne a unas 200 gestoras de activos británicas– les ha pedido a sus miembros que hagan públicas las políticas de retribución de los gestores con el argumento de que el secretismo imperante está generando “un creciente riesgo reputacional”. En un comunicado enviado recientemente, que cita Financial Times, les recomienda “publicar un documento para clientes que describa la política de remuneración de los equipos de inversión y cómo se alinea con los intereses de los clientes”.

Con esta recomendación, la IA intenta adelantarse al regulador y calmar los ánimos después de que el año pasado la FCA denunciase falta de claridad en las comisiones que cobran los fondos y de que el prestigioso Institute of Directors (IoD) haya solicitado una investigación del sector centrada, principalmente, en las prácticas de remuneración.

“Si supiésemos qué porcentaje de las primas que reciben los gestores corresponde al tamaño del fondo y qué porcentaje a la rentabilidad, cuánto tiempo deben mantener el buen comportamiento antes de que se mejoren las retribuciones y cómo funcionan exactamente los programas de aplazamiento del pago de primas, podríamos evaluar mejor el problema”, señala Kenchington, que advierte que “si la industria no lo hace, lo acabará haciendo el regulador”.

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