El Reino Unido goza de una sorprendente buena salud como centro financiero; esperemos que la incertidumbre política no la perjudique


Como australiano de nacimiento, me he dado cuenta de que los británicos tienden a ver el vaso medio vacío en algunas ocasiones, y las próximas elecciones generales son un ejemplo de libro de esta actitud.

Hace seis meses, casi cualquier consejero delegado habría realizado la misma afirmación sobre la economía británica. Habrían admitido que sí, que Gran Bretaña se está recuperando, para luego añadir que las elecciones representan un gran motivo de preocupación. Habrían afirmado que los comicios podrían provocar una enorme incertidumbre política. Que los mercados podrían tambalearse y la inversión, reducirse.

Pero, hasta ahora, los acontecimientos no se han desarrollado de este modo. Hemos observado algunos indicios de debilidad en la libra y en los mercados de bonos británicos, pero nada demasiado grave. La bolsa sigue registrando niveles máximos y, en mi opinión, esto es fiel reflejo del esfuerzo realizado en el país por particulares, empresas y el propio Gobierno de coalición con el fin de encarrilar de nuevo la economía tras la crisis financiera. Los bancos centrales y los reguladores también han puesto de su parte.

El Instituto Nacional de Estadística británico revisó recientemente al alza sus previsiones de crecimiento para 2015 hasta el 2,8%. Poco a poco, las finanzas públicas están tomando la dirección correcta y el déficit debería descender hasta el 4% del PIB más adentrado el año, algo menos de la mitad de su nivel máximo. La inflación es reducida y los beneficios empresariales están aumentando. Se han aplicado reformas a largo plazo en prestaciones sociales y educación.

El sector de los servicios financieros también ha mejorado. La banca se ha recapitalizado, los reguladores han actuado drásticamente para luchar contra los problemas de conducta profesional y el banco más importante del Reino Unido, Lloyds, está volviendo poco a poco a manos del sector privado.

El Reino Unido ha sido capaz de aprovechar sus ventajas competitivas. En mi propio sector, el de la gestión de fondos, el Reino Unido realmente ha conseguido consolidar su posición como segundo centro financiero del mundo por volumen de activos gestionados —después de EE. UU.—, con casi 7 billones de libras. Y no sólo hablamos de Londres. Otras ciudades, como Edimburgo, Liverpool o Bristol, también cuentan con importantes sectores de gestión de activos. Muchas compañías, como Henderson, gestionan unos niveles de capital récord para sus clientes.

Los datos oficiales muestran que las gestoras de activos realizaron 3.000 contrataciones nuevas entre 2009 y 2013, y el sector ha seguido contratando: CityUK estima que la plantilla total de esta industria —incluidos los puestos administrativos— está formada por unos 50.000 empleados, cifra que va en aumento. El sector también ha mostrado su intención de ofrecer oportunidades a los jóvenes a través del programa de prácticas Investment 2020, que ya cuenta con el apoyo de 32 gestoras.

A pesar de la manifiesta solidez subyacente de la recuperación, no debemos conformarnos. Sin duda, el contexto político sigue suponiendo un riesgo. Tras la crisis, aún existe una hostilidad comprensible hacia el sector de los servicios financieros y todos los que trabajamos en el mismo debemos demostrar que realizamos una labor de utilidad social. Hemos de esforzarnos más para convencer a todos los partidos políticos de que un sector de la gestión de activos robusto fortalece la economía mediante la creación de riqueza, la asignación eficiente del capital y las contribuciones al fisco.

Por ejemplo, resulta decepcionante que el Partido Conservador haya decidido de repente reducir el límite de las contribuciones personales a los fondos de pensiones y retirar, al mismo tiempo, los incentivos fiscales a las rentas más altas. Los laboristas y los liberaldemócratas parecen ir en la misma dirección. Existen sanciones penales que arrojan complejidad e incertidumbre sobre el sistema contributivo en su conjunto. Si tomamos como ejemplo Australia, el éxito del sistema de pensiones se debe, en parte, a la certidumbre y el apoyo entre los distintos partidos; situación muy distinta a los continuos remiendos superficiales adoptados en el Reino Unido.

También resultan preocupantes otras propuestas. El Partido Laborista hizo pública su intención de poner fin a lo que denomina agujero fiscal de los fondos de inversión libre que, en la práctica, conlleva la imposición de comisiones a todos los reembolsos de fondos. Este coste recaería sobre todos los inversores, tanto grandes como pequeños, no sólo sobre los fondos de inversión libre, e incluso sobre los trabajadores con rentas relativamente bajas del sector de la gestión de fondos onshore.

El Partido Conservador también ha de ser prudente sobre su posición respecto de Europa. Celebrar un referéndum sobre la salida de la Unión Europea es muy lícito, pero que el Reino Unido abandone el mercado único sería un error garrafal. El Reino Unido es una puerta de entrada a Europa y la normativa sobre la libre circulación de personas en la Unión Europea permite a las gestoras ubicadas aquí ofrecer sus productos a unos 500 millones de personas. Obviar este hecho sería un error muy grave.

Tal y como comprobamos con el referéndum escocés, los mercados y los inversores podrían caer presa del nerviosismo a medida que nos acercamos a la fecha de las elecciones, el 7 de mayo, especialmente si no se logra mayoría absoluta, lo que podría dar lugar a un gobierno débil, poco favorable al sector privado o a la creación de riqueza. Esto también podría provocar dudas sobre decisiones importantes, como la ampliación de los aeropuertos. No obstante, espero que, visto el panorama, prevalezca el sentido común, y me mantengo optimista sobre las perspectivas para el Reino Unido como economía y como centro financiero. Esta postura siempre ha resultado ser la adecuada a largo plazo.

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