El orden de los factores...


En el año 2011 tuvo un gran impacto la publicación de un libro llamado This time is different. En el que los autores definen el síndrome de “esta vez es diferente”, como aquella situación de crisis ante la que pensamos que “estamos haciendo mejor las cosas, somos más inteligentes, hemos aprendido de los errores pasados”.

No me atrevo a decir si diferente o similar, pero si hay algo que me sorprende de los mercados financieros es su constante evolución. La innovación financiera es constante y latente y no hay mejor ejemplo que los programas de expansión cuantitativa que no sólo llenan titulares si no también los mercados de liquidez.

Sin embargo, y sin ánimo de contradecirme, los nombres y la instrumentación evolucionan pero los argumentos que subyacen siguen siendo fundamentos básicos de economía monetaria. Recordemos que el ejemplo que hemos puesto es algo tan sencillo como imprimir billetes nuevos sin que haya un activo detrás que los respalde (como en el principio de los tiempos eran las reservas de oro). Un ejemplo más cotidiano sería la cocina de diseño tan de moda últimamente, sin ánimo de pretender ser una experta, creo que cualquier cocinero coincidiría en que por mucha emulsión, salsa, gasificación o desestructuración... lo importante es la materia prima.

Toda esta reflexión me ha llevado últimamente a volver a los principios, a los orígenes (back to basics que dicen los anglosajones) a la hora de pensar en el asesoramiento de una inversión. Con los tipos de interés a cero son muchas las consultas que me llegan por parte de amigos sobre qué hacer con sus ahorros. Si lo básico a la hora de poder asesorar una inversión es el riesgo, ¿por qué empezamos a hablar primero de cual es la rentabilidad que esperamos obtener de la inversión?. En inglés se habla del risk-return de una inversión, mientras que nuestra traducción habla del binomio rentabilidad-riesgo. Se trata de un pequeño matiz que puede tener grandes consecuencias, porque, en este caso, el orden de los factores SI que puede alterar el producto y llevarnos a decisiones de inversión no adecuadas a nuestra aversión al riesgo.

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